Nadie se movió.
Durante unos segundos, el patio pareció quedarse completamente en silencio.
Lucas nos miraba.
Primero a mí.
Después a Blake.
Y finalmente otra vez a mí.
—¿En serio? —repitió.
Sentí que el corazón me golpeaba contra el pecho.
—Lucas...
—No.
Levantó una mano.
—No digas nada.
Blake dio un paso hacia él.
—Lucas, yo...
—¿Tú qué?
La voz de Lucas sonó mucho más dolida que enfadada.
—¿Desde cuándo?
Blake guardó silencio.
Lucas soltó una risa amarga.
—Claro.
—No es lo que piensas —dije.
Lucas me miró.
—¿Entonces qué es?
No supe responder.
Porque sí era exactamente lo que pensaba.
Blake estaba enamorado de mí.
Y yo acababa de admitir que tenía miedo de enamorarme de él.
—Nunca pasó nada mientras ustedes estaban juntos —dijo Blake.
Lucas volvió la mirada hacia su mejor amigo.
—Pero estabas enamorado de ella.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Blake respiró profundamente.
—Desde antes de que ustedes empezaran a salir.
Lucas se quedó inmóvil.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Porque eras mi mejor amigo.
—¡Precisamente!
Lucas levantó la voz.
—¡Era tu mejor amigo y confiaba en ti!
—Nunca hice nada.
—¡Pero la querías!
—Sí.
La respuesta de Blake fue inmediata.
Lucas negó con la cabeza.
—Dios...
Se pasó una mano por el cabello.
—¿Sabes qué es lo peor?
Blake no respondió.
—Que siempre pensé que eras la única persona en la que podía confiar.
Blake bajó la mirada.
—Puedes seguir confiando en mí.
Lucas soltó una carcajada sin humor.
—¿Cómo?
—Porque nunca te traicioné.
—No, claro. Solo esperaste a que termináramos para decirle que estabas enamorado.
—Lucas...
—Y tú —me señaló—. ¿Desde cuándo?
Sentí que me quedaba sin aire.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No.
Era la verdad.
No sabía exactamente cuándo había cambiado todo.
Quizá había comenzado con aquellas conversaciones.
Quizá con las veces que Blake había estado ahí cuando Lucas no.
Quizá mucho antes.
—Emily —dijo Lucas—, ¿tú lo quieres?
La pregunta me dejó completamente paralizada.
Miré a Blake.
Él no dijo nada.
No intentó convencerme.
Solo esperó.
Y eso hizo que la respuesta fuera todavía más difícil.
—No lo sé.
Lucas cerró los ojos.
—Entiendo.
Se dio la vuelta.
—Lucas —lo llamé.
Se detuvo.
—Lo siento.
Durante unos segundos permaneció de espaldas.
—Yo también.
Y se marchó.
No lo vi durante el resto del día.
Ni al día siguiente.
Ni el siguiente.
Y eso hizo que todo fuera peor.
Los rumores comenzaron rápidamente.
No sabía quién había hablado, pero para el miércoles todo el instituto parecía saber que Blake y yo habíamos sido descubiertos juntos.
Chloe apareció en mi casa esa tarde con una bolsa de comida y una expresión seria.
—Necesitas comer.
—No tengo hambre.
—No me importa.
Dejó la bolsa sobre mi escritorio.
—¿Lucas te ha hablado?
Negué con la cabeza.
—Nada.
—¿Y Blake?
—Tampoco.
Chloe se sentó en mi cama.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Qué sientes?
Me quedé mirando por la ventana.
—No sé.
—Sí sabes.
—Chloe...
—Emily, llevas tres días diciendo que no sabes.
Suspiré.
—Tengo miedo.
—¿De Blake?
Negué.
—De perderlo.
Chloe se quedó callada.
—Eso ya es una respuesta.
Me giré hacia ella.
—¿Y si todo sale mal?
—Puede salir mal.
—Gracias por animarme.
—Pero también puede salir bien.
Me senté en la cama.
—Es el mejor amigo de Lucas.
—Lo sé.
—Y Lucas me odia.
—No te odia.
—No me habla.
—Está herido.
Bajé la mirada.
—Lo entiendo.
Chloe tomó mi mano.
—Pero también tienes derecho a pensar en ti.
Me quedé en silencio.
Por primera vez, aquella posibilidad dejó de parecerme egoísta.
Quizá también tenía derecho a ser feliz.
El viernes por la tarde recibí un mensaje.
Mi corazón se aceleró al reconocer el nombre.
Blake: Necesito hablar contigo.
Lo miré durante varios segundos.
Yo: ¿Dónde?
Su respuesta llegó enseguida.
Blake: El parque. A las ocho.
Llegué diez minutos antes.
El parque estaba casi vacío.
Las luces de la calle iluminaban los caminos y una ligera brisa movía las hojas de los árboles.
Me senté en uno de los bancos.
Esperé.
A las ocho en punto, Blake apareció.
Llevaba las manos en los bolsillos y una expresión que no había visto nunca en él.
Parecía nervioso.
—Hola.
—Hola.
Se sentó a mi lado.
Durante unos segundos ninguno habló.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—No muy bien.
—Yo tampoco.
Lo miré.
—Lo siento por lo de Lucas.
—Yo también.
—No quería que se enterara así.
—Yo tampoco.
Blake respiró profundamente.
—Pero hay algo que necesito que sepas.
Lo miré.
—¿Qué?
—No quiero presionarte.
Sentí un nudo en la garganta.
—Blake...
—Déjame terminar.
Asentí.
—No quiero que estés conmigo porque tengas miedo de perderme. No quiero que estés conmigo porque sientas que me debes algo. Y tampoco quiero que estés conmigo simplemente porque acabas de terminar con Lucas.
Me quedé mirándolo.
—Entonces, ¿qué quieres?
Blake sonrió ligeramente.
—Quiero que seas feliz.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Aunque no sea contigo.
No pude evitar que una lágrima recorriera mi mejilla.