La noticia llegó un martes cualquiera, sin música de fondo ni señales previas.
Estaba en la fila del banco, revisando mensajes sin demasiado interés, cuando el celular vibró con un número desconocido. Pensé en no atender. Pensé en mil excusas. Pero atendí.
—¿Hola?
—¿Hablo con…? —confirmaron mi nombre—. Te llamamos para decirte que quedaste seleccionada.
Parpadeé.
—¿Seleccionada para…?
—El proyecto editorial. El que presentaste hace meses. Queríamos felicitarte.
El resto de la conversación fue una sucesión de palabras que entendí a medias: fechas, reuniones, contratos iniciales. Agradecí. Corté. Y me quedé ahí, con el teléfono en la mano, sintiendo algo extraño subir por el pecho.
No era euforia.
Era miedo.
Salí del banco caminando lento, como si el cuerpo necesitara tiempo para ponerse al día con la cabeza. Me senté en una plaza cercana. El sol se filtraba entre los árboles, tibio, amable.
Pensé en todo lo que había hecho para llegar ahí. En lo que había postergado. En las veces que me dije después.
Y pensé en Tomás.
Le escribí.
“¿Tenés un rato hoy? Creo que necesito contarte algo en persona.”
Su respuesta no tardó.
“Siempre.”
Nos encontramos en un bar pequeño, de esos que no intentan ser modernos. Tomás llegó con esa sonrisa tranquila que ya empezaba a reconocer como refugio.
—Tenés cara de noticia —dijo.
—No sé si buena o aterradora —respondí.
Se rió.
—Suelen ser las mejores.
Le conté. Todo. Mientras hablaba, me escuché a mí misma minimizarlo, restarle importancia, como si decirlo en voz alta lo volviera demasiado real.
Tomás no interrumpió. Me miró con atención genuina. Cuando terminé, apoyó los codos en la mesa.
—¿Y por qué no estás festejando?
La pregunta fue directa. Incómoda.
—Porque cambia cosas —admití—. Porque implica exposición. Tiempo. Decisiones.
—¿Y eso es malo?
Negué con la cabeza.
—No. Pero me asusta.
Tomás sonrió apenas.
—A mí también me asustaría —dijo—. Porque cuando algo empieza a salir bien… una siente que puede perderlo todo.
No lo había dicho yo. Lo había entendido.
—No quiero volver a huir —susurré—. Pero tampoco quiero quedarme chica por miedo.
Tomás tomó mi mano. Firme. Cálida.
—No tenés que elegir entre crecer y quedarte —dijo—. Tenés que elegir si querés hacerlo sola o acompañada.
Sentí un nudo en la garganta. No de tristeza. De reconocimiento.
—¿Y vos? —pregunté—. ¿Te quedarías?
—Ya me estoy quedando —respondió—. Pero no para sostenerte. Para caminar al lado.
Nos quedamos en silencio. Afuera, la ciudad seguía con su ruido habitual. Adentro, algo se acomodaba.
Esa noche, al llegar a casa, me miré en el espejo. No vi a la mujer que había prometido quedarse por miedo a perder. Vi a alguien aprendiendo a quedarse por deseo.
Y entendí que la felicidad no siempre entra haciendo ruido.
A veces llega suave.
Y por eso mismo, da vértigo.