Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 25 Me quedé con su sombra

Durante días, la casa siguió oliendo a él.

No era un perfume concreto ni una prenda olvidada. Era algo más sutil, más cruel: una presencia invisible que se filtraba en los rincones, en los gestos automáticos, en los silencios largos. Me sorprendía girándome para contarle algo trivial, como si aún estuviera ahí, como si la decisión no se hubiera llevado también esa costumbre.

Aprendí que la ausencia no llega de golpe. Se instala de a poco, como una humedad persistente.

Al principio fue el teléfono. Ese impulso absurdo de revisarlo, aunque supiera que no habría mensajes. Después fueron los lugares: la panadería donde siempre discutíamos qué mediallas elegir, la esquina donde me tomaba la mano sin darse cuenta, el banco de la plaza donde una vez me prometió algo que nunca terminó de cumplir.

Y finalmente, llegaron las noches.

Dormir sola no era lo más difícil. Lo difícil era dormir sin expectativas. Sin la esperanza mínima de que el día siguiente trajera una explicación tardía, una decisión valiente, una versión distinta de la historia.

Me quedé con su sombra.

No con él.

Con lo que fue, con lo que pudo ser, con lo que mi corazón había imaginado mejor de lo que la realidad podía sostener.

Intenté distraerme. Volví a reírme en momentos inesperados. Ahí apareció la comedia involuntaria de la vida: olvidar su nombre por un segundo y sentir culpa por haberlo hecho; derramar café y pensar que antes él se habría reído de mi torpeza; sorprenderme hablando sola, ensayando respuestas que ya no necesitaba.

Había algo ridículo y profundamente humano en ese duelo.

Una tarde, mientras ordenaba un cajón que había evitado durante semanas, encontré una nota suya. No una carta. No una despedida. Una lista absurda de cosas pendientes que había escrito en un papel cualquiera: comprar focos, llamar al mecánico, “hablar con ella”.

Conmigo.

La ironía me arrancó una risa breve, casi una carcajada rota. Siempre posponía lo importante. Incluso cuando se trataba de nosotros.

Me senté en el piso, con la nota en la mano, y lloré. No de dolor agudo. Lloré de cansancio emocional. De haber sostenido demasiado tiempo una historia que necesitaba decisiones que nunca llegaron.

Y aun así… lo extrañaba.

Extrañaba su forma de decir mi nombre. Su silencio cuando estaba preocupado. Sus manos, que sabían abrazar pero no comprometerse del todo.

Ese era el verdadero conflicto: no había sido un villano. Había sido humano. Y eso lo hacía más difícil de soltar.

Una amiga me dijo:

—Lo que duele no es que se haya ido. Duele que te quedaste sin la versión de vos que eras con él.

Tenía razón.

Con él yo era más paciente, más esperanzada, más dispuesta a justificar. Sin él, me encontraba frente a un espejo nuevo, uno que me pedía redefinirme sin promesas ajenas.

Los días comenzaron a ordenarse de otra forma. Empecé a disfrutar pequeñas cosas sin culpa. Una película sin analizar cada escena. Una salida espontánea. Un silencio que ya no pedía explicaciones.

Pero su sombra seguía ahí. No como amenaza. Como recuerdo.

Una noche soñé con él. No era un reencuentro feliz. Era una conversación tranquila, adulta, honesta. Nos despedíamos sin reproches. Al despertar, sentí una paz extraña, como si algo dentro mío hubiera aceptado lo inevitable.

Entendí entonces que sanar no es olvidar. Es recordar sin que duela.

Me quedé con su sombra, sí. Pero ya no me tapaba la luz.

Aprendí a caminar con esa sombra detrás, no delante. A reconocerla sin dejar que decida por mí. A agradecer lo que fue sin desear que vuelva.

Porque hay amores que no regresan…

y aun así nos enseñan a quedarnos con nosotras mismas.

Y esa noche, por primera vez desde que se fue, me dormí sin imaginar un “qué hubiera pasado si…”.

Solo pensé: esto también es avanzar.




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