Prohibido desear al hijo de mi padrastro

Capítulo 11: La advertencia

Las palabras de Valentina me persiguieron durante todo el camino de regreso.

"Si no estás interesada… déjalo tranquilo."

No dejaban de repetirse en mi cabeza.

Una y otra vez.

Como si quisieran convencerme de algo que yo todavía me negaba a aceptar.

Porque la realidad era mucho más complicada.

Sí estaba interesada.

Demasiado.

Pero también sabía que no podía permitir que aquello ocurriera.

No después de todo lo que mi madre había pasado para volver a ser feliz.

No iba a destruir su matrimonio por un sentimiento que jamás debió existir.

El camino de regreso fue un silencio absoluto.

Mi madre iba dormida en el asiento del copiloto.

Esteban conducía con tranquilidad.

Y yo observaba las luces de la ciudad pasar por la ventana.

Sebastián estaba sentado a mi lado.

Tan cerca que podía sentir el calor que desprendía.

Pero ninguno dijo una sola palabra.

Ni siquiera nos miramos.

Y, por alguna razón, ese silencio dolía más que cualquier discusión.

Al llegar a la casa, subí directamente a mi habitación.

Solo quería encerrarme.

Olvidarme de todo.

Olvidarme de él.

Estaba cerrando la puerta cuando una mano la sostuvo antes de que pudiera hacerlo.

Suspiré.

—¿En serio?

Sebastián empujó la puerta lo suficiente para entrar.

—Tenemos que hablar.

—No.

—Mía.

—Estoy cansada.

—Yo también.

—Entonces vete a dormir.

—No hasta que me escuches.

Lo miré con impaciencia.

—Cinco minutos.

Él negó con la cabeza.

—Los que hagan falta.

Crucé los brazos.

—Habla.

Sebastián dio un paso al frente.

Su expresión era completamente distinta.

No había rastro de esa sonrisa arrogante que siempre llevaba.

Solo había preocupación.

—¿Qué te dijo Valentina?

Mi corazón dio un vuelco.

—Nada importante.

—No te creo.

—Pues es tu problema.

Él suspiró.

—Desde que hablaste con ella cambiaste.

—No cambié.

—Sí lo hiciste.

—Sebastián...

—Dime la verdad.

Desvié la mirada.

No podía hacerlo.

No quería repetir las palabras de Valentina.

Porque, en el fondo, sabía que me habían hecho dudar.

—Mía.

Su voz sonó mucho más suave.

—¿Te hizo sentir mal?

Tragué saliva.

—No importa.

—Para mí sí.

Volví a mirarlo.

Sus ojos no reflejaban molestia.

Solo una sincera preocupación.

Y eso hizo que todo fuera más difícil.

—Me dijo que te dejara tranquilo.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Qué más?

Guardé silencio.

—Mía.

—Que si no estaba interesada en ti...

algún día otra persona ocuparía ese lugar.

Él soltó una risa breve.

Lo miré confundida.

—¿Te parece gracioso?

—No.

—Entonces, ¿por qué te ríes?

Negó con la cabeza.

—Porque no me conoce.

—Fue tu novia.

—Precisamente.

Su respuesta me desconcertó.

—¿Qué quieres decir?

Sebastián se acercó un poco más.

—Que Valentina conoce al Sebastián de hace años.

No al de ahora.

—¿Y cuál es la diferencia?

Su mirada se clavó en la mía.

—Que antes me daba igual todo.

Ahora no.

Sentí que el corazón comenzaba a latir con fuerza.

—No entiendo.

—Claro que entiendes.

Negué lentamente.

—No.

—Mía...

Respiró hondo antes de continuar.

—No importa cuántas Valentinas aparezcan.

No importa quién intente acercarse.

Yo solo puedo mirar a una persona.

El aire pareció desaparecer.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque no ayuda.

—Es la verdad.

—Las verdades también hacen daño.

Él sonrió con tristeza.

—Lo sé.

Durante unos segundos ninguno habló.

Solo nos observábamos.

Como si ambos estuviéramos esperando que el otro encontrara la solución.

Pero no existía.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Su voz rompió el silencio.

Asentí con la cabeza.

—Si nuestras familias no existieran...

¿Me darías una oportunidad?

Sentí un nudo en la garganta.

Nunca me había hecho esa pregunta.

Nunca me había permitido imaginar un mundo donde todo fuera diferente.

Un mundo donde él y yo solo fuéramos dos personas que se habían enamorado.

Nada más.

Cerré los ojos.

Y, por primera vez, fui completamente sincera.

—Sí.

La respuesta salió tan baja que apenas la escuché.

Pero él sí.

Lo vi sonreír.

No con arrogancia.

No con satisfacción.

Sino con una ternura que jamás había visto en él.

Y esa sonrisa fue mucho más peligrosa que cualquiera de las anteriores.

Porque me hizo pensar que, tal vez...

él también estaba sufriendo.

Un golpe en la puerta nos hizo separarnos inmediatamente.

—¿Mía?

Era mi madre.

Miré a Sebastián completamente nerviosa.

Él también lo estaba.

—Un segundo, mamá.

—¿Estás bien?

—Sí.

Intercambiamos una mirada rápida.

Sebastián caminó hacia el balcón de la habitación.

Lo observé sin entender.

—¿Qué haces?

—Tu mamá no puede verme aquí.

Abrí los ojos de par en par.

—¿Piensas salir por el balcón?

Sonrió de medio lado.

—No sería la primera locura que hago.

Antes de que pudiera responder, abrió la puerta del balcón y salió.

Mi habitación estaba en el segundo piso.

—¡Estás loco! —susurré.

Él me guiñó un ojo.

—Buenas noches, Mía.

Y desapareció por el balcón justo cuando mi madre abrió la puerta.

Respiré profundamente intentando parecer tranquila.

—¿Qué haces despierta todavía?

Miré de reojo hacia el balcón cerrado.

—No podía dormir.

Mi madre sonrió con cariño.

—No te desveles demasiado.

Asentí.




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