Confiar no fue un impulso.
Fue una decisión.
Nadie habla de eso. De lo difícil que es volver a abrir una puerta cuando ya aprendiste dónde cruje el piso, cuándo entra el frío, en qué rincón se acumula la humedad. Nadie te dice que confiar después de una herida no tiene nada de romántico: es incómodo, torpe, lleno de dudas.
Y aun así, lo hice.
No por él.
Por mí.
Lo conocí un jueves, de esos que no prometen nada. Un encuentro casual, una conversación sin expectativa, una risa que apareció sin permiso. No había misterio. No había intensidad forzada. Solo una calma inesperada.
—No tengo ganas de impresionar a nadie —le dije.
—Qué alivio —respondió—. Yo tampoco.
Eso me hizo reír de verdad.
No preguntó por mi pasado. No quiso entenderme. No intentó “arreglarme”. Me miró como si yo estuviera completa, aunque todavía me sintiera en obra.
Nos vimos otra vez. Y otra. Sin grandes gestos. Sin promesas implícitas. Me gustó esa falta de urgencia. Me gustó no sentir que tenía que demostrar nada.
—¿Te da miedo empezar de nuevo? —me preguntó una noche.
Pensé antes de responder.
—Me da miedo empezar mal —dije—. Empezar desde la necesidad.
Asintió.
—Entonces vamos despacio.
Y yo le creí.
Ese fue el momento exacto en que me atreví a confiar. No porque me lo pidiera. Sino porque no me apuraba.
Le conté cosas pequeñas primero. Detalles cotidianos. Manías. Fracasos leves. Él escuchaba sin interrumpir, sin sacar conclusiones. Me sentí segura. Eso fue nuevo.
Un día, sin darme cuenta, le conté más.
Le hablé de la historia que todavía dolía, de los silencios que me habían dejado marcas, de las despedidas que no supe decir a tiempo. No dramatizé. No necesitaba hacerlo.
—Gracias por confiarme eso —dijo—. No debe ser fácil.
No lo era. Pero se sentía bien.
Pasaron semanas. La confianza creció como crecen las cosas reales: sin ruido. Empecé a esperar sus mensajes. A imaginar planes. A permitirle espacio en mis rutinas. Y eso me asustó.
—Si en algún momento sentís que esto te queda grande, decímelo —le pedí.
—No voy a desaparecer —respondió—. No soy así.
Otra frase peligrosa.
No porque fuera falsa.
Sino porque nadie sabe realmente cómo va a actuar cuando las cosas se vuelven reales.
La primera señal fue mínima. Un cambio en el tono. Respuestas más cortas. Cancelaciones justificadas. Yo no dije nada. Me prometí no repetir viejos patrones.
—Estoy bien —me repetía—. No necesito controlar.
La segunda señal fue más clara. Una distancia emocional que no se explicaba con agendas ni cansancio. Algo se estaba moviendo, y no era hacia mí.
—¿Pasa algo? —le pregunté una noche.
—No —respondió rápido—. Todo bien.
No le creí.
Pero quise creerle.
Ahí estuvo mi error. No confiar en él, sino confiar en la negación.
Días después, me lo dijo. Sin rodeos. Sin crueldad. Con una honestidad que llegó tarde.
—No estoy donde pensé —admitió—. Me gusta estar con vos, pero no puedo ofrecerte lo que merecés.
Sentí el golpe, seco, silencioso. No fue devastador. Fue profundo.
—¿Desde cuándo lo sabés? —pregunté.
—Desde hace un tiempo —respondió—. No quise lastimarte.
Cerré los ojos un segundo.
—No decirlo también lastima —dije.
Asintió. No se defendió.
—Lo siento.
Y lo sentía. Eso lo hacía más difícil.
Nos despedimos sin drama. Sin reproches. Sin escenas memorables. Yo caminé a casa con una tristeza tranquila, de esas que no desgarran, pero pesan.
Esa noche no lloré enseguida. Me senté en el piso, apoyé la espalda en la pared y respiré hondo. No me sentía tonta. No me sentía débil.
Me sentía valiente.
Porque la verdad que nadie te cuenta es esta:
confiar no garantiza que no te duela. Garantiza que no te endureces.
Y yo no quería volverme dura. No quería cerrar todo para no sufrir. Quería sentir, aunque doliera. Quería elegir con quién abrir… aun sabiendo que podía salir mal.
Al día siguiente me miré al espejo y no vi a alguien rota. Vi a alguien que lo había intentado de la manera correcta.
Me dolió, sí.
Pero no me perdí en el intento.
Y eso ya era una victoria.