Prohibido desear al hijo de mi padrastro

Capítulo 13 (Final): A veces amar también es dejar ir

Abrí los ojos cuando los primeros rayos de sol atravesaron la cortina.

No había dormido.

Las lágrimas de la noche anterior habían dejado un vacío extraño en mi pecho.

Por primera vez desde que conocí a Sebastián, entendí que el amor no siempre era suficiente.

Había cosas más importantes.

Mi madre.

Esteban.

La familia que apenas estaba comenzando a reconstruirse.

No podía ser yo quien la destruyera.

Bajé a desayunar decidida a recuperar el control de mi vida.

La cocina estaba en silencio.

Mi madre preparaba café.

Esteban leía el periódico.

Y Sebastián...

ya estaba sentado en la mesa.

Cuando nuestras miradas se encontraron, ninguno sonrió.

Ninguno dijo nada.

Simplemente apartamos la vista.

Quizá era lo mejor.

Después del desayuno salí al jardín.

Necesitaba respirar.

Escuché pasos detrás de mí.

No hacía falta girarme.

Sabía que era él.

—¿Puedo sentarme?

Asentí sin hablar.

Sebastián tomó asiento a mi lado en el viejo columpio de madera.

Durante varios minutos ninguno dijo una palabra.

El viento movía las hojas de los árboles y el canto de los pájaros llenaba el silencio.

Finalmente, él habló.

—Anoche casi entro a tu habitación.

Lo miré de reojo.

—¿Por qué no lo hiciste?

Sonrió con tristeza.

—Porque por primera vez hice lo correcto.

Sentí un nudo en la garganta.

—Yo también estuve a punto de abrir la puerta.

Él bajó la mirada.

—Nos estamos haciendo daño.

Asentí lentamente.

—Sí.

—Y también podríamos hacerle daño a las personas que más queremos.

Volví a asentir.

Era una verdad imposible de negar.

—¿Recuerdas la primera vez que discutimos? —preguntó él con una pequeña sonrisa.

Solté una risa.

—¿Cuál de todas?

—La de la cocina.

—Me pareciste el hombre más arrogante del mundo.

—Y tú la chica más terca que había conocido.

—Sigo siendo terca.

—Y yo sigo siendo arrogante.

Los dos reímos.

Por primera vez en varios días.

Pero aquella risa tenía un sabor distinto.

Sabíamos que era una despedida.

Sebastián respiró profundamente.

—Si nos hubiéramos conocido en otra vida...

estoy seguro de que habría luchado por ti.

Las lágrimas volvieron a mis ojos.

—Yo también.

Él tomó mi mano por unos segundos.

Solo unos segundos.

No había pasión.

No había desesperación.

Solo cariño.

Y gratitud.

—Gracias por aparecer en mi vida.

Susurré:

—Gracias por enseñarme que el amor también puede ser bonito...

aunque no pueda quedarse.

Él soltó mi mano lentamente.

—Prométeme algo.

—¿Qué?

—No dejes de creer en el amor por culpa de esta historia.

Una lágrima rodó por mi mejilla.

—Solo si tú me prometes lo mismo.

Él asintió.

—Lo prometo.

Un mes después...

Mi madre y Esteban seguían siendo felices.

La casa volvió a llenarse de risas.

Sebastián comenzó un nuevo trabajo en otra ciudad.

La noche antes de irse nos despedimos con un abrazo.

Uno largo.

Sincero.

Sin palabras.

Porque ya no hacían falta.

Cuando el auto desapareció al final de la calle, entendí que algunas personas llegan a tu vida para cambiarte, no para quedarse.

Y él había cambiado la mía para siempre.

Meses después recibí un mensaje.

No era una declaración de amor.

No era una invitación para volver.

Solo decía:

"Espero que estés cumpliendo todos tus sueños. Yo estoy intentando cumplir los míos. Gracias por haber formado parte de mi historia. Cuídate, Mía."

Sonreí con lágrimas en los ojos.

Y respondí:

"Siempre voy a desearte lo mejor, Sebastián. Gracias por enseñarme que amar también significa saber cuándo decir adiós."

Guardé el teléfono.

Miré el cielo.

Y seguí caminando.

Porque algunas historias no terminan con un beso.

Terminan con dos personas que, a pesar de amarse, eligen hacer lo correcto.

Y, a veces...

ese también puede ser un final feliz.

FIN

Epílogo

Años después, mientras caminaba por una feria del libro, sosteniendo mi primera novela publicada entre las manos, entendí que todas las experiencias, incluso las más dolorosas, podían convertirse en historias.

Sonreí.

No porque hubiera olvidado a Sebastián.

Sino porque por fin podía recordarlo sin tristeza.

Hay amores que duran toda una vida.

Y hay otros que duran solo el tiempo suficiente para enseñarte quién eres.

El nuestro pertenecía al segundo tipo.

Y eso estaba bien.

Porque, al final, no todas las historias de amor están destinadas a ser vividas para siempre.

Algunas solo están destinadas a ser contadas.




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