Dicen que nunca debes enamorarte del mejor amigo de tu ex.
Yo también lo sabía.
De hecho, durante mucho tiempo pensé que esa era una de esas reglas que jamás tendría que preocuparme por romper.
Porque Blake Bennett era simplemente Blake.
El chico que conocía desde hacía años.
El mejor amigo de Lucas.
El que aparecía con una bolsa de comida cuando yo olvidaba almorzar.
El que me hacía reír cuando quería llorar.
El que sabía cuándo algo me pasaba incluso antes de que yo misma pudiera reconocerlo.
Y, sobre todo, el chico al que nunca había permitido mirar de otra manera.
Hasta que terminé con Lucas.
Nuestra relación llevaba meses desmoronándose, aunque ninguno de los dos quisiera admitirlo. Cuando finalmente dijimos en voz alta que ya no funcionábamos, pensé que lo más difícil sería acostumbrarme a estar sola.
Me equivoqué.
Lo difícil fue descubrir que la persona que más me hacía sentir acompañada era precisamente la que no podía tener.
Blake.
Al principio fueron pequeñas cosas.
Sus mensajes preguntándome si estaba bien.
Sus visitas inesperadas.
Las conversaciones que empezaban hablando de cualquier tontería y terminaban a las tres de la mañana.
Después llegaron las miradas.
Esas malditas miradas que duraban demasiado.
Y una noche, mientras estábamos sentados en el capó de su coche mirando las estrellas, ocurrió algo que cambió todo.
—Emily —susurró.
Lo miré.
Había algo diferente en sus ojos.
Algo que me asustó.
—¿Qué?
Blake tragó saliva.
—No deberíamos estar haciendo esto.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Haciendo qué?
Se quedó en silencio.
Y entonces entendí.
No era la amistad lo que estaba en peligro.
Éramos nosotros.
Porque quizá Blake nunca había sido solamente el mejor amigo de mi ex.
Quizá había sido la persona correcta desde el principio.
Solo que yo había tardado demasiado en darme cuenta.
Y ahora tenía un problema.
Porque cuanto más intentaba alejarme de Blake Bennett...
más me enamoraba de él.