Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 20 Sus ojos me mintieron

No fue lo que dijo.

Fueron sus ojos.

Durante mucho tiempo creí que los ojos no sabían mentir. Que eran el último refugio de la verdad cuando las palabras se acomodaban para no herir. Me equivoqué. Los ojos también aprenden a fingir. No por maldad, sino por costumbre.

Lo entendí el día que lo volví a ver.

No lo estaba esperando. No había señales, ni presentimientos, ni esa intuición femenina que tantas veces se atribuye a la nostalgia. Simplemente ocurrió. Una coincidencia urbana, de esas que parecen casuales pero llegan cuando ya no sos la misma.

Estaba entrando a una librería. Él salía.

Nos miramos al mismo tiempo.

—Hola —dijo.

—Hola.

Nada más. Nada menos.

Durante un segundo eterno, creí reconocer algo en su mirada. Algo conocido. Algo que antes me hubiera hecho dudar. Pero ya no.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien —respondí—. De verdad.

No exageré. No lo dije para convencerlo. Lo dije porque era cierto.

—Me alegra —dijo—. Siempre quise que estuvieras bien.

Ahí fue cuando sus ojos me mintieron.

Porque decían una cosa… y su historia había dicho otra.

Nos sentamos en un café cercano. No por necesidad. Por curiosidad. Por esa necesidad humana de cerrar círculos aunque ya estén cerrados.

—Estás distinta —observó.

—Estoy más clara —respondí.

Sonrió. Esa sonrisa que tantas veces había interpretado como seguridad y ahora veía como defensa.

—Nunca quise hacerte daño —dijo.

Lo escuché con atención. Sin rabia. Sin expectativa.

—Lo sé —respondí—. Pero tampoco quisiste hacerte cargo.

Bajó la mirada. La volvió a subir. Y ahí estaba de nuevo esa expresión que antes me confundía: intensidad sin compromiso. Cercanía sin decisión.

—Yo sentía cosas —dijo—. De verdad.

—Yo también —respondí—. La diferencia es que yo me quedé esperando que eso alcanzara.

Se hizo un silencio incómodo. No hostil. Revelador.

—Pensé que podíamos con el tiempo —agregó—. Que ibas a entender.

Ahí estuvo la mentira final. No dicha. Mirada.

Sus ojos pedían comprensión.

Pero ya no pedían verdad.

—Entendí muchas cosas —le dije—. Demasiadas.

—¿Como cuáles?

—Que el cariño sin responsabilidad también lastima —respondí—. Y que mirar con ternura no es lo mismo que mirar con honestidad.

No discutió. No negó. No pudo.

—Nunca te prometí nada —dijo, casi como defensa.

—No —admití—. Pero me dejaste creer.

Eso fue todo.

No hubo escenas dramáticas. No hubo reproches largos. Solo una sensación clara, definitiva: ya no estábamos hablando desde el mismo lugar.

—Me alegra verte bien —repitió al despedirse.

Lo miré por última vez. A los ojos. Sin miedo. Sin esperanza.

—A mí también —respondí—. Y gracias.

—¿Por qué? —preguntó, confundido.

—Porque ahora sé lo que no quiero volver a confundir con amor.

Nos levantamos. Caminamos en direcciones opuestas. No miré atrás.

Sus ojos no eran crueles.

Eran incompletos.

Y yo ya no estaba dispuesta a llenar vacíos ajenos con mi paciencia.

Mientras caminaba, sentí algo parecido a la alegría. No euforia. No alivio total. Algo más profundo: coherencia. Todo lo que había dolido empezaba a tener sentido.

Entendí, al fin, que no me había quedado por debilidad.

Me había quedado por creer.

Y ahora, al irme, no estaba huyendo.

Estaba eligiendo.

Los ojos pueden mentir.

El cuerpo no.

La intuición tampoco.

Y esta vez, me fui a tiempo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.