Llegué diez minutos antes.
No por ansiedad, sino por necesidad de control. Siempre había sido así: cuando algo me importaba demasiado, prefería llegar temprano, observar el lugar, prepararme para lo que fuera a pasar. Como si anticipar el escenario pudiera amortiguar el impacto.
El café estaba medio vacío. Una música suave, mesas separadas, una luz que no prometía nada. Elegí una mesa al fondo, de espaldas a la pared. No quería sobresaltos. No quería que su presencia me tomara desprevenida.
Me senté y pedí un té. Algo neutro. Algo que no me alterara.
Mis manos, sin embargo, no parecían haber recibido la orden.
Pensé en todo lo que no había dicho cuando tuve la oportunidad. En todas las frases que se me quedaron atrapadas en la garganta por miedo a perderlo, por miedo a parecer exagerada, por miedo a exigir demasiado.
Lo que callamos no desaparece.
Se acumula.
Y un día explota… o nos rompe en silencio.
Cuando entró, lo supe antes de verlo. Hay presencias que se sienten. Mi cuerpo lo reconoció incluso antes de que mi mente reaccionara.
Se detuvo al verme. Dudó un segundo. Y luego sonrió, esa sonrisa que siempre usaba cuando estaba nervioso y no quería admitirlo.
—Hola —dijo.
—Hola.
Nada más. Dos palabras pequeñas cargadas de historia.
Se sentó frente a mí. Por un instante, ninguno habló. Fue incómodo. Y honesto. Ya no estábamos fingiendo normalidad.
—Gracias por venir —rompió el silencio.
—Gracias por escribir —respondí—. Aunque todavía no sé si fue buena idea.
Sonrió de costado.
—Yo tampoco.
Esa frase, en otro contexto, habría sido graciosa. Ahí solo confirmó que ambos estábamos caminando sobre terreno inestable.
Hablamos de cosas triviales al principio. El trabajo. El clima. Anécdotas mínimas que funcionaban como excusas para no entrar en lo importante. Era casi ridículo, dos adultos esquivando lo obvio como adolescentes.
Hasta que me cansé.
—¿Para qué querías verme? —pregunté, sin dureza, pero sin rodeos.
Me miró largo rato antes de responder. Como si estuviera midiendo las palabras, el riesgo, la posibilidad de perderme otra vez.
—Porque no supe decirte cosas cuando debía —admitió—. Y porque lo que no dije… me persigue.
Asentí despacio.
—A mí también —dije—. Pero no estoy segura de que decirlas ahora cambie algo.
—Quizás no —aceptó—. Pero callarlas nos destruyó.
Esa frase me golpeó más de lo que esperaba.
—No fue solo el silencio —respondí—. Fue lo que ese silencio significaba. Yo necesitaba certezas. Vos me dabas tiempo.
Bajó la mirada.
—Tenía miedo —dijo—. A equivocarme. A no estar a la altura. A perder mi libertad.
—Y yo tenía miedo de no ser suficiente para que eligieras quedarte —repliqué—. ¿Ves el problema?
Se rió, pero fue una risa triste.
—Nunca lo dijimos así.
—No —dije—. Porque hablar de verdad implica asumir consecuencias.
El silencio volvió. Pero esta vez no era incómodo. Era denso. Productivo.
—Te amé —dijo de pronto—. Más de lo que supe manejar.
—Yo también —respondí—. Más de lo que debía tolerar.
Nos miramos. Ya no había reclamos infantiles ni promesas vacías. Había dos personas adultas reconociendo errores sin intentar justificarlos.
—Pensé que si no hablaba, nada se rompería —confesó—. No entendí que el silencio también rompe.
—Y yo pensé que si esperaba lo suficiente, ibas a elegir —agregué—. No entendí que a veces la no elección ya es una respuesta.
Se pasó la mano por el pelo. Estaba incómodo. Vulnerable. Real.
—¿Todavía sentís algo? —preguntó, casi en un susurro.
No respondí de inmediato. Porque esa pregunta merecía honestidad completa.
—Sí —dije—. Pero sentir no es lo mismo que volver.
Asintió. Y por primera vez, no intentó discutirlo.
—Solo quería que lo supieras —dijo—. Que no fue indiferencia. Fue cobardía.
—Lo sé —respondí—. Y eso no te convierte en malo. Pero tampoco me obliga a quedarme.
Ahí apareció algo nuevo en su mirada. No tristeza. Respeto.
—Creciste —dijo.
Sonreí apenas.
—A la fuerza.
Pagamos la cuenta sin apuro. Nos levantamos. El final no fue dramático. Fue maduro. Tal vez eso dolía más.
—Gracias por escuchar —dijo antes de irse.
—Gracias por decir —respondí—. Aunque haya llegado tarde.
Lo vi alejarse sin seguirlo con la mirada. No porque no me importara. Sino porque ya no necesitaba comprobar que se iba.
Salí del café con una sensación extraña: alivio mezclado con duelo. Como cerrar una puerta sabiendo que fue importante… pero que ya no es hogar.
Entendí algo esencial mientras caminaba:
No todo lo que se dice repara.
Pero decirlo libera.
Y a veces, lo más sano no es volver…
sino no callarse nunca más.