Prohibido entrenar el corazón

Capítulo 3

GAEL

Lauti no me mira cuando sube al auto.

Se sienta en el asiento de atrás, del lado derecho, como siempre, con el cinturón ya puesto antes de que yo termine de cerrar la puerta. No dice nada. No pregunta nada. Ni siquiera mira por la ventana. Se queda quieto, con las manos apoyadas sobre las piernas, como si estuviera esperando que algo pase y no supiera bien qué.

Arranco.

El motor suena demasiado fuerte en el silencio.

—¿Te dolió? —pregunto sin girarme.

No responde enseguida.

—No.

La respuesta es corta, automática, como si no necesitara pensarlo. Como si esa fuera la única respuesta posible.

—Te caíste mal.

—Estoy bien.

Asiento, aunque sé que no me está viendo. Siempre dice que está bien. Desde hace un tiempo, siempre está bien.

Miro por el retrovisor.

Sigue igual.

Quieto… Demasiado quieto.

—Mañana vamos a practicar antes —digo, manteniendo la vista en la ruta—. Solo nosotros.

No dice nada.

—Te falta soltarte —agrego—. No es difícil. Es repetición.

Silencio.

Aprieto el volante un poco más de lo necesario.

—¿Escuchaste lo que te dije?

—Sí.

—¡¿Entonces?!

Nada.

Siempre es así. Yo hablo. Él escucha. Y en algún punto del camino, algo no llega.

No sé cuándo empezó.

No sé en qué momento dejó de responder como antes, de moverse con esa torpeza normal que tienen los chicos, de frustrarse, de enojarse, de intentarlo otra vez. Antes era distinto. Corría, se caía, se levantaba. Se equivocaba sin pensar en eso. Era más liviano.

Ahora no.

Ahora todo pesa.

—Tienes que confiar más —insisto—. Nadie te va a hacer nada.

La frase sale sola.

No debería decirla.

Lo sé en el mismo momento en que la digo.

En el espejo, veo cómo sus hombros se tensan apenas.

Nada más.

Pero lo veo.

Y eso me molesta.

No a él.

A mí.

Porque no entiendo por qué reacciona así.

Porque no debería reaccionar así.

Porque no tiene sentido.

—Es un juego —digo, más firme—. Tienes que disfrutarlo.

—Sí.

Siempre sí. Siempre lo que espero. Pero me suena vacío.

Como si lo dijera para cerrar la conversación, no porque lo sienta realmente.

El semáforo se pone en rojo.

Freno.

El silencio se vuelve más pesado.

Me paso una mano por la cara, cansado, aunque no debería estarlo. No entrené hoy. No jugué. Solo estuve parado mirando, corrigiendo, señalando errores que, en mi cabeza, son claros, corregibles, simples.

Pero en él no.

En él nada es simple.

—Lo de hoy —empiezo—. No puede volver a pasar.

No hay respuesta.

—¿Entendiste?

—Sí.

—Entonces dilo.

Silencio.

—Dilo.

—No va a volver a pasar.

La frase suena como un eco. Como algo aprendido.

No me sirve.

Pero no digo nada más.

El semáforo cambia.

Arranco.

El resto del camino lo hacemos en silencio.

Cuando llegamos, Lauti se baja antes de que yo apague el motor. Camina hacia la puerta sin esperar. No corre. Nunca corre. Abre con la llave que le di hace meses, cuando empecé a quedarme más tiempo fuera y necesitaba que pudiera entrar solo.

Cierro el auto y lo sigo.

La casa está en silencio. Demasiado grande para dos personas. Demasiado ordenada para un chico. Demasiado limpia para alguien que dice vivir ahí.

—Lávate las manos —digo.

Asiente y se va al baño.

Yo me quedo en la cocina, apoyado contra la mesada, mirando un punto fijo que no veo.

No es normal.

Lo sé.

No necesito que nadie me lo diga.

Pero tampoco es lo que ella cree…

Kaia. El nombre me aparece sin que lo busque. Y con él, su cara.

Esa forma de mirarme como si ya supiera todo es de lo peor, insufrible, insoportable, parece ser la única persona en el mundo que no tiene la capacidad de obedecerme cuando hablo. Como si no entendiera que soy una persona que se ha ganado el lugar en el que está y que mi palabra es sinónimo de autoridad en lo que al deporte significa, más aún en lo que a mi propio hijo implica.

Me irrita.

Más de lo que debería.

No porque me cuestione…sino porque tiene razón en algunas cosas. Y eso no lo soporto.

Abro la heladera sin hambre. La cierro. Camino hasta la ventana. Vuelvo. No sé qué hacer con la sensación que me dejó hoy.

—¿Puedo ir a mi cuarto?

La voz de Lauti me saca.

Está en la puerta de la cocina, limpio, con el pelo todavía húmedo en las puntas, se ha dado una ducha y se ha puesto el pijama. A la hora del almuerzo. Al parecer sus planes para el resto de este hermoso día sábado es quedarse en su habitación el resto de la jornada y yo quisiera sujetarlo de los hombros y sacarlo a jugar a un parque como todos los niños deben de pedir por favor a sus padres.

Pero él no, él es tan diferente a todos, caray.

—Sí—digo, con frustración.

Asiente y se va.

No me mira. Nunca me mira cuando me pregunta algo.

Y eso… eso sí me duele.

No debería.

Pero lo hace.

Me quedo solo.

Otra vez.

Apoyo las manos en la mesada y bajo la cabeza. Respiro hondo. Exhalo. Lo que dijo en la cancha vuelve como una imagen.

Su cara.

Su voz.

Ese tono bajo, contenido, como si estuviera diciendo algo que no debería decir.

“Si algún día juego bien… ¿vas a quererme?”

Y lo escuché. Claro que lo escuché…

Cierro los ojos.

No.

No puede ser.

No es eso.

No puede ser eso.

Porque si es eso, entonces…

No.

No lo es.

Es una frase.

Nada más.

Los chicos dicen cosas.

Exageran.

Buscan atención.

Eso es todo.

Eso tiene que ser todo.

Pero la forma en que lo dijo…

No.

No.

Abro los ojos. Me enderezo. Camino hacia el living. Tomo el teléfono. Lo dejo.

No voy a llamarla. No voy a darle ese lugar. No voy a dejar que crea que tiene razón. No la tiene. No puede tenerla. Porque si la tiene… Aprieto los dientes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.