Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 21 La noche que cambió nuestras vidas

La ciudad tenía otro ritmo esa noche.

No más rápido.

Más honesto.

Las luces parecían menos indulgentes, el aire más frío, como si todo estuviera dispuesto para no suavizar nada. Caminé sin prisa, con las manos en los bolsillos y la cabeza despejada por primera vez en mucho tiempo. No esperaba nada. Y eso, descubrí, también era una forma de libertad.

Había aceptado salir casi por inercia. Un mensaje breve, una invitación simple. Nada que prometiera cambiar el rumbo de una vida. Y, sin embargo, algo me empujó a decir que sí. Tal vez el cansancio de decir que no. Tal vez la intuición, esa que vuelve cuando dejás de ignorarla.

El lugar era pequeño. Música suave. Conversaciones superpuestas. Un clima amable, sin pretensiones. Me senté en una mesa lateral, observando. Siempre fui buena observadora cuando no sabía exactamente qué hacer conmigo misma.

—Llegaste —dijo una voz a mi lado.

Lo miré. Sonreí.

—Eso parece.

No había tensión. No había expectativas exageradas. Solo una complicidad nueva, liviana, que no pedía nada a cambio. Me gustó esa sensación. Me recordó quién era antes de empezar a justificar ausencias.

—¿Querés algo para tomar? —preguntó.

—Algo simple —respondí—. Como esta noche.

Rió. Una risa franca, sin doble intención. Me relajé.

Hablamos de cosas pequeñas al principio. Anécdotas torpes. Opiniones inofensivas. Me descubrí riendo sin calcular el efecto, sin pensar si era demasiado, sin medir silencios. Era cómodo. Demasiado.

—¿Siempre sos así de tranquila? —preguntó en un momento.

—No —respondí—. Estoy aprendiendo.

Asintió, como si entendiera más de lo que decía.

La noche avanzó sin urgencia. Afuera, la ciudad seguía su curso, indiferente. Adentro, algo empezaba a moverse, despacio, con cuidado. No era enamoramiento. Era reconocimiento.

—¿Te quedás un rato más? —preguntó cuando ya era tarde.

Lo pensé. Antes hubiera buscado una excusa. Esta vez, no.

—Sí —dije—. Me quedo.

Salimos a caminar. Las calles estaban casi vacías. El ruido de nuestros pasos se mezclaba con el murmullo lejano del tránsito. Me sentí presente. No expectante. Presente.

—Hay cosas que no vuelvo a hacer —dije de pronto, sin mirarlo.

—¿Como cuáles?

—Quedarme donde tengo que achicarme —respondí—. Esperar señales que no llegan. Confundir cariño con promesas.

No se detuvo. No interrumpió.

—Está bien —dijo—. Yo tampoco quiero que nadie se quede a medias.

Eso fue todo. No necesitaba más.

Nos sentamos en un banco. La noche era fresca. Me abracé los brazos. Él me ofreció su abrigo. Dudé un segundo… y lo acepté. No porque lo necesitara. Porque quería.

Ahí entendí algo esencial:

recibir también es una forma de valentía.

—¿Sabés qué es lo que más me asusta? —confesé—. Que todo esto sea real… y que aún así pueda doler.

Me miró con una honestidad que no buscaba convencerme.

—Puede doler —dijo—. Lo real casi siempre duele un poco. Pero no debería desarmarte.

Sentí un nudo en la garganta. No por miedo. Por alivio.

Nos miramos. Sin prisa. Sin urgencia. No hubo beso inmediato. No hubo escena perfecta. Hubo un silencio lleno, compartido. De esos que no incomodan.

Cuando finalmente me acerqué, fue distinto a todo lo anterior. No había ansiedad. No había promesas invisibles. Solo una decisión tranquila.

Ese beso no cambió mi vida por ser intenso.

La cambió porque fue consciente.

Más tarde, caminando de regreso, entendí por qué esa noche no se parecía a ninguna otra. No porque alguien nuevo hubiera entrado en escena, sino porque yo había salido de una versión vieja de mí misma.

No era el inicio de una historia épica.

Era algo mejor:

un comienzo sin autoengaño.

Esa noche no cambió solo mi vida.

Cambió la forma en que estaba dispuesta a vivirla.

Y por primera vez, no prometí quedarme.

Elegí quedarme… conmigo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.