El domingo amaneció gris.
Las nubes cubrían el cielo y el viento movía con fuerza las ramas de los árboles del jardín.
Me quedé varios minutos mirando por la ventana.
Había dormido apenas unas horas.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la pregunta de Sebastián.
"Si nuestras familias no existieran... ¿me darías una oportunidad?"
Y mi respuesta.
"Sí."
Había sido sincera.
Demasiado sincera.
Y ahora no podía dejar de pensar en ello.
Decidí bajar tarde para evitar encontrarme con él.
Con un poco de suerte, todavía estaría dormido.
Entré a la cocina y respiré aliviada al verla vacía.
—Buenos días.
Cerré los ojos.
Mala suerte.
Muy mala suerte.
—¿No tienes otra cocina a la que ir? —pregunté sin girarme.
Escuché una risa baja.
—No.
—Qué pena.
—Para ti, sí.
Tomé una taza y me serví café.
Sebastián se acercó despacio, pero esta vez mantuvo cierta distancia.
Eso me sorprendió.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
Mentí.
—Yo tampoco.
Levanté la vista.
Tenía ojeras.
Las mismas que seguramente tenía yo.
Por un instante ninguno habló.
Hasta que él rompió el silencio.
—He estado pensando.
Mi estómago se tensó.
—Eso suena peligroso.
Sonrió apenas.
—Creo que debemos alejarnos un tiempo.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Qué?
—Es lo mejor.
No esperaba escuchar eso.
Para nada.
—Ayer entendí algo.
Si seguimos así, vamos a terminar haciéndole daño a las personas que más queremos.
Y no quiero eso.
Bajé la mirada.
Tenía razón.
Aunque doliera.
—Tienes razón.
Las palabras salieron con dificultad.
Él asintió lentamente.
—Entonces...
intentemos comportarnos como dos personas normales.
Quise reír.
Pero no pude.
—Nunca hemos sido normales.
—Podemos intentarlo.
Asentí.
—Está bien.
—Está bien.
Y, por primera vez desde que lo conocía...
no discutimos.
Los siguientes días fueron extraños.
Muy extraños.
Sebastián cumplió su palabra.
Ya no entraba a mi habitación.
No buscaba cualquier excusa para hablar conmigo.
No me molestaba durante el desayuno.
Ni me seguía cuando salía al jardín.
Era exactamente lo que yo había dicho que quería.
Entonces...
¿por qué me sentía tan vacía?
Tres días después...
estaba estudiando en la terraza cuando escuché risas en el jardín.
Miré por curiosidad.
Y ahí estaban.
Sebastián.
Y Valentina.
Otra vez.
Ella había ido a visitarlo.
Se reían de algo.
Él parecía relajado.
Incluso feliz.
Sentí un nudo en el pecho.
No tenía derecho a sentirme así.
Él estaba haciendo exactamente lo que habíamos acordado.
Seguir con su vida.
Entonces...
¿por qué dolía tanto?
Cerré el cuaderno de golpe.
No quería seguir mirando.
Esa misma tarde bajé a buscar un libro a la biblioteca de la casa.
Mientras revisaba los estantes, escuché voces en el pasillo.
—Gracias por venir.
Era Sebastián.
—Siempre me gusta pasar tiempo contigo.
Era Valentina.
No quería escuchar.
De verdad no quería.
Pero mis pies no se movían.
—Has cambiado mucho.
—¿Sí?
—Antes nunca rechazabas una invitación mía.
Hubo un breve silencio.
—Las personas cambian.
—¿Tiene nombre ese cambio?
No escuché la respuesta.
Porque el corazón me latía tan fuerte que apenas podía pensar.
Respiré hondo y salí de la biblioteca.
Necesitaba irme antes de que me vieran.
Pero, al doblar el pasillo...
choqué con alguien.
—¡Perdón!
Los libros que llevaba cayeron al suelo.
—Mía...
Era Sebastián.
Se agachó de inmediato para ayudarme a recogerlos.
Nuestras manos tocaron el mismo libro al mismo tiempo.
Los dos nos detuvimos.
Ninguno retiró la mano de inmediato.
Hasta que escuchamos una voz detrás de nosotros.
—¿Interrumpo algo?
Valentina.
Retiré la mano rápidamente.
—No.
Me levanté sin mirar a Sebastián.
—Ya me iba.
Caminé deprisa por el pasillo.
No quería llorar.
No iba a llorar.
Pero las lágrimas comenzaron a caer antes de llegar a mi habitación.
Esa noche nadie me vio bajar a cenar.
Le dije a mi madre que me dolía la cabeza.
No era mentira.
Sentía que me iba a explotar.
Pero no era por fiebre.
Era por el dolor de aceptar una verdad.
Habíamos decidido alejarnos.
Y él lo estaba consiguiendo.
Mientras yo...
cada día me enamoraba un poco más.
Cerca de las once de la noche alguien llamó suavemente a mi puerta.
No respondí.
Volvieron a llamar.
—Mía.
Era él.
—Vete.
Silencio.
—Solo quiero saber si estás bien.
—Lo estoy.
—No es verdad.
Apreté la almohada con fuerza.
—Por favor...
vete.
Escuché un suspiro al otro lado de la puerta.
—Está bien.
Buenas noches.
Sus pasos comenzaron a alejarse.
Y, sin saber por qué...
eso me dolió más que cualquier otra cosa.
Porque por primera vez...
Sebastián Varela realmente estaba empezando a alejarse de mí.
Y fui yo quien le había pedido que lo hiciera.
Continuará...