Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 11 La mentira que me enamoró

No todas las mentiras suenan falsas.

Algunas llegan envueltas en la verdad justa para volverse irresistibles.

Lo entendí demasiado tarde. Como casi todo lo importante en mi vida.

Esa mañana desperté con una claridad extraña, incómoda. No fue una revelación luminosa, sino una certeza gris: había algo en su historia que no encajaba, y yo lo había aceptado igual. No por ingenuidad, sino por deseo. Porque necesitaba creerle más de lo que necesitaba protegerme.

Preparé el desayuno con una calma artificial. Cada movimiento era exacto, mecánico, como si el orden externo pudiera compensar el desorden interno. Mientras el café burbujeaba, mi mente repasaba escenas, frases, silencios.

No puedo hoy.

Todavía no.

Hay cosas que no sabés.

Siempre había un después. Nunca un ahora.

Me escribió cerca del mediodía.

“¿Podemos vernos?”

No agregó nada más. Ni disculpas ni explicaciones. Como si la costumbre de que yo dijera que sí siguiera intacta.

Contesté que pasara por casa.

Cuando llegó, traía esa expresión que ya reconocía: la de quien viene a contar una verdad parcial y espera que alcance. Lo invité a pasar. No lo abracé. No lo besé. Eso lo descolocó.

—¿Está todo bien? —preguntó.

—Eso vine a averiguar.

Se sentó frente a mí, serio. Demasiado.

—Anoche pensé mucho —dijo—. Sobre nosotros.

—Yo también —respondí—. Sobre vos.

No sonrió.

—Quiero ser sincero —continuó—. No quiero que esto empiece mal.

—Entonces no empieces con una introducción —dije—. Decime lo que no me dijiste.

El silencio se estiró. No fue incómodo. Fue revelador.

—Ella ya no es parte de mi vida como creés —dijo al fin—. Hace tiempo que no lo es.

Lo miré. Fijo. Sin pestañear.

—Eso no es una respuesta —señalé—. Es una frase tranquilizadora.

—Es la verdad.

—No toda.

Tragó saliva.

—Hay vínculos que no se rompen de un día para otro.

—Pero se aclaran —repliqué—. Y eso no lo hiciste.

Se levantó, caminó por el living como si buscara palabras escondidas entre los muebles.

—No quise cargarte con algo que todavía estoy resolviendo.

—No me cargaste —respondí—. Me dejaste a oscuras.

Se giró hacia mí.

—Nunca te mentí.

—No —admití—. Pero me contaste la versión que necesitaba escuchar para quedarme.

Esa frase cayó entre nosotros con un peso definitivo.

—¿Eso creés? —preguntó.

—Eso sé.

Se sentó otra vez. Esta vez, más cerca.

—Cuando te conocí —dijo—, yo no estaba listo para nadie. Y aun así… apareciste.

—No me pongas en el lugar de salvadora —lo frené—. No vine a rescatarte.

—No —aceptó—. Viniste a verme tal cual soy.

—No —repetí—. Vine a ver al hombre que me mostraste.

Bajó la mirada.

—La mentira no fue lo que dije —admitió—. Fue lo que dejé creer.

Ahí estaba. Por fin.

—¿Sabés qué es lo peor? —dije con voz baja—. Que esa versión tuya… me enamoró.

Me miró con sorpresa genuina.

—Porque era amable, vulnerable, cuidadosa —continué—. Porque parecía elegir con miedo, pero elegir al fin.

—Eso también soy.

—Sí —respondí—. Pero no completo.

Se acercó un poco más.

—Si te digo todo —dijo—, puede que no me mires igual.

—Si no lo hacés —contesté—, ya no puedo mirarte igual.

Respiró hondo.

—No cerré una historia antes de empezar esta —confesó—. No por amor… sino por culpa.

Sentí un nudo en el pecho.

—La culpa también ata —dije—. Y arrastra a quien se acerca.

—No quise enamorarte —susurró.

—Lo hiciste siendo honesto a medias —respondí—. Y yo elegí creer esa mitad.

Nos quedamos en silencio. Un silencio distinto. Más limpio. Más doloroso.

—Decime algo —le pedí—. ¿Si hubieras sido completamente sincero desde el principio… yo te habría gustado igual?

Me miró largo.

—No lo sé —admitió—. Pero yo no me habría permitido acercarme.

Sonreí con tristeza.

—Entonces la mentira no fue solo para mí.

—Fue para sobrevivir.

Me levanté. Necesitaba distancia para pensar.

—No sé qué hacer con esto —dije—. Porque no me enamoré de un engaño cruel.

—Sino de uno cobarde —completó.

Asentí.

—Y eso lo vuelve más peligroso —agregué—. Porque puedo entenderlo.

Se acercó, pero no me tocó.

—No quiero perderte —dijo otra vez.

—Entonces dejá de esconderte detrás de versiones cómodas —respondí—. O me vas a perder igual.

Antes de irse, se detuvo en la puerta.

—¿Seguís sintiendo algo por mí?

Lo miré. Y en esa mirada puse toda la verdad que él había evitado.

—Sí —dije—. Y eso es lo que más miedo me da.

Cuando cerré la puerta, me apoyé contra ella. El corazón acelerado, la mente en calma extraña.

Comprendí algo que me dolió aceptar:

no me enamoré a pesar de la mentira.

Me enamoré porque, en esa mentira, vi al hombre que él quería ser…

aunque todavía no supiera cómo llegar hasta ahí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.