El día empezó mal por una razón absurda: el despertador no sonó.
O quizás sonó y yo decidí ignorarlo, lo cual sería bastante coherente con mi talento reciente para evitar lo que no controlo.
Me levanté de un salto, con el corazón acelerado y el cuerpo desordenado. El reloj marcaba una hora indecente para alguien que debía estar presentable, lúcida y funcional.
—Perfecto —murmuré—. Empezamos bárbaro.
Mientras me cepillaba los dientes, el celular vibró sobre la mesada del baño. Tomás.
“Buen día. ¿Seguimos en pie para hoy?”
Escupí la espuma, limpié el espejo con la mano y leí el mensaje dos veces.
Hoy.
Habíamos quedado en almorzar juntos. Algo simple, sin solemnidades. Él había insistido en cocinar. Yo había aceptado sin pensar demasiado, como si ese gesto no implicara nada más que comida compartida.
“Sí. Solo estoy teniendo una mañana… expresiva.”
Su respuesta llegó enseguida.
“Traducción: café urgente y paciencia.”
Sonreí. A pesar del caos, sonreí.
Pero el día tenía otros planes.
En el trabajo, todo fue cuesta arriba. Reuniones que se alargaban, llamados inesperados, un error ajeno que terminó cayendo sobre mi escritorio. Cada vez que miraba el reloj, el tiempo parecía burlarse de mí.
A media mañana, el celular volvió a vibrar.
Un número que no tenía agendado.
Atendí sin pensar.
—Hola —dije.
—¿Sos vos? —preguntó una voz femenina, algo agitada—. Perdón que llame así… soy Clara. La hermana de Santiago.
Sentí el cuerpo tensarse.
—Sí… decime.
—Él tuvo un accidente menor. Nada grave, pero pidió que te avisara. Está en observación. Insistió.
Cerré los ojos.
El pasado, otra vez, golpeando la puerta cuando menos lo esperaba.
—Gracias por avisar —respondí—. ¿Dónde está?
Anoté la dirección casi sin escuchar el resto. Colgué y me quedé mirando la pantalla apagada del celular, como si pudiera darme respuestas.
No sabía qué sentir. Preocupación, sí. Pero también algo más incómodo: culpa. Esa vieja conocida que siempre aparecía cuando creía haber avanzado.
Le escribí a Tomás.
“Me surgió algo inesperado. No voy a llegar al almuerzo.”
Los tres puntitos aparecieron de inmediato. Desaparecieron. Volvieron.
“¿Todo bien?”
Dudé.
“Después te explico.”
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.
En el hospital, el olor a desinfectante me devolvió a una versión mía que creí superada. Santiago estaba sentado en la cama, con el brazo vendado y una expresión entre avergonzada y aliviada al verme.
—No tendrías que haber venido —dijo.
—Vos pediste que me avisaran —respondí.
—No pensé que ibas a hacerlo.
Yo tampoco.
Hablamos poco. De lo ocurrido, de lo que vendría. Nada profundo. Nada necesario. Pero al irme, algo se quedó prendido en mí, como una pregunta sin formular.
Cuando salí, el cielo estaba gris. Pesado.
El celular vibró otra vez.
Tomás.
“Cociné de más. Voy a tener que invitar al vecino o comer tres días lo mismo.”
Sonreí, pero fue una sonrisa cansada.
“Perdón.”
Esta vez tardó más en responder.
“No pasa nada. Solo avísame cuando quieras hablar.”
No había reproche. Y, sin embargo, dolía.
Esa noche, me senté en el sillón con una taza de té que se enfrió entre mis manos. Pensé en Tomás esperando, sin saber. En Santiago mirándome como si aún tuviera derecho a algo.
Y por primera vez desde que empecé a quedarme, entendí que elegir no siempre es inmediato. A veces implica decepcionar a alguien. O a una parte de una misma.
El miedo no volvió con violencia. Volvió en forma de pregunta:
¿Se puede construir algo nuevo sin terminar de cerrar lo anterior?
Apoyé la cabeza contra el respaldo y dejé que el silencio respondiera a su tiempo.