Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 22 Me enamoré de lo prohibido

No fue un error.

Fue una elección que sabía peligrosa desde el primer segundo.

Lo entendí tarde, como siempre. Cuando el cuerpo ya había decidido antes que la razón, cuando la risa se me escapaba sin permiso y la culpa llegaba después, puntual, ordenada, como quien no quiere faltar a una cita importante.

Había reglas.

Las había puesto yo.

Nada de repetir patrones.

Nada de confundir intensidad con amor.

Nada de quedarme donde no debía.

Y, sin embargo, ahí estaba. Cruzando una línea que yo misma había trazado con letra firme.

No era el hecho en sí lo que lo volvía prohibido. No había terceros evidentes, ni promesas rotas, ni escenas dignas de juicio ajeno. Lo prohibido era más sutil: me estaba permitiendo sentir cuando aún no estaba lista para las consecuencias.

—Esto no es buena idea —dije en voz alta una tarde, como si al nombrarlo pudiera desactivarlo.

—Las buenas ideas rara vez aceleran el pulso —respondió él, sin mirarme, con una sonrisa que no buscaba convencerme.

Ahí estuvo la primera alarma.

Y también, la primera rendición.

Empezó de forma casi inocente. Encuentros breves. Conversaciones que parecían inofensivas. Miradas que duraban un segundo más de lo prudente. Yo lo sabía. Él también. Pero nadie decía nada. Porque decirlo lo volvía real. Y lo real obliga a decidir.

—No quiero lastimarte —le advertí una noche.

—No quiero que me cuides —respondió—. Quiero que seas honesta.

La honestidad también puede ser peligrosa.

Me descubrí esperando sus mensajes. No con ansiedad, sino con una expectativa suave, constante. Me sorprendí pensando en él durante momentos que no le pertenecían. En medio de una reunión, caminando por la calle, antes de dormir.

No era amor todavía.

Era algo más inquietante: una conexión que no pedía permiso.

Lo prohibido no siempre grita. A veces susurra.

Y yo escuchaba.

—Esto va a terminar mal —me dijo Clara cuando se lo conté, con esa mezcla de preocupación y cansancio que solo las amigas verdaderas saben mostrar.

—Tal vez —respondí—. Pero no todo lo que termina mal fue un error.

No insistió. Me conocía lo suficiente para saber cuándo ya había decidido.

La primera vez que nos besamos no fue impulsiva. Fue lenta. Cargada de conciencia. De esas que pesan más porque nadie puede fingir sorpresa después.

—Podemos frenar —dijo, con los labios todavía cerca—. Ahora.

Lo miré. Sentí ese vértigo familiar. El de estar a punto de hacer algo que no iba a poder deshacer.

—No quiero —respondí.

Y ahí cruzamos.

Lo prohibido no era él.

Era lo que despertaba en mí.

Una versión mía que se animaba a sentir sin garantías. Que aceptaba el riesgo sin dramatizarlo. Que entendía que el control absoluto también es una forma de miedo.

Las risas se volvieron más íntimas. Las conversaciones, más profundas. Empezamos a decirnos cosas que no se dicen cuando se juega a no involucrarse. Yo bajé la guardia sin darme cuenta. Él también.

—¿Y si esto se nos va de las manos? —pregunté una madrugada.

—Entonces veremos qué hacemos con las manos —respondió, medio en broma, medio en serio.

Esa mezcla me desarmaba.

Sabía que no era el momento perfecto. Sabía que aún había restos de historias anteriores flotando en mí. Sabía que, en algún punto, estaba desafiando mi propio proceso.

Y aun así…

Me enamoré.

No de una promesa.

No de un futuro imaginado.

Me enamoré de la sensación de estar viva sin necesidad de explicarme.

Lo prohibido tiene mala fama. Pero nadie dice que también puede ser revelador. Que a veces lo prohibido no es lo incorrecto, sino lo que llega antes de que una se sienta lista.

El problema no era amar.

Era qué iba a hacer con ese amor.

Una noche, mientras caminábamos en silencio, me detuve.

—Esto no encaja con la vida que estoy tratando de construir —dije.

Me miró sin dramatismo.

—Tal vez encaje con la persona que estás empezando a ser.

Esa frase me acompañó días enteros.

Me di cuenta de que lo prohibido no siempre viene a destruir. A veces viene a preguntar. A incomodar. A obligarte a revisar certezas que parecían inamovibles.

No sabía cómo iba a terminar.

No sabía si iba a doler.

Pero por primera vez, no me quedé por miedo a perder.

Me quedé por honestidad con lo que sentía.

Y eso, aunque peligroso, también era una forma de amor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.