Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 18 La carta que nunca abrí

La encontré mientras buscaba otra cosa.

Siempre pasa así. Uno cree que ordena cajones, pero en realidad desordena recuerdos. Estaba doblada con cuidado, apoyada en el fondo de una caja que ya no usaba. No tenía fecha visible. Solo mi nombre escrito a mano, con una letra que reconocí al instante.

No la abrí.

No entonces.

La sostuve unos segundos, como si quemara. Me sorprendió no sentir ansiedad, sino una calma extraña, casi respetuosa. Como si algo dentro de mí supiera que ese papel había esperado demasiado… y que ahora el tiempo también me pertenecía.

La volví a guardar.

Durante días conviví con esa decisión. La carta estaba ahí, silenciosa, paciente. Yo también. A veces la miraba de reojo. Otras veces fingía que no existía. Y, sin embargo, ocupaba espacio. No físico. Emocional.

Recordé el día en que llegó.

Había sido después de una discusión suave, de esas que no parecen finales pero lo son. Él me la entregó sin solemnidad, como quien deja algo pendiente para más tarde.

—Léela cuando quieras —dijo—. O no la leas.

Eso me había desconcertado.

—¿Por qué escribir algo que tal vez no lea? —pregunté.

—Porque necesitaba decirlo —respondió—. Aunque no lo escuches.

En ese momento me sentí importante. Elegida. Hoy entiendo que también era una forma de descargar algo que no sabía sostener.

Nunca la abrí porque no quise.

Nunca la abrí porque tenía miedo.

Nunca la abrí porque, en el fondo, sabía que no contenía respuestas… sino peso.

Los días pasaron. Me reí con amigas. Trabajé. Dormí mejor. Empecé a sentirme liviana otra vez. Y aun así, la carta seguía ahí, como una presencia discreta.

Una noche, después de una cena larga y una copa de vino innecesaria, la saqué del cajón.

—Es ahora o nunca —me dije.

La apoyé sobre la mesa. Me senté frente a ella. Respiré hondo. Y otra vez… no la abrí.

Me di cuenta de algo importante: no era miedo a lo que dijera. Era miedo a lo que yo pudiera sentir al leerla. A volver atrás. A justificar lo injustificable. A reescribir la historia con palabras que no cambiaban los hechos.

La carta no era una oportunidad.

Era una tentación.

Y yo ya había aprendido cuánto me costaba salir de esos lugares.

Al día siguiente la llevé conmigo. Caminé varias cuadras con ella en la cartera, como si fuera un amuleto extraño. Me senté en una plaza. Vi pasar gente que no sabía nada de mí. De nosotros. De esa historia que había sido tan grande y ahora cabía en un sobre.

Pensé en todo lo que había pasado desde entonces. En cuánto había cambiado. En lo que ya no estaba dispuesta a negociar.

Abrirla hubiera sido fácil.

Cerrar esa etapa había sido lo difícil.

La miré por última vez. Y entendí la verdad más silenciosa de todas:

no todo lo que se escribe merece ser leído; algunas palabras llegan tarde.

Rompí la carta en pedazos pequeños. No con bronca. Con cuidado. Como quien libera algo que ya no necesita cargar.

Los tiré en un cesto cercano. Me quedé sentada un rato más, observando cómo el viento movía las hojas de los árboles. Sentí una paz honesta, sin euforia.

No necesitaba saber qué decía.

Ya sabía cómo había terminado.

Y, sobre todo, sabía quién era ahora.

Esa noche dormí profundamente. Sin sueños confusos. Sin preguntas pendientes.

Por primera vez, no abrí algo…

y fue exactamente lo que me permitió seguir adelante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.