El adiós no siempre llega con lágrimas.
A veces llega tarde.
Y eso es peor.
Me di cuenta una mañana cualquiera, mientras me ataba los zapatos sin pensar en nada importante. Ese fue el detalle que me alertó: ya no pensaba en nada. Ni en él, ni en nosotros, ni en lo que debería haber hecho. Era una calma extraña, artificial, como la de una casa después de una mudanza apresurada.
Había dejado que se quedara demasiado.
No físicamente.
Emocionalmente.
Seguíamos viéndonos de forma esporádica. Mensajes breves. Encuentros sin nombre. Conversaciones cuidadosas, como si ambos camináramos sobre un vidrio que ya sabíamos roto. No éramos pareja. Tampoco desconocidos. Éramos ese territorio gris que solo existe cuando nadie se anima a cerrar la puerta.
—Esto no es sano —me dije más de una vez.
Y aun así, no me iba.
La comedia romántica de mi vida se había vuelto absurda: yo fingiendo independencia mientras acomodaba mis horarios para cruzármelo “casualmente”; él respetando una distancia que solo hacía más visible la cercanía que no terminábamos de soltar.
Una tarde me llamó.
—¿Podemos vernos? —preguntó—. Necesito hablar.
Esa frase ya no me aceleró el pulso. Y eso debería haberme alegrado. Pero no lo hizo.
—Sí —respondí—. Un rato.
Nos encontramos en el mismo bar de siempre. El de las luces bajas y las decisiones equivocadas. El mozo ya no nos miraba con curiosidad. Éramos parte del paisaje.
—Te noto distinta —dijo apenas me senté.
—Estoy cansada —respondí—. De pensar, de esperar, de entender.
Asintió. No se defendió.
—Yo también —admitió—. Y por eso vine.
Lo miré con atención. Había algo en su tono que no reconocía. No era miedo. No era duda. Era determinación.
—Cerré esa historia —dijo—. De verdad.
Sentí algo parecido a un alivio… y enseguida, una culpa inesperada.
—Me alegra —respondí con honestidad—. De verdad.
—No parece —dijo.
—Porque no cambia lo que pasó —contesté—. Ni el tiempo que perdimos en el medio.
Bajó la mirada. Jugó con el borde del vaso.
—Podríamos intentarlo ahora —propuso—. Sin secretos. Sin medias verdades.
Ahí estuvo el adiós que no dije.
Lo sentí llegar. Lo vi formarse. Era claro, lógico, necesario. Bastaba con decirlo. Con respirar hondo y pronunciar esa frase que tantas veces había ensayado a solas.
Pero no lo hice.
—No lo sé —respondí—. Necesito pensarlo.
Él sonrió, aliviado.
—Tómate tu tiempo.
Ese fue el error.
Porque cuando el tiempo pasa, no siempre acerca. A veces desgasta. A veces enfría. A veces ordena tanto que ya no deja espacio para el caos que hace falta para amar.
Nos vimos un par de veces más. Sin pasión. Sin urgencia. Sin promesas. Yo empezaba a notar detalles nuevos: cómo evitaba ciertos temas, cómo se acomodaba a mi ritmo sin entusiasmarse, cómo el deseo se volvía costumbre.
Una noche, mientras caminábamos juntos, me tomó la mano. No sentí nada extraordinario. Y eso me asustó más que cualquier conflicto anterior.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —mentí—. Solo cansada.
La verdad era otra: algo se estaba apagando y yo lo dejaba ocurrir en silencio.
La despedida llegó un domingo. Sin discusión. Sin drama. Sin escenas memorables.
—Creo que deberíamos parar —dije—. Esto no va a ningún lado.
Me miró, sorprendido.
—Pensé que estábamos mejor.
—Estamos más tranquilos —respondí—. Pero no más vivos.
No discutió. No insistió. Eso también dolió.
—No quise perderte —dijo.
—Yo tampoco —respondí—. Pero tampoco quise perderme.
Nos abrazamos. Un abrazo correcto. Educado. Definitivo.
Ahí entendí todo.
No había sabido decir adiós cuando aún lo amaba.
Esperé a que el sentimiento se gastara para no sufrir tanto.
Y en ese proceso, perdí la intensidad… y la posibilidad.
Esa noche lloré poco. Lo justo. El dolor ya había hecho su trabajo antes.
Días después, encontré una foto vieja nuestra. Sonreíamos de una forma que ya no reconocía. La guardé sin nostalgia excesiva.
No porque no hubiera sido importante.
Sino porque lo fue demasiado… en el momento equivocado.
Aprendí algo tarde, pero lo aprendí:
no saber decir adiós a tiempo también es una forma de abandono.
Y esta vez, había sido conmigo misma.