Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 23 Sus secretos salieron a la luz

La risa me salió fácil esa noche.

Demasiado fácil.

Estábamos sentados frente a frente, compartiendo una cena improvisada, hablando de cosas triviales como si el mundo no tuviera doble fondo. Yo me permití ese instante de descuido. Ese momento en que una baja la guardia porque se siente cómoda, segura, casi feliz.

Ahí es cuando suelen llegar las verdades.

—¿Puedo preguntarte algo? —dije, entre broma y curiosidad—. Y no me mientas.

Sonrió, confiado.

—Depende.

—Eso ya es una respuesta peligrosa.

Rió. Pero no me miró a los ojos.

No fue una alarma inmediata. Fue una vibración leve, casi imperceptible, como cuando algo se desacomoda dentro sin hacer ruido. Yo ya había aprendido a escuchar esas señales… pero también había aprendido a ignorarlas cuando no me convenían.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada —respondió rápido—. En serio.

Nada.

Otra palabra que suele preceder a todo.

El secreto no salió a la luz de forma dramática. No hubo terceros irrumpiendo ni confesiones a gritos. Salió como salen las cosas verdaderas: torpe, incompleto, inevitable.

—Hay algo que no te conté —dijo finalmente—. No porque no quisiera… sino porque no supe cómo.

Apoyé los cubiertos. Lo miré con atención. Ya no estaba jugando.

—Decilo —pedí—. Prefiero incomodarme ahora que sentirme tonta después.

Respiró hondo. Ese gesto lo delató más que cualquier palabra.

—No estoy tan libre como creés.

Sentí un frío lento recorrerme el cuerpo.

—Explícate.

—Hay una historia que no cerré del todo —dijo—. No está presente… pero tampoco está enterrada.

La frase me sonó conocida. Demasiado.

—¿Hay alguien más? —pregunté, directa.

—No ahora —respondió—. Pero hay consecuencias. Decisiones que todavía no tomé.

Ahí entendí.

Los secretos no siempre son hechos ocultos.

A veces son procesos inconclusos.

—¿Desde cuándo lo sabés? —pregunté.

—Desde antes de conocerte.

—¿Y aun así…? —no terminé la frase.

—Aun así quise intentarlo —dijo—. Porque con vos se sentía distinto.

Eso no me tranquilizó. Me enfureció.

—¿Te das cuenta de lo que hiciste? —pregunté—. Me ofreciste una verdad a medias.

—No quise lastimarte.

—Pero lo hiciste —respondí—. Porque elegiste no decirme algo que sabías que iba a importar.

Se quedó en silencio. Y ese silencio confirmó todo lo que no quería escuchar.

Las imágenes empezaron a encajar. Las dudas que había esquivado. Las preguntas que no hice por miedo a las respuestas. Me sentí lúcida… y profundamente cansada.

—Esto es exactamente lo que prometí no volver a vivir —dije—. Quedarme donde la verdad llega tarde.

—No soy como los otros —respondió, con urgencia.

—No —admití—. Pero te pareces más de lo que pensás.

Eso lo golpeó.

—¿Qué querés hacer? —preguntó.

La pregunta era legítima. Y cruel.

—Quiero saber todo —respondí—. Sin adornos. Sin pausas estratégicas. Sin protegerme de una verdad que igual me va a doler.

Y habló.

Me contó lo que había omitido. No por maldad. Por cobardía. Me habló de responsabilidades pendientes, de decisiones postergadas, de una vida que aún no terminaba de ordenar. No había traición explícita. Había algo peor: ambigüedad sostenida.

Cuando terminó, yo ya no estaba enojada. Estaba decepcionada.

—¿Entendés ahora por qué esto era prohibido? —pregunté—. No por lo que sentimos, sino por lo que no estabas dispuesto a soltar.

—Te quiero —dijo.

Lo miré con tristeza.

—Eso no alcanza —respondí—. No cuando llega sin claridad.

Me levanté despacio. No temblaba. No lloraba. Eso me sorprendió.

—No voy a quedarme mientras resolves tu vida —agregué—. Ya no soy ese lugar de espera.

—No quiero perderte —dijo.

—Entonces no debiste traerme a una historia que todavía no estaba vacía.

Salí sin mirar atrás. Esta vez no por orgullo, sino por coherencia.

Esa noche caminé mucho. Pensé en lo fácil que es enamorarse de lo que parece nuevo… cuando en realidad es algo viejo mal resuelto. Pensé en mí. En cuánto había crecido. En cómo, aun doliendo, no me estaba traicionando.

Los secretos salieron a la luz.

Y con ellos, una verdad incuestionable:

amar sin verdad no es amor; es ilusión con fecha de vencimiento.

Y yo, por primera vez, elegí no quedarme a comprobarlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.