El golpe de viento me cerró la puerta en la cara.
No fue violento, pero sí lo suficientemente inesperado como para hacerme reír sola en la vereda. Volví a abrirla con cuidado, murmurando una disculpa absurda a nadie en particular, y entré al lugar con el cabello revuelto y la dignidad apenas intacta.
—El clima tiene carácter hoy —dijo una voz detrás del mostrador.
Levanté la vista. Sonreí por reflejo.
—O yo —respondí—. Nunca nos llevamos del todo bien.
La risa que siguió fue sencilla, sin intención, sin cálculo. Me sorprendí notándolo. Antes, cada intercambio mínimo con alguien nuevo me generaba comparaciones automáticas. Esta vez, no.
Pedí lo que venía a buscar y me quedé unos segundos más de lo necesario, apoyada en el mostrador, observando detalles insignificantes: una planta algo torcida, una pizarra con frases escritas a medias, una radio vieja sonando bajo. La cotidianeidad me resultó cómoda.
—¿Siempre hablás sola cuando entrás a un lugar o fue algo especial para hoy? —preguntó él, con media sonrisa.
—Solo cuando el día viene con efectos especiales —respondí—. Hoy claramente sí.
No había coqueteo forzado. No había expectativa. Solo una conversación ligera, casi casual, como las que antes pasaban desapercibidas porque yo estaba ocupada sosteniendo otra historia.
—Soy Tomás —dijo—. Por si volvés a pelearte con la puerta otro día.
—Lo tendré en cuenta —contesté—. Yo soy… —dudé un segundo— …yo.
Se rió. Y yo también.
Salí del lugar con una sensación curiosa: no entusiasmo, no promesa, no ilusión desbordada. Algo mejor. Normalidad sin peso.
Caminé un par de cuadras procesando esa ligereza. Pensé en lo distinto que se sentía conocer a alguien sin estar rota, sin necesitar ser reparada, sin buscar inconscientemente que complete nada.
No quería que ocupara el lugar de nadie.
Porque ese lugar ya no existía.
Más tarde, en casa, me encontré recordando la escena. No su rostro en detalle, no sus palabras exactas. La sensación. La ausencia de tensión. La posibilidad.
Y eso me asustó un poco.
Porque cuando el dolor es conocido, la calma nueva desconcierta.
Me senté en el sillón con una taza de té y dejé que la mente divagara. Pensé en él —en el de antes—, no con nostalgia, sino con una especie de gratitud distante. Sin esa historia, no habría llegado hasta acá. Sin esa ruptura, no sabría reconocer la diferencia entre intensidad y paz.
El teléfono vibró. Un mensaje de una amiga.
—¿Seguís viva o te perdiste caminando sin pedir permiso?
Sonreí.
—Viva —respondí—. Y aprendiendo.
Apoyé el celular boca abajo. No necesitaba más estímulos. La noche estaba tranquila. Yo también.
Entendí algo importante mientras miraba la luz de la calle colarse por la ventana: conocer a alguien nuevo no significa empezar una historia. A veces solo confirma que una ya no está donde estaba.
No sabía si volvería a verlo. No sabía si quería hacerlo. Y, por primera vez, esa incertidumbre no dolía.
Me acosté pensando en la puerta que se cerró con el viento, en la risa espontánea, en la forma en que el día había fluido sin sobresaltos. Pensé en mí, reaccionando distinto.
No más alerta.
No más espera.
No más promesas proyectadas.
Solo presente.
Y mientras el sueño me alcanzaba, acepté algo con una calma que antes me habría parecido imposible:
Cuando alguien nuevo aparece sin ocupar el lugar de nadie, es porque una ya se pertenece.