No estaba buscando nada.
Eso fue lo más cruel de todo.
Era una tarde común, de esas que no prometen revelaciones ni catástrofes. El tipo de día en el que una ordena cajones para no ordenar pensamientos. Había decidido limpiar el departamento con una energía exagerada, como si el polvo acumulado fuera el verdadero problema de mi vida.
Puse música suave. Abrí ventanas. Me convencí de que estaba bien.
Mentira número uno del día.
Mientras acomodaba papeles viejos, encontré su campera. La había dejado olvidada la noche anterior, y yo no se la había devuelto. No por estrategia ni nostalgia. Simplemente porque olvidarla me había dolido menos que recordarlo.
La tomé para colgarla en el placard. Pesaba más de lo normal.
Revisé los bolsillos sin pensar.
Ahí fue cuando lo vi.
Un recibo doblado, prolijamente guardado. No era reciente. Tampoco antiguo. El tipo de objeto que uno conserva sin darse cuenta… o a propósito.
Lo abrí.
Un hotel.
Una fecha.
Una habitación doble.
El nombre de ella estaba escrito a mano, en el reverso, con una letra que no era la suya.
Sentí una presión extraña en el pecho, pero no fue sorpresa. Fue reconocimiento. Como cuando una termina de leer una frase que ya sabía cómo iba a terminar.
Me senté en el sillón con el papel en la mano. No lloré. No todavía. Primero vino esa calma peligrosa que precede a la tormenta.
La mente empezó a unir puntos sin pedir permiso.
Las ausencias.
Las explicaciones incompletas.
Las miradas esquivas cuando hablaba del pasado.
Las frases demasiado medidas.
No era una traición reciente.
Era una historia que no había terminado de cerrarse.
—No querías saber —me dije—. Querías seguir creyendo.
Ahí apareció la parte más incómoda: no me sentí engañada. Me sentí cómplice involuntaria de una verdad a medias.
El teléfono vibró.
Era él.
No atendí.
Me levanté, caminé por el departamento, respiré hondo. Todo seguía igual. El sillón, la mesa, la luz entrando por la ventana. Y aun así, nada era lo mismo.
Volvió a llamar.
Atendí.
—Hola —dije, con una calma que no reconocí como mía.
—¿Te pasa algo? —preguntó—. Te noto distinta.
Sonreí, aunque no podía verme.
—¿Cuándo pensabas contarme lo del hotel?
Silencio.
No uno breve. Uno largo. Definitivo.
—¿Dónde encontraste eso? —preguntó al fin.
—Eso no importa —respondí—. Importa que exista.
Respiró hondo. Lo imaginé pasándose la mano por el rostro. Siempre hacía eso cuando estaba acorralado.
—No fue lo que pensás.
—No me digas qué pensar —contesté—. Decime cuándo.
—Fue antes de vos.
—Pero no tan antes como dijiste.
Otro silencio.
—No pasó nada —agregó—. Fue un intento de cierre.
Reí. Una risa breve, amarga.
—Los cierres no se guardan como recuerdos —dije—. Se sueltan.
—No sabía que todavía estaba ahí.
—Siempre supiste —respondí—. Solo esperabas que yo no lo viera.
Escuché su respiración agitada al otro lado de la línea.
—No quise lastimarte.
—Lo sé —dije—. Y ese es el problema.
Me senté otra vez. Las piernas me temblaban.
—¿Sabés qué descubrí hoy? —continué—. Que no era ingenua. Era voluntariamente ciega.
—Eso no es justo —dijo.
—Lo es —respondí—. Porque yo también elegí no hacer preguntas.
—¿Y ahora?
Buena pregunta.
—Ahora tengo que ver lo que no quería —contesté—. Que nunca estuviste completamente disponible.
—Estoy acá.
—Estás dividido —dije—. Y yo no puedo amar a alguien a medias sin romperme entera.
No respondió.
—No te voy a pedir explicaciones —agregué—. Ya no.
—No quiero perderte —repitió, casi en un susurro.
—No me perdiste hoy —respondí—. Empezaste a hacerlo el día que decidiste no contarme todo.
Colgué antes de que pudiera decir algo más.
Esa noche vino Clara. No le conté detalles. No hizo falta.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Vi algo que no quería ver.
—¿Y?
—Que el amor no alcanza cuando la verdad llega tarde.
Nos sentamos en el piso, con una copa de vino compartida.
—Duele —dijo—. Pero también ordena.
Asentí.
Antes de dormir, guardé el recibo en un cajón. No como prueba. Como recordatorio.
No de lo que él había hecho.
Sino de lo que yo había aceptado.
Apagué la luz con una certeza nueva, incómoda, inevitable:
a veces el verdadero descubrimiento no es lo que el otro oculta…
sino lo que una misma se niega a ver.