El teléfono vibró cuando menos lo esperaba.
No estaba sola, no estaba triste, no estaba pensando en él. Estaba riéndome por algo absurdo, con la guardia baja, convencida —por primera vez en semanas— de que el mundo podía seguir girando sin sobresaltos.
Y entonces, ese nombre.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. El aire se me quedó a mitad de camino entre los pulmones y la garganta. El corazón dio un salto torpe, como si hubiera olvidado el ritmo correcto.
No abrí el mensaje de inmediato.
Lo dejé ahí, brillando en la pantalla, como una advertencia silenciosa. Sentí una mezcla incómoda de curiosidad y temor. Porque hay mensajes que no llegan para aclarar nada: llegan para desordenar lo que costó construir.
Respiré hondo. Una vez. Dos.
Solo es un mensaje, me dije.
Mentira. Nunca era solo eso.
Cuando por fin lo abrí, fue peor de lo que imaginaba.
“No dejo de pensar en vos. Sé que quizás no debería escribirte… pero necesitaba hacerlo.”
No había pedido perdón.
No había promesa.
No había explicación.
Solo esa frase peligrosa que abre puertas que una cree haber cerrado.
Me senté. Literalmente. Las piernas me fallaron como si el cuerpo necesitara recordar que seguía siendo vulnerable. La risa de segundos antes se volvió un eco lejano, casi ajeno.
¿Por qué ahora?
Esa fue la pregunta que más dolió.
Había días en que su ausencia parecía digerible, manejable. Y había otros —como ese— en que bastaban quince palabras para desarmarme entera.
No respondí.
No de inmediato.
Dejé que el silencio hiciera su trabajo, aunque por dentro todo gritara. Pensé en el camino recorrido, en las noches de duda, en la decisión que me había roto para salvarme.
¿Era justo volver a abrir esa herida?
El teléfono vibró otra vez.
“Estoy bien… pero incompleto.”
Esa palabra me atravesó.
Incompleto.
Era injusto. No porque fuera falsa, sino porque colocaba sobre mí un peso que ya no estaba dispuesta a cargar. Yo no podía ser el complemento de una vida que nunca me eligió del todo.
Y aun así… mis dedos temblaban.
Ahí estaba el conflicto real: no había dejado de amarlo. Había aprendido a no abandonarme por él. Y esa diferencia era frágil, peligrosa, nueva.
Le escribí. No desde el impulso. Desde el límite.
“Espero que estés bien. Yo estoy tratando de estarlo.”
El “visto” apareció rápido. Demasiado.
“¿Podemos vernos? Solo hablar. Te debo tantas cosas.”
Cerré los ojos.
Cuántas veces había esperado esas palabras. Cuántas veces las había imaginado dichas con urgencia, con valentía, con un final distinto.
Ahora llegaban tarde. Y eso no las hacía menos tentadoras.
Pensé en decir que no.
Pensé en decir que sí.
Pensé en lo que significaba cada opción.
El problema no era verlo.
El problema era lo que yo aún sentía cuando lo pensaba.
Me levanté y caminé por la casa, como si el movimiento pudiera ordenar lo que la mente no lograba. Me detuve frente al espejo. La mujer que me devolvía la mirada no era la misma de antes. Había cansancio, sí. Pero también una firmeza nueva.
Respondí.
“Podemos hablar. Pero no prometo nada.”
Tardó unos segundos en contestar.
“Eso es más de lo que merezco.”
Esa frase, dicha en otro momento, me habría derretido. Ahora solo me dejó una sensación ambigua, entre la compasión y la alarma.
Colgué el teléfono después de acordar el día. Me apoyé contra la pared y dejé que el aire volviera a entrar con normalidad.
No estaba retrocediendo. Me repetí eso como un mantra. Estaba enfrentando lo pendiente.
Pero en el fondo sabía la verdad incómoda:
Algunos mensajes no llegan para cerrar capítulos.
Llegan para comprobar si una aprendió la lección…
o si todavía es capaz de volver a romperse por lo mismo.
Y mientras la noche avanzaba, con su calma engañosa, entendí que lo más difícil no era verlo de nuevo.
Lo más difícil iba a ser mirarme a mí misma mientras lo hacía.