Nunca me habían temblado las manos por sostener un micrófono.
Por escribir, sí. Por enviar un texto. Por esperar una respuesta. Pero no por pararme frente a un auditorio pequeño, con luces tibias y gente acomodándose en las sillas plegables como si ese fuera un jueves cualquiera.
Lo era. Para ellos.
Para mí, no.
El cartel detrás del escenario tenía mi nombre mal escrito. Me reí al verlo, un gesto mínimo que me devolvió algo de humanidad. No sos tan importante, parecía decirme. Y eso, curiosamente, me tranquilizó.
Tomás estaba en la tercera fila. Lo reconocí por su forma de sentarse: relajado, atento, como si no necesitara ocupar espacio para estar presente. Cuando nuestras miradas se cruzaron, levantó el pulgar, cómplice. No me gritó nada. No me distrajo. Confió.
Respiré hondo y salí.
Aplausos suaves. Presentaciones breves. El murmullo previo a las palabras. Me senté, acomodé los papeles que no iba a leer y, sin planearlo, empecé a hablar desde otro lugar.
No conté una historia perfecta. Conté una honesta.
Hablé de escribir desde la herida, de quedarse cuando irse parecía más fácil. De aprender a no confundir intensidad con amor. De la tentación de desaparecer cuando algo empieza a importar.
Hubo risas. En los momentos menos pensados. Cuando relaté una anécdota torpe, un error absurdo, una decisión mal tomada. La comedia apareció sola, como aparecen las verdades cuando se dicen sin solemnidad.
Y hubo silencios. De esos que no incomodan. De esos que escuchan.
Cuando terminé, los aplausos duraron un poco más. No por grandilocuentes, sino por sinceros. Sentí una emoción tranquila, sin fuegos artificiales. Una confirmación.
Al bajar del escenario, Tomás me esperaba en el pasillo lateral.
—No sabía que eras tan valiente —dijo.
—Yo tampoco —respondí—. Creo que lo fui porque estabas ahí.
—No —corrigió—. Fuiste porque quisiste. Yo solo miré.
Esa distinción me importó más de lo que dije.
Caminamos un rato sin rumbo, dejando que la noche hiciera su trabajo. En una esquina cualquiera, nos detuvimos.
—Quiero decirte algo —dijo Tomás, de pronto.
Lo miré. Esperé.
—A veces siento miedo —continuó—. No de vos. De mí. De no estar a la altura de la vida que estás construyendo.
La confesión me desarmó. No era debilidad. Era coraje.
—Yo también tengo miedo —admití—. Pero no de crecer. De crecer sin compartirlo.
Nos quedamos ahí, sin besarnos de inmediato, como si ese segundo previo fuera importante. Como si el cuerpo necesitara ponerse de acuerdo con la emoción.
Cuando nos abrazamos, fue distinto. No urgente. No defensivo. Fue un abrazo que decía acá.
Esa noche, al llegar a casa, dejé el abrigo sobre la silla y me senté en la cama sin prender la luz. Pensé en la mujer que había sido, prometiendo quedarse por razones equivocadas.
Y pensé en la que era ahora.
No prometí nada.
Pero supe que, esta vez, quedarme era una elección consciente.
Y eso lo cambiaba todo.