Nunca había sido una persona celosa.
O al menos eso creía.
Hasta que apareció Sebastián Varela.
Y descubrí que los celos no eran ese ataque de furia que veía en las películas.
No.
Los celos eran mucho más silenciosos.
Era esa presión en el pecho cuando otra persona ocupaba el lugar en el que, sin darte cuenta, querías estar tú.
Y eso era exactamente lo que estaba sintiendo mientras observaba a Valentina reír a su lado.
La música seguía sonando por toda la casa.
Los invitados bailaban, conversaban y brindaban como si aquella fuera la mejor noche del año.
Para mí era un desastre.
Intenté convencerme de que Sebastián podía hablar con quien quisiera.
No era mi novio.
Ni siquiera debía gustarme.
Entonces...
¿por qué me dolía verlo sonreírle a otra?
—¿Te encuentras bien?
La voz de Emma me hizo volver a la realidad.
—Sí.
—No pareces muy convencida.
—Solo estoy un poco cansada.
Emma siguió la dirección de mi mirada.
No tardó ni dos segundos en descubrir el motivo.
—Ah...
Genial.
Ya se había dado cuenta.
—¿Ah, qué?
Sonrió de lado.
—Nada.
—Emma.
—¿Te gusta Sebastián?
Casi dejé caer el vaso que sostenía.
—¿Qué?
—Lo pregunté porque llevas diez minutos mirándolo.
—No lo estoy mirando.
—Claro.
—Solo estaba...
Busqué una excusa.
No encontré ninguna.
Emma soltó una pequeña risa.
—Tranquila, no voy a juzgarte.
—No me gusta.
—Si tú lo dices...
—Es la verdad.
—Entonces deja de mirarlo.
Desvié la vista de inmediato.
Perfecto.
Ni siquiera era discreta.
Del otro lado del salón, Valentina seguía hablando con Sebastián.
De vez en cuando le tocaba el brazo.
Se inclinaba para decirle algo al oído.
Y él...
No hacía nada para detenerla.
Respiré hondo.
No era asunto mío.
No podía reclamar nada.
No tenía ningún derecho.
Entonces, ¿por qué tenía tantas ganas de acercarme y llevármelo de allí?
—Mía.
Esta vez fue mi madre quien apareció.
—¿Podrías ayudarme un momento?
—Claro.
Acepté enseguida.
Necesitaba distraerme.
La acompañé hasta la cocina, donde varias personas organizaban los postres.
Durante casi media hora me mantuve ocupada.
Y, por un momento, logré olvidarme de Sebastián.
Hasta que regresé al jardín.
Y lo vi.
Valentina estaba abrazándolo.
No era un abrazo largo.
Ni especialmente romántico.
Pero bastó.
Sentí un nudo en la garganta.
Antes de que pudiera reaccionar, di media vuelta.
No quería verlo.
No quería sentir aquello.
No quería reconocer que me estaba afectando.
—¿Piensas seguir huyendo?
Me detuve en seco.
No hacía falta girarme para saber quién era.
—Déjame tranquila.
—No.
Seguí caminando.
Él me alcanzó en pocos pasos.
—Mía.
—¿Qué?
—Mírame.
—No quiero.
—¿Estás enojada?
Solté una risa amarga.
—¿Y eso te importa?
—Sí.
—Pues acostúmbrate.
Intenté seguir caminando, pero él sujetó mi muñeca con cuidado.
No fuerte.
Solo lo suficiente para que me detuviera.
—Suéltame.
Lo hizo de inmediato.
—Ahora dime qué pasa.
Lo miré.
—Nada.
—No te creo.
—No tienes por qué creerme.
—Mía...
Respiré profundamente.
—Ve con Valentina.
Vi cómo fruncía el ceño.
—¿Qué?
—Está esperándote.
—¿Eso es lo que te molesta?
Negué enseguida.
—No.
—Entonces, ¿por qué la mencionas?
Porque verla contigo me rompió por dentro.
Pero eso jamás iba a decirlo.
—Simplemente creo que hacen buena pareja.
Por primera vez desde que lo conocía...
Sebastián pareció molestarse de verdad.
—No digas eso.
—¿Por qué? Es tu ex.
—Precisamente.
—¿Y?
—No quiero volver con ella.
Lo dijo con tanta seguridad que me dejó sin palabras.
—Eso no cambia nada.
—Para mí sí.
—Pues qué bien.
Me di la vuelta otra vez.
Esta vez él no intentó detenerme.
Solo habló.
—No la estaba abrazando porque quisiera.
Me quedé quieta.
—Ella fue quien me abrazó.
No respondí.
—Y me aparté en cuanto pude.
Apreté los labios.
Quería creerle.
De verdad quería.
Pero no podía permitirme hacerlo.
Porque si empezaba a confiar...
ya no habría vuelta atrás.
—Sebastián.
Valentina apareció otra vez.
Su sonrisa desapareció apenas me vio.
Era evidente que no le agradaba.
Y el sentimiento era mutuo.
—¿Pasa algo? —preguntó ella.
—Nada.
—¿Seguro?
Tomó el brazo de Sebastián con total naturalidad.
Sentí un pinchazo en el pecho.
—Sí.
Valentina me observó unos segundos.
Luego sonrió.
Pero esa sonrisa no era amable.
Era una advertencia.
—¿Podemos hablar un momento? —me preguntó.
Fruncí el ceño.
—¿Conmigo?
—Sí.
Miré a Sebastián.
Él parecía tan confundido como yo.
—Está bien —respondí finalmente.
Nos alejamos unos metros.
Cuando estuvimos lo bastante lejos para que nadie nos escuchara, Valentina cruzó los brazos.
—Voy a darte un consejo.
—No necesito consejos.
—Aun así te lo daré.
La miré sin decir nada.
—Sebastián no es un hombre fácil.
—Eso ya lo sé.
—Y tampoco le gusta que jueguen con él.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que si no estás interesada...
déjalo tranquilo.
Porque tarde o temprano alguien más ocupará ese lugar.
Sus palabras me golpearon más de lo que quería admitir.
—No sé de qué hablas.
Valentina sonrió con suficiencia.
—Claro que lo sabes.