Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 30 La promesa que nunca cumplió

La encontré doblada dentro de un libro.

No era una carta. No tenía fecha ni firma. Era apenas una frase escrita a mano, en una hoja arrancada con apuro, como si hubiera sido pensada para tranquilizar, no para sostenerse en el tiempo.

“Voy a estar. De verdad.”

La promesa más simple.

La más peligrosa.

Me senté en el borde de la cama con el papel entre los dedos, como si quemara. No lloré enseguida. Primero vino esa risa breve, absurda, que aparece cuando la ironía duele más que la tristeza. La comedia romántica de nuestra historia también había tenido estos momentos: promesas lanzadas con convicción y olvidadas con la misma facilidad.

Recordé el día en que me la dio. Estábamos apurados, riéndonos por algo mínimo. Yo dudaba. Él me miró con esa seguridad que siempre usaba para tapar el miedo y dijo que iba a estar. De verdad. Como si agregar esas dos palabras alcanzara para convertir una intención en un compromiso.

Yo quise creerle.

Yo elegí creerle.

Eso también fue una decisión.

La promesa no se rompió de golpe. Se fue deshilachando. Primero fueron las ausencias justificadas, luego las conversaciones postergadas, después las explicaciones que llegaban cuando el daño ya estaba hecho. Nunca dijo que no estaría. Simplemente… no estuvo.

Y yo me quedé.

Me quedé esperando que el tiempo hiciera el trabajo que él no hacía. Me quedé justificando. Me quedé interpretando silencios. Me quedé porque amar, para mí, siempre había sido resistir.

Hasta que entendí que resistir no es amar.

Es sobrevivir.

Guardé el papel en el cajón. No como reliquia. Como recordatorio. No de lo que él prometió, sino de lo que yo acepté.

Salí a caminar. El cuerpo necesitaba aire, movimiento, ruido de calle para no quedarse atrapado en la nostalgia. En una esquina, vi a una pareja discutir por algo trivial. Ella gesticulaba, él escuchaba. Se reían. Pensé en lo poco que cuesta cumplir ciertas promesas cuando hay voluntad real.

La promesa que nunca cumplió no fue la de quedarse.

Fue la de hacerse cargo.

Y eso, por más amor que exista, no se negocia.

Esa noche me encontré con amigas. Hubo risas, anécdotas exageradas, chistes malos. En algún punto, una de ellas dijo algo que me atravesó sin aviso:

—A veces no duele que no cumplan lo que prometen. Duele que prometan sabiendo que no pueden cumplirlo.

Asentí. Brindamos. El momento pasó. Pero la frase se quedó conmigo.

Volví a casa tarde. Me desmaquillé sin apuro. Me miré al espejo. La mujer que me devolvía la mirada ya no estaba esperando nada. Y eso, lejos de vaciarme, me llenó de una calma inesperada.

Pensé en todas las promesas que me había hecho a mí misma y que había postergado por sostener una historia ajena. Pensé en lo que quería ahora. No en grande. En concreto.

Quería paz.

Quería coherencia.

Quería elegir sin miedo.

La promesa que nunca cumplió dejó un hueco, sí. Pero también abrió espacio para algo nuevo: mi propia palabra.

Antes de dormir, hice una lista mental. No de reproches. De aprendizajes. Y, por primera vez, la historia no me pesó. Me enseñó.

Porque hay promesas que no se cumplen…

y aun así nos empujan a cumplir las nuestras.

Apagué la luz con una certeza suave, definitiva:

No me quedé porque él prometió estar. Me fui porque yo prometí no volver a olvidarme de mí.




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