El café ya estaba frío cuando me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo mirando la misma página sin leer una sola palabra.
El libro descansaba abierto sobre mis piernas, pero mi cabeza estaba en otro lado. O mejor dicho, en alguien.
Tomás no había escrito en todo el día.
No era raro. No era una obligación. Y sin embargo, esa ausencia mínima empezaba a ocupar demasiado espacio. Como un ruido blanco que no se puede apagar.
Cerré el libro y apoyé la cabeza contra el respaldo del sillón. Afuera, la tarde avanzaba con una calma irritante. El mundo seguía funcionando con normalidad, incluso cuando una se sentía suspendida.
Me repetí que no pasaba nada. Que cada quien tenía su ritmo. Que nadie me debía explicaciones.
Pero el cuerpo no siempre escucha a la razón.
A las siete en punto, el timbre sonó.
Me levanté de golpe, con una mezcla ridícula de expectativa y nervios. No sabía si quería que fuera él… ni si estaba preparada para que no lo fuera.
Abrí la puerta.
Tomás estaba ahí.
Sin sonrisa ensayada. Sin ironías protectoras. Con una bolsa de papel en la mano y una expresión serena, pero cerrada.
—Hola —dijo.
—Hola —respondí, haciéndome a un lado.
Entró despacio, como si no quisiera invadir. Dejó la bolsa sobre la mesa sin explicar qué traía. Se sacó el abrigo. Miró alrededor.
—¿Cómo estás? —preguntó.
La pregunta era simple. La respuesta, no tanto.
—Cansada —dije—. ¿Vos?
—Pensativo.
Nos sentamos uno frente al otro, separados por una mesa que nunca me había parecido tan grande. El silencio se instaló entre nosotros, espeso, incómodo, pero no hostil.
—No vine a reprocharte nada —dijo finalmente—. Quiero que eso quede claro.
Asentí.
—Pero tampoco quiero hacer como si nada —continuó—. Porque algo pasó.
Bajé la mirada.
—Sí.
—Y no me explicaste —agregó—. Dijiste “después”, pero después no llegó.
Respiré hondo.
—No sabía cómo decirlo —admití—. Y tampoco quería que sonara peor de lo que fue.
—Decime igual.
Levanté los ojos. Su mirada no exigía, pero esperaba. Y entendí que eso también era una forma de cuidado: quedarse a escuchar incluso cuando la respuesta podía doler.
—Me llamaron por alguien de mi pasado —dije—. Alguien que fue importante. Me preocupé. Fui.
Tomás asintió lentamente.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé qué lugar ocupa —respondí, con honestidad—. Sé que no quiero volver ahí. Pero tampoco puedo fingir que no existió.
El silencio volvió. Esta vez distinto.
—No me molesta que tengas pasado —dijo al fin—. Me molestaría ser tu presente a medias.
Esa frase me atravesó.
—No quiero eso —dije rápido—. No quiero que sientas que estás esperando turno.
—Entonces necesito saber algo —continuó—. Y no para hoy o mañana. Para mí.
Se inclinó apenas hacia adelante.
—¿Te estás quedando conmigo… o solo estás descansando antes de volver a irte?
El aire se me quedó en el pecho.
Esa pregunta era el centro de todo. La que había evitado incluso en silencio.
Me tomé unos segundos. No para pensar la respuesta perfecta, sino para encontrar la verdadera.
—Me estoy quedando —dije—. Pero todavía estoy aprendiendo cómo.
Tomás sostuvo mi mirada. Buscó fisuras, supongo. No las encontró, o decidió confiar igual.
—No necesito promesas —respondió—. Necesito presencia.
Asentí. Esta vez sin miedo.
Él tomó la bolsa de la mesa y la empujó hacia mí.
—Te traje medialunas —dijo—. Las que te gustan. Porque no sabía si íbamos a hablar… o solo a compartir silencio.
Una risa suave se me escapó, inesperada.
—Gracias.
Nos quedamos ahí, comiendo despacio, hablando de cosas pequeñas. No se resolvió todo. No hacía falta. Pero algo se acomodó.
Cuando se fue, no sentí alivio ni angustia.
Sentí responsabilidad.
Y por primera vez, entendí que quedarse no era solo un deseo: era una decisión que se renueva todos los días.