El cuerpo recuerda antes que la cabeza.
Y a veces, traiciona.
Lo comprobé el día en que me abrazó sin pedirme permiso y yo, en lugar de apartarme, me hundí en su pecho como si ese gesto pudiera ordenar lo que mi razón ya había condenado.
No fue un encuentro planeado. Nada entre nosotros lo era últimamente. Me lo crucé al salir del trabajo, cuando menos preparada estaba para verlo. Él estaba apoyado contra su auto, con esa postura relajada que siempre me había parecido injusta. Como si el mundo no pudiera con él, aunque yo supiera que se le caía por dentro.
—Hola —dijo.
No sonreí. Eso ya era un avance.
—Hola.
Había algo distinto en su cara. No era urgencia. No era culpa. Era cansancio. El de alguien que entiende que ya no puede seguir postergando lo inevitable.
—¿Tenés un minuto? —preguntó.
—Depende para qué.
—Para no mentir.
Eso me desarmó un poco.
Asentí. Caminamos unos metros hasta una plaza cercana. Era temprano, había gente, perros, niños. La vida normal ocurriendo alrededor de nuestra complicación innecesaria.
—No vengo a justificarme —dijo—. Ni a pedirte que olvides.
—Eso sería pedir demasiado —respondí.
Se detuvo. Me miró con una seriedad que no le había visto antes.
—Vengo a decirte que me equivoqué —continuó—. Y que no quiero seguir perdiéndote por cobarde.
Sentí ese tirón familiar en el pecho. El que siempre me advertía peligro.
—No alcanza —dije—. Lo sabés.
—Lo sé.
Dio un paso hacia mí. Yo no retrocedí. Otro error.
—No te voy a pedir que vuelvas a confiar —agregó—. Solo que no te vayas creyendo que nada de lo que sentí fue real.
—Eso nunca lo dudé —respondí—. Dudé de lo demás.
Bajó la mirada.
—Estoy cerrando lo que no cerré —dijo—. No por vos. Por mí.
—Eso llega tarde —señalé—. Pero llega.
El silencio se volvió espeso. Incómodo. Honesto.
—Puedo abrazarte —preguntó de pronto—. Solo eso.
Debería haber dicho que no.
Pensé en el recibo.
En las medias verdades.
En las noches de espera inútil.
Pensé en todo… menos en lo que mi cuerpo haría.
Asentí.
El abrazo fue lento. Sin urgencia. Sin intención aparente. Y aun así, devastador. Me rodeó con cuidado, como si supiera que estaba hecha de algo frágil. Apoyé la frente en su hombro y aspiré su olor conocido.
Ahí fue donde perdí.
Porque mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Porque mis manos encontraron su espalda como si nunca se hubieran ido. Porque, por un instante cruel, todo volvió a encajar.
—No hagas esto —murmuré.
—No estoy haciendo nada —respondió—. Solo quedándome.
Ese fue el problema.
Sentí cómo se me apretaba el pecho. La confusión llegó como una ola: ternura, deseo, tristeza, alivio. Todo mezclado.
—No es justo —susurré—. Esto confunde.
—A mí también —admitió.
Nos separamos despacio. Demasiado despacio.
—No quiero ser fuerte todo el tiempo —dije—. Pero tampoco quiero volver a perderme.
—No quiero prometerte lo que no sé si puedo cumplir —respondió—. Pero tampoco quiero seguir huyendo.
Lo miré. De verdad. Sin idealizarlo. Sin justificarlo.
—Tu abrazo —dije—. Es el lugar donde todo parece posible… y por eso mismo es peligroso.
Sonrió con tristeza.
—Siempre fuiste demasiado lúcida para este tipo de historias.
—Y aun así, acá estoy.
Reímos. Breve. Cansados.
—No te pido nada —dijo—. Solo tiempo.
—El tiempo también cansa —respondí—. Y yo estoy aprendiendo a escucharme.
Asintió. No discutió. Eso también era nuevo.
—¿Nos vemos? —preguntó.
—No lo sé —contesté—. Hoy no tengo respuestas.
—Yo tampoco.
Nos despedimos sin besos. Sin promesas. Sin dramatismo. Pero con algo flotando entre nosotros que no supe nombrar.
Esa noche, al llegar a casa, me miré al espejo largo rato. Reconocí esa expresión peligrosa: la de alguien que sabe lo que debería hacer… y aun así duda.
Su abrazo no había borrado la verdad.
Pero había despertado el deseo de ignorarla.
Y entendí algo que me dio miedo admitir:
no siempre lo que confunde es mentira.
A veces, es solo amor llegando en el peor momento posible.