El nudo en el estómago apareció antes que el pensamiento.
No fue una emoción clara, ni una alarma reconocible. Fue una mezcla extraña entre ansiedad leve y una expectativa que no quería admitir. Me di cuenta de que algo me pasaba cuando empecé a elegir ropa como si estuviera rindiendo un examen invisible.
—Es un café —me dije frente al espejo—. No una declaración de principios.
Aun así, cambié de remera tres veces.
Había aceptado la invitación casi sin pensarlo. Un “cuando quieras” que se convirtió en un “mañana, si te parece”, y después en una hora concreta. Todo demasiado sencillo. Eso era lo inquietante.
Caminé hasta el lugar repitiéndome que no debía anticipar nada. Ni decepción, ni entusiasmo. Pero el cuerpo, siempre más honesto que la cabeza, avanzaba con una energía distinta.
Tomás ya estaba ahí. Levantó la mano al verme, como si nos conociéramos de antes. Ese gesto mínimo me desarmó un poco.
—Llegué antes porque no confío en mi sentido del tiempo —dijo—. Me llevo mal con los relojes.
—Yo con las decisiones impulsivas —respondí—. Así que estamos parejos.
Nos sentamos. El silencio inicial no fue incómodo, pero tampoco automático. Se acomodó solo cuando dejamos de intentar llenarlo.
Hablamos de cosas pequeñas: trabajos que no eran vocaciones, ciudades que no terminaban de sentirse hogar, manías absurdas. Me descubrí riendo sin revisar mentalmente cada palabra, sin medir el impacto.
Y entonces pasó.
Me miró de una forma distinta.
No fue intensa ni invasiva. Fue atenta. Presente. Como si realmente estuviera ahí y no en una versión previa de mí que no conocía.
Sentí calor en las mejillas. Bajé la vista. Volví a subirla.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí —mentí—. Solo me cuesta acostumbrarme a que alguien me mire sin suponer cosas.
No sabía por qué lo dije. Tal vez porque ya no quería ser enigmática ni correcta. Tal vez porque estaba cansada de actuar.
—¿Y qué suponés que estoy suponiendo? —preguntó, con una sonrisa leve.
—Nada —respondí—. Y eso es lo raro.
No insistió. Agradecí ese gesto más de lo que habría sabido explicar.
Mientras hablábamos, me sorprendí comparando menos. El pasado aparecía como una sombra lejana, no como una referencia obligatoria. No necesitaba explicar heridas ni justificar silencios.
Pero el miedo seguía ahí, agazapado.
Porque cuando alguien no lastima de entrada, una empieza a preguntarse qué pasará después.
El café se terminó demasiado rápido. Afuera, la tarde se estiraba con una luz amable. Caminamos unos metros juntos, sin plan.
—No quiero que esto suene a presión —dijo—, pero me gustaría volver a verte.
Sentí el impulso viejo de retroceder. El reflejo aprendido de protegerme. Lo dejé pasar.
—A mí también —respondí—. Aunque no prometo saber qué hacer con eso.
—Yo tampoco —sonrió—. Podemos improvisar mal.
Reí. De verdad.
Nos despedimos sin dramatismo. Sin beso robado. Sin promesas. Solo un acuerdo implícito: volver a intentar estar presentes.
Camino a casa, el nudo en el estómago regresó, distinto. No era miedo puro. Era posibilidad.
Me senté en la cama y dejé caer la cartera al piso. Pensé en lo vulnerable que se sentía gustar sin estrategia. En lo incómodo que era no esconder las dudas.
Y entendí algo que me estremeció:
Antes me enamoraba desde la necesidad.
Ahora, lo que me inquietaba era el deseo de elegir.
No supe qué hacer con lo que sentí.
Pero por primera vez, no quise apagarlo.