Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 38 El lugar donde decidí pararme

El mail estaba ahí desde hacía una hora y yo seguía sin abrirlo.

La computadora encendida, el cursor titilando como si se burlara de mí. Afuera llovía con una constancia irritante, de esas lluvias que no dramatizan pero tampoco se van. Como algunas personas. Como algunas historias.

Suspiré y, al fin, hice clic.

Asunto: ¿Podemos hablar?

Remitente: Santiago.

No había reproches, ni explicaciones extensas. Solo una invitación breve, casi educada, a encontrarnos “cinco minutos”. Cinco minutos que yo sabía que nunca duraban cinco.

Cerré la laptop.

Me levanté y fui hasta la ventana. La calle brillaba de humedad. Pensé en Tomás preparando café por la mañana, en su manera silenciosa de estar. En la palabra que había usado la noche anterior: presencia.

El teléfono vibró.

Tomás: “Paso por tu casa en media hora. Te secuestro para merendar. Prometo no discutir por facturas.”

Sonreí. A pesar de todo, sonreí.

Y entonces entendí que el dilema no era con quién verme, sino desde dónde.

Le escribí a Santiago.

“Podemos hablar. Pero no hoy. Y no para reabrir nada. Solo para cerrar bien.”

El mensaje quedó en visto. No hubo respuesta inmediata. Sentí un alivio extraño, mezclado con una culpa leve que ya no tenía tanto poder.

Cuando Tomás llegó, traía un paraguas roto y una bolsa de panadería que chorreaba manteca.

—Lluvia uno, yo cero —dijo—. ¿Me dejás pasar antes de que me convierta en un desastre mayor?

—Ya lo sos —respondí—. Pero entrá igual.

La tarde fue simple. Demasiado simple como para esconderse detrás de ella. Té caliente, migas sobre la mesa, risas pequeñas. Hasta que, sin planearlo, dije:

—Me escribió alguien de mi pasado.

Tomás levantó la mirada. No se tensó. Esperó.

—Le puse un límite —continué—. No por vos. Por mí.

Eso pareció sorprenderlo más que cualquier otra cosa.

—¿Y cómo te sentís? —preguntó.

Me tomé un segundo.

—Rara —admití—. Pero liviana. Como cuando ordenás un cajón y encontrás cosas que ya no necesitás guardar.

Tomás sonrió despacio.

—Eso suena a avance.

—Eso suena a quedarme parada en el lugar correcto —respondí.

No hubo beso inmediato. No hizo falta. Nos quedamos sentados, hombro con hombro, mirando la lluvia golpear el vidrio. Sin promesas. Sin urgencias.

Pero con algo nuevo: coherencia.

Esa noche, antes de dormir, revisé el celular.

Un mensaje de Santiago.

“Gracias por decirlo claro. Te deseo lo mejor.”

Apagué la pantalla.

Por primera vez, el pasado no reclamaba. Se despedía.

Y yo, sin darme cuenta, ya estaba caminando hacia adelante.




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