Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 1

KAIA

Lauti no se mueve.

El resto de los chicos corre, grita, se empuja con esa torpeza hermosa de los que todavía no saben medir su fuerza. El pasto húmedo levanta olor a tierra recién abierta y las pelotas golpean el suelo con un ritmo irregular, vivo. Todo está en movimiento… menos él.

Está ahí, en medio de la cancha, con la pelota entre las manos, como si pesara más de lo que debería. Sus dedos la aprietan con cuidado, demasiado cuidado, como si temiera romperla. O como si temiera lo que viene después.

—¡Pase! —le grita uno de los chicos desde la derecha.

Lauti no responde.

—¡Lauti! —insisto, elevando la voz sin gritar—. Mira a tu compañero.

Nada.

Hay algo en su cuerpo que no encaja con el resto. No es solo la quietud que parece tenerlo paralizado. Es la forma en la que se encierra. Los hombros hacia adelante, el mentón apenas hundido, la mirada fija en un punto que no es la cancha. Como si estuviera en otro lugar. Como si hubiera salido de aquí hace rato y nadie más se hubiera dado cuenta.

—Corre —le digo, acercándome—. Solo corre un poco, no pienses.

Él da un paso. Uno. Después se queda clavado otra vez.

El ejercicio se desarma. Los otros chicos se frenan, se miran entre ellos, impacientes. Algunos resoplan. Uno suelta una risa corta con tono burlón y de decepción que se apaga cuando lo miro con gesto reprobatorio.

—Bien —digo, tomando aire—. Pausa. Vengan todos.

Siguiendo mi orden, los chicos se agrupan alrededor mío, transpirados, con las mejillas rojas. Lauti llega último. Siempre llega último. Claramente no es porque no pueda en cuestiones físicas sino por otras inhibiciones. Algo en él resiste.

—Vamos a repetir —explico—. Pase corto, apoyo, y sigo. Nada más. Sin velocidad, sin presión. ¿Sí?

Asienten.

Miro a Lauti.

—Tú primero.

No me gusta forzarlo, pero tampoco puedo dejar que se esconda siempre detrás de los demás. Hay que encontrar un punto medio. Siempre lo hay. Debe haber una manera en la que quiera y pueda integrarse al resto.

Le paso la pelota y la recibe con esa misma cautela.

—Solo eso —le digo, más bajo—. Pase y te mueves. Yo estoy aquí.

Asiente apenas y un mechón de su largo cabello castaño le cae en la frente.

El ejercicio arranca otra vez. Un pase, dos, tres… la pelota vuelve a él.

Silencio.

Lo veo tensarse. No es duda. Es otra cosa. Es como si el mundo se hubiera detenido justo en ese instante.

—Ahora —le marco.

No lo hace.

—Lauti.

Nada.

Mi cabeza vuelve a llenarse de preguntas y de ideas acerca de cómo hacer para sacarlo de ese bloqueo… Entonces lo veo.

Fuera de la cancha, en la línea que marca el límite externo.

Apoyado contra el alambrado, con los brazos cruzados, inmóvil, como si fuera parte del paisaje. Pero no lo es. Nada en él pasa desapercibido. Ni la forma en que ocupa el espacio, ni la mirada fija, dura, evaluando cada movimiento como si estuviera juzgando algo más que un entrenamiento de niños.

Gael Ferraro.

No necesito que nadie me diga quién es, si bien ya lo conozco de hace tiempo porque su poder para subestimarme por ser una entrenadora mujer en el equipo es muy evidente. Su nombre circula por todos lados debido a su trayectoria deportiva en el rugby. Capitán. Referente. Ídolo. Intocable.

Y padre.

Lo que no encaja es eso último.

Porque Lauti no se parece a él en nada.

Ni en el cuerpo, ni en la energía, ni en la forma de plantarse en el mundo. Es como si alguien hubiera puesto a dos piezas de distintos rompecabezas en el mismo lugar y esperara que funcionaran.

—¡Lauti! —la voz de Gael atraviesa la cancha como un golpe seco—. ¡Muévete!

El niño reacciona, pero no como debería.

Se sobresalta.

Literalmente.

Los hombros se le tensan de golpe, la pelota casi se le cae de las manos. Sus ojos buscan a su padre, no a sus compañeros, no a mí. A él.

Y eso me dice más de lo que cualquier palabra podría.

—Tranquilo —le digo, acercándome un paso—. Respira.

—¡Pasa la pelota!—ordena Gael desde afuera.

Es una orden con vileza.

En mis clases no permito ese tono entre compañeros, pero ¿de parte de un padre a los niños? ¿Y de parte de él, nada más y nada menos?

Lauti la lanza.

Mal.

La pelota cae a medio camino, torpe, sin dirección. El chico que iba a recibirla se frena en seco y la mira como si fuera un objeto extraño.

Silencio.

Ese silencio incómodo que se mete debajo de la piel.

—Otra vez —digo, intentando sostener el ritmo—. No pasa nada. Vamos de nuevo.

Pero ya pasó.

Ya se rompió algo.

Lo veo en la forma en que Lauti baja la cabeza. En cómo aprieta los labios, en cómo sus manos tiemblan apenas, casi imperceptible para cualquiera que no esté mirando de verdad.

Yo sí estoy mirando.

—Sal de ahí —dice Gael.

Lauti no se mueve.

—Te estoy hablando.

Doy dos pasos hacia la línea.

—Está bien —le digo a Gael, sin levantar la voz—. Estamos trabajando.

Él me mira por primera vez en esta jornada, percatándose de que existo y que los chicos no se entrenan solos.

Me mira directo.

Es una mirada pesada, hay algo en ella que incomoda. Como si estuviera acostumbrado a que nadie le diga nada. A que nadie interfiera aún cuando él sí lo hace en entrenamiento ajeno.

—Está perdiendo el tiempo —responde.

—Está bloqueado.

—Está cómodo.

Niego apenas.

—No —digo—. No es eso.

Se separa del alambrado y entra a la cancha.

No corre. No necesita hacerlo. Camina con esa seguridad que tienen los que saben exactamente quiénes son en cualquier lugar.

Los chicos lo miran. Algunos con admiración porque saben quién es él, otros con curiosidad. Lauti no levanta la vista.

Gael se planta frente a él.

—Mírame.

El niño obedece.

—¿Qué estás haciendo?

Silencio.




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