-Prohibido Enamorarse-

C-22

-muero, muero, muero por ti- acarició mi cara, pegó nuestros labios y solo dejamos que nuestros sentimientos hicieran su trabajo, que sean ellos quienes se guíen, era muy reconfortante sentir que nuestros labios transmitían cariño, el cariño que nos faltaba a los dos.

-Santiago espera-dije aun con los labios pegados a los de él, había olvidado por completo que teníamos que regresar al centro de rehabilitación- Santiagoo-

-Ay que! -se separó fastidiado-

-nos hemos olvidado por completo-no me dejó continuar-

-Sara!- dijo en un grito, muy sorprendido-

-Sí exacto, tenemos que regresar ya- dije, pero se escuchó una voz atrás de nosotros que dijo

-no es necesario yo los llevaré-  conocía esa voz, era Sara, abrí mis ojos lo mas que pude sin voltear, Santiago estaba tan sorprendido como yo, cerré mis ojos con fuerza y volteé, ahí estaba ella con una mano en la puerta de su carro y la otra en su cintura, su enojo era evidente.

-hola- Sara rompió el silencio y la adrenalina que sentíamos por dentro-como no llegaban ya pasadas las 4-miró a su reloj-vine a verlos, ya veo que tan entretenidos estaban y por qué no llegaban eh- permanecíamos callados, pero...

-Sara no estábamos haciendo nada malo- Santiago reclamó-

-Saben que esto está sumamente prohibido-recalcó las últimas dos palabras-

-pero estamos fuera de la institución- me defendí, error, aumenté más su enojo.

-pero aún están a nuestra disposición y lo que hacen ustedes con el buzo de la institución fuera o dentro de ésta es nuestra responsabilidad como centro de ayuda-sí estaba molesta, muy molesta-deposité mi confianza en ustedes estaba casi segura que no me defraudarían, ya veo que me equivoqué- no gritaba pero hacía notar su enojo, esta mujer sabía cómo llevar su temperamento en cada ocasión-

-Sara se nos acabó la gasolina, por eso no pudimos llegar a la hora que nos indicaste- Santiago se defendía-

-Bien- suspiró Sara-saca las llaves del auto llamaré a una grúa que vengan por él-continuó-suban a mi auto y por favor en silencio no quiero escuchar ni un solo murmullo, Dios no sé qué hubiera pasado si un padre de familia pasaba por aquí-

Santiago y yo obedecimos, nos adentramos en los asientos traseros, escuché un susurro muy bajito- perdón- volteé a verlo y le acaricié la rodilla explicándole que todo estaba bien. 

Tal vez si hubiera podido descifrar el ''perdón'' de ese momento las cosas pasarían diferente y sufriríamos menos.
 

 




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