KAIRA
No debería quedarme.
El entrenamiento terminó hace varios minutos, los chicos ya se fueron, el ruido se apagó, y sin embargo sigo aquí, con una pelota en la mano que no dejo de girar entre los dedos como si fuera lo único que me mantiene en movimiento. El campo está casi vacío, apenas queda el eco de lo que fue hace un rato: gritos, risas, el golpe seco del balón contra el césped. Ahora solo hay silencio, y ese silencio pesa más de lo que debería.
No es la primera vez que un niño se bloquea. No es la primera vez que veo miedo: si en algo ayuda el arte y el deporte es que permite a la gente expresarse, por las buenas o por las malas.
Pero hay algo en Lauti que no encaja en esa categoría simple, algo que no puedo nombrar todavía, pero que se me queda adherido, como si lo hubiera visto antes, como si lo conociera de otro lado. No es torpeza, no es falta de ganas, no es ni siquiera inseguridad. Lo que leo en él y en su personalidad es más profundo. Más quieto. Más peligroso.
—Sigues aquí.
La voz me llega desde atrás y me encuentro a Paolo, mi mejor amigo que también entrena con el grupo de los chicos de 5 a 7 años. Yo entreno a los de 8 a 10.
—No soy de las que dejan las cosas tiradas.
—Vienen del servicio de maestranza.
—Se encargan de la limpieza, no tienen que poner pelotas en su lugar.
—Las pelotas que pusiste en su lugar son las del jugadorcito agrandado—me dice riendo mientras me ayuda a acomodar todo.
Paolo lleva el cabello rapado, muy corto y rubio. Su pelo brilla a la luz del sol, que entra filtrándose por el ingreso al salón de materiales, además que está sudando porque si bien en abril el clima ya es otoñal en Buenos Aires, este año viene siendo aún con tintes primaverales de lo cual no me quejo en absoluto.
—¿Viste algo?—le pregunto.
—Desde la otra cancha.
—Ese tipo es insufrible, pobre del niño, tiene tanto guardado que necesita sacar, pero ese padre es de lo peor.
—No es fácil lidiar con el peso del jugador número uno de rugby del país y menos aún cuando tiene una personalidad atravesada por los malos modos.
—¿Recuérdame por qué no te metiste a estudiar para psicóloga de niños?—me dice con sarcasmo y suelta una risita.
—Algo así me dijo Ferraro. Que este lugar no es una terapia, es un deporte.
—Quizá te lo tomas muy a pecho.
—Me tomo muy en serio todo lo que le sucede a mis chicos. Son niños.
—Y tienen familias que los orientan.
—No cuando esas familias son inoperantes.
—Aun cuando tu padre es un tipo sumamente poderoso en el ámbito deportivo.
—Pobre Lauti…
—¿Sigue enfurruñado con la idea de cambiar de entrenador?
Eso fue otro asunto. Tiempo atrás, un grupo de padres presentó una queja respecto a que sus hijos deberían ser entrenados por un entrenador varón. Hipócritas. El club falló en mi favor y todo sigue tal cual, pero sé que me tienen entre ceja y ceja más que a cualquier otro.
Lo que se consideró en su momento, fue que Paolo tome mi lugar e iniciar una línea femenina de alumnas, que lamentablemente se iba a postergar para el año que viene, lo cual me dejaba complicada laboralmente este año (y labores administrativas me niego a asumir si mi talento y mi formación están hechas para esto).
—Implícitamente, sí. Sé que fue él quien comandó a la horda de padres en su momento que estaban listos para quemarme viva.
—Que se la aguanten. ¿Tienes planes para el almuerzo?—me pregunta mientras terminamos de acomodar las cosas.
—Con lo que ha sido el día de hoy, ni apetito tengo.
—Vamos a comer al parador del río, tengo ganas de un sandwich de bondiola.
—Uffff, qué delicia, acabas de encender el botón de mi apetito.
—Vamos, amiga. Yo invito.