Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 34 Cuando el pasado se coló sin pedir permiso

El perfume fue lo primero.

No lo vi, no lo escuché, no sentí su presencia de inmediato. Fue ese aroma inconfundible —mezcla de jabón neutro y algo amaderado— el que me detuvo en seco en medio del supermercado, con una lista en la mano y la cabeza en otra parte.

Me quedé inmóvil frente a la góndola de los fideos, sosteniendo un paquete que no pensaba comprar.

Respiré hondo. Una vez. Dos.

—No puede ser —murmuré—. No hoy.

Giré despacio, como si al hacerlo pudiera cambiar el resultado. Y ahí estaba. No exactamente igual, pero lo suficientemente parecido como para que el cuerpo reaccionara antes que la memoria racional.

Santiago.

Empujaba un carrito medio vacío, con la misma torpeza de siempre. El cabello apenas más corto, una barba incipiente que no le conocía. Parecía cansado. Humano. Real.

No me había visto aún.

Durante un segundo eterno pensé en esconderme detrás de las estanterías, convertirme en una compradora anónima más. Pero algo en mí —tal vez el cansancio de huir— me mantuvo quieta.

Fue él quien levantó la mirada.

El reconocimiento cruzó su rostro como una ola lenta. Sorpresa. Duda. Una sonrisa insegura.

—Hola —dijo, acercándose con cautela—. No sabía que vivías por acá.

—Yo tampoco sabía que venías a este supermercado —respondí, y recién después noté el tono irónico.

Silencio.

El carrito chirrió al detenerse. La luz blanca del lugar no ayudaba a la nostalgia: todo se veía demasiado claro, demasiado cotidiano para lo que habíamos sido.

—¿Estás bien? —preguntó.

Esa pregunta. La de siempre. La que nunca había sabido responder cuando importaba.

—Sí —dije—. Mejor que antes.

No mentía. Pero tampoco contaba toda la verdad.

Hablamos de cosas superficiales: trabajos, mudanzas, conocidos en común. Fue una conversación torpe, llena de pausas incómodas y frases que no llevaban a ningún lado. Como si ambos supiéramos que lo importante no iba a decirse ahí, entre ofertas y música funcional.

—Me alegra verte así —dijo finalmente—. Más… tranquila.

Pensé en Tomás. En la forma en que me había mirado sin historia previa, sin expectativas heredadas. En cómo esa tranquilidad era nueva, frágil, todavía en construcción.

—Aprendí a elegir mejor —respondí, sin mirarlo.

Santiago asintió. Como si entendiera. Como si aceptara, al fin, que ya no tenía lugar en esa elección.

Nos despedimos con un gesto breve. Ni abrazo ni reproche. Solo una distancia respetuosa que antes no habíamos sabido sostener.

Seguí con mis compras, aunque ya no necesitaba nada. El corazón me latía rápido, pero no desbordado. Era un temblor controlado. Un eco, no una herida abierta.

Al llegar a casa, el teléfono vibró.

Un mensaje de Tomás.

“No sé por qué, pero hoy pensé en vos. ¿Todo bien?”

Sonreí. De esas sonrisas que salen solas.

“Sí. Solo el pasado haciendo ruido. Pero ya no manda.”

Tardó unos segundos en responder.

“Me alegra estar llegando después de ese ruido.”

Apoyé el celular sobre la mesa y me quedé mirando la pared, dejando que la emoción se asentara. Por primera vez, el pasado no había venido a reclamar nada. Solo a confirmar que estaba, definitivamente, en otro lugar.

Y eso, lejos de doler, me dio una calma inesperada.




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