Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 19 El recuerdo que me perseguía

No apareció de golpe.

Fue un detalle mínimo.

Una canción sonando demasiado fuerte en un local cualquiera. Un acorde mal puesto. Una voz que no era la suya… pero se le parecía lo suficiente como para desordenarme el día.

Estaba pagando un café cuando ocurrió. El vaso caliente entre las manos, el pensamiento en blanco, y de pronto ese recuerdo —preciso, inoportuno— ocupándolo todo.

Él, apoyado en una ventana.

La luz de la tarde cayéndole de costado.

Esa forma suya de sonreír antes de decir algo que sabía que me iba a desarmar.

Parpadeé. Volví al presente. Tomé el café y salí sin mirar atrás.

No era tristeza.

Era insistencia.

Creí que había dejado ese recuerdo en su lugar: archivado, comprendido, superado. Pero los recuerdos no funcionan como cajas cerradas. Funcionan como sombras: cambian de forma según la luz.

Durante días apareció sin permiso. En el colectivo, en la ducha, en medio de una conversación trivial. No siempre era él. A veces era yo, en versiones antiguas: más ingenua, más paciente, más dispuesta a esperar.

Eso era lo que más me incomodaba.

No extrañaba a la persona.

Extrañaba a la mujer que fui con él.

Una noche soñé con una escena que nunca ocurrió. Estábamos sentados frente a frente, en silencio. No había reproches. No había besos. Solo una calma rara. Al despertar, me sentí confundida. No por el sueño, sino por lo real que se había sentido.

—¿Por qué ahora? —me pregunté en voz alta.

La respuesta no llegó enseguida.

Decidí enfrentar el recuerdo en lugar de seguir esquivándolo. Caminé hasta un lugar que había evitado durante meses. No porque doliera demasiado, sino porque sabía que ahí estaba la clave.

Era una plaza pequeña. Nada especial. Bancos gastados, árboles viejos, un juego infantil siempre vacío. Ahí habíamos hablado por última vez sin máscaras. Sin defensas. Sin futuro.

Me senté en el mismo banco.

Esperé algo. No sabía qué.

Lo que llegó no fue nostalgia, sino claridad.

Recordé esa conversación con una precisión casi cruel. Yo hablándole de mis miedos. Él escuchando, atento, presente… y aun así incapaz de quedarse. No por falta de amor. Por falta de decisión.

Y entonces entendí por qué ese recuerdo me perseguía.

No era él.

Era la pregunta que había quedado flotando desde entonces:

¿y si hubiera sido distinto?

Esa pregunta es traicionera. No busca respuestas. Busca mantenerte atada a una versión que nunca existió.

—No fue distinto —me dije en voz baja—. Fue exactamente como tenía que ser.

Sentí algo parecido a un alivio. No felicidad. Alivio.

El recuerdo seguía ahí, pero ya no tenía fuerza. Había perdido su poder porque ya no lo usaba para dudar de mí.

Esa noche, al llegar a casa, revisé fotos viejas. No con tristeza. Con distancia. Vi gestos que antes me parecían románticos y ahora reconocía como señales. Vi silencios que había llenado sola. Vi promesas que nunca fueron dichas, pero sí imaginadas.

Cerré la carpeta.

El recuerdo no se fue.

Pero dejó de perseguirme.

Aprendí algo que nadie te explica:

los recuerdos insisten cuando todavía les pedís algo.

Cuando dejás de hacerlo, se vuelven solo eso: recuerdos.

Me acosté con la ventana abierta. El ruido de la ciudad entraba suave. Pensé en todo lo que había sobrevivido. En lo que había aprendido. En la mujer que era ahora.

Y por primera vez, ese recuerdo pasó como pasan las cosas que ya no duelen:

sin quedarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.