Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 31 Aprendí a caminar sin pedir permiso

Me equivoqué de colectivo.

No fue una metáfora ni un descuido poético: fue un error real, torpe, casi gracioso. Subí convencida de que iba hacia el centro y, a los diez minutos, me encontré mirando un paisaje que no reconocía. Bajé en la primera parada posible, con una risa escapándoseme sin pedir autorización.

—Bueno —murmuré—. Empezamos de nuevo.

Esa frase, dicha así, liviana, me sorprendió. Durante mucho tiempo, “empezar de nuevo” había sido una idea pesada, casi trágica. Ahora sonaba… posible.

Caminé un par de cuadras sin rumbo, disfrutando de esa libertad mínima que da no tener apuro. El aire estaba tibio, el día indeciso, como si tampoco supiera muy bien hacia dónde ir. Me sentí identificada.

Pensé en todo lo que había quedado atrás. No con nostalgia punzante, sino con esa distancia nueva que permite observar sin caer. El amor, el conflicto, el grito, la promesa rota. Todo seguía siendo parte de mí, pero ya no me gobernaba.

Eso también era aprendizaje.

Entré a un café pequeño, de esos que no prometen nada extraordinario. Pedí lo primero que vi en la carta. Me senté cerca de la ventana y observé a la gente pasar. Me descubrí sonriendo sin razón concreta. No era felicidad plena. Era algo más honesto: tranquilidad sin explicación.

Saqué el celular. Ningún mensaje suyo. Ningún sobresalto. Y por primera vez, eso no se sintió como pérdida.

Me sentí… suficiente.

La comedia romántica de la vida tiene estos giros inesperados: cuando deja de doler, aparece el humor. Recordé mis propios tropiezos recientes y me reí sola. La mujer que fui habría analizado cada silencio. La que soy ahora simplemente los acepta.

Mientras revolvía el café, pensé en todas las veces que pedí permiso para sentir, para exigir, para irme. Como si amar implicara reducirse. Como si quedarse fuera una prueba de valor.

Aprendí tarde, pero aprendí.

No se trata de irse sin mirar atrás.

Se trata de caminar sin pedir permiso para avanzar.

Una mujer se sentó en la mesa de al lado y habló por teléfono con entusiasmo desbordado. Reía, exageraba, vivía. Me encontré pensando que yo también quería eso: no una historia perfecta, sino una vida que no necesitara justificaciones.

Salí del café con una decisión silenciosa. No monumental. No dramática. Pequeña y firme: empezar a elegir lo que me hace bien sin convertirlo en una batalla.

No sabía qué venía después. Y, por primera vez, eso no me asustó.

Caminé varias cuadras más. Me perdí un poco. Volví a encontrarme. El mundo seguía ahí, disponible, indiferente y generoso al mismo tiempo.

Esa noche, al llegar a casa, no revisé recuerdos. No abrí cajones. No escribí listas. Me limité a preparar una cena simple y a disfrutarla.

Antes de dormir, me miré al espejo y pensé algo que no había pensado nunca con tanta claridad:

No necesito que nadie me elija para seguir caminando.

Y con esa certeza —suave, poderosa, definitiva— me acosté sabiendo que el verdadero cambio no siempre hace ruido.

A veces…

solo te encuentra avanzando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.