Nunca pensé que iba a discutir por una pizza.
Mucho menos con alguien que, hasta hacía unos meses, no existía en mi vida y ahora estaba parado en mi cocina, sosteniendo una caja de cartón como si fuera una cuestión de principios.
—La mitad con rúcula y jamón crudo arruina el equilibrio universal del queso —dijo Tomás, muy serio.
—El equilibrio universal se arruinó el día que alguien decidió ponerle ananá a la pizza —respondí, cruzándome de brazos—. Y aun así, sobrevivimos.
—Eso fue una herejía —sentenció—. Pero esto es una provocación personal.
Lo miré. De verdad lo miré. Tenía harina en la remera, el ceño fruncido y esa expresión ridículamente concentrada que me hacía querer reír incluso cuando estaba convencida de tener razón.
—¿Siempre sos así de dramático? —pregunté.
—Solo con temas importantes.
Y ahí estaba. Riendo.
Una risa limpia, abierta, que me tomó por sorpresa porque no la había sentido así en mucho tiempo. No esa risa que nace sin pedir permiso, que no revisa el pasado antes de salir.
Tomás me observó en silencio, apoyado contra la mesada.
—Me gusta cuando te reís así —dijo—. Es como si te olvidaras de cuidarte.
La frase me atravesó más de lo que esperaba.
—No me olvido —respondí, bajando un poco la voz—. A veces solo descanso.
No insistió. Nunca lo hacía. Ese era su modo de estar: cerca, pero sin invadir. Presente sin exigir.
Comimos sentados en el piso del living, apoyados contra el sillón. La pizza estaba tibia, despareja, imperfecta. Como casi todo lo que realmente importa.
—Hoy te sentí distinta —comentó de pronto—. No mal. Distinta.
Pensé en el supermercado. En el perfume. En el pasado cruzándose en mi día como un fantasma educado.
—Me encontré con alguien que fue importante —dije finalmente.
Tomás no preguntó quién. No hizo gestos incómodos. Solo asintió, como si entendiera que algunas historias no necesitan nombres.
—¿Te removió cosas? —preguntó.
—Me confirmó otras —respondí—. Que ya no quiero volver ahí.
El silencio que siguió no fue pesado. Fue de esos silencios que sostienen.
Tomás estiró la mano y, sin tocarme del todo, dejó sus dedos muy cerca de los míos. Una invitación suave. Sin presión.
—Yo tampoco quiero ser un lugar al que vuelvas por costumbre —dijo—. Si te quedás, que sea porque te hace bien.
Tragué saliva.
Ahí estaba el miedo. Ese viejo conocido. El que me susurraba que irse siempre era más seguro que quedarse.
—A veces quedarse también asusta —admití.
—Lo sé —respondió—. Pero irse duele distinto.
Levanté la mirada. Sus ojos no prometían eternidades ni salvaciones. Prometían honestidad. Y eso, para mí, era nuevo.
Me acerqué apenas. No fue un beso urgente ni cinematográfico. Fue lento, torpe, sincero. Un roce que preguntaba antes de avanzar.
Cuando nos separamos, seguíamos sonriendo.
—¿Sabés qué es lo peor? —dije.
—¿Qué?
—Que con vos empiezo a creer que puedo quedarme sin perderme.
Tomás apoyó la frente contra la mía.
—Entonces vamos despacio —susurró—. Pero juntos.
Esa noche, cuando se fue, no sentí el vacío habitual. Sentí expectativa. Una calma nerviosa. Como si algo estuviera creciendo sin hacer ruido.
Y por primera vez en mucho tiempo, no tuve ganas de huir.