Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 41 Lo que no pregunté… y aun así escuché

El ruido vino del cajón.

No fue fuerte, ni dramático. Fue ese sonido seco, cotidiano, que anuncia que algo se cerró mal. Como cuando una conversación queda inconclusa y nadie vuelve a abrirla.

Tomás estaba en la cocina, buscando una cuchara que no aparecía. Yo me había sentado en la mesa con la computadora abierta, intentando escribir sin escribir realmente. Afuera, la mañana era luminosa, casi indecente para el estado en el que me encontraba por dentro.

—¿Seguro que no la guardaste vos acá? —preguntó, revisando por tercera vez el mismo lugar.

—Seguro —respondí—. Si la hubiera guardado yo, estaría en un lugar absurdo.

Sonrió. Esa sonrisa pequeña que ya conocía. La que solía tranquilizarme.

Pero esa mañana no lo logró.

El café estaba listo, el pan tostado, la escena completa de una normalidad reciente que todavía me sorprendía. Vivir algo que no dolía parecía, a veces, un acto de rebeldía.

Tomás apoyó el celular sobre la mesada. Vibró. Una vez. Dos.

No miró.

—¿No vas a atender? —pregunté, sin pensar demasiado.

—Después —dijo—. No es urgente.

Pero volvió a vibrar.

Y esta vez, vi el nombre en la pantalla.

Lucía.

No pregunté quién era. No hice un gesto. No dije nada. Me odié un poco por mirar, pero más por sentir esa punzada inmediata, irracional, que no tenía derecho a existir… y aun así estaba ahí.

Tomás tomó el celular, leyó el mensaje y frunció apenas el ceño.

—Tengo que irme un rato —dijo.

—¿Ahora? —pregunté, demasiado rápido.

Me miró. Algo en su expresión cambió. No culpa. No mentira. Algo peor: duda.

—Sí —respondió—. Después te explico.

Ahí estaba esa frase otra vez.

Después te explico.

La conocía demasiado bien.

—Está bien —dije, aunque no lo estaba.

Se acercó, me besó la frente con ternura, agarró las llaves y salió. El sonido de la puerta cerrándose fue suave, pero definitivo.

Me quedé sentada, con la taza entre las manos, sintiendo cómo una vieja ansiedad intentaba abrirse paso.

No exageres, me dije.

No vuelvas a ser quien fuiste.

Pero el cuerpo no siempre escucha a la razón.

Pasó una hora. Luego otra.

Intenté escribir. Fallé. Ordené cosas que no necesitaban orden. Miré el teléfono más veces de las que admitiría.

Cuando volvió, ya era de tarde.

—Perdón —dijo apenas entró—. Se complicó.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí… no. Es largo.

Nos sentamos frente a frente. La distancia era mínima. La sensación, enorme.

—Lucía es mi ex —dijo finalmente—. Convivimos muchos años.

No era la información lo que dolía. Era el momento.

—Está pasando por algo difícil —continuó—. Me pidió ayuda.

Asentí. Tranquila por fuera. Atenta por dentro.

—¿Y vos?

—Yo fui —respondió—. Porque no supe decir que no.

Ahí estaba el giro. No en el pasado. En el presente.

—No me molesta que ayudes —dije—. Me inquieta que no sepas qué lugar ocupa eso ahora.

Tomás bajó la mirada.

—Yo pensé que lo sabía —admitió—. Pero cuando te vi hoy… sentí miedo.

—¿Miedo de qué?

—De perder lo que estamos construyendo… o de no estar listo para sostenerlo como merece.

Las palabras quedaron flotando entre nosotros. Pesadas. Honestísimas.

—No quiero volver a ser la pausa emocional de nadie —dije, despacio—. Ya estuve ahí.

Tomás levantó la vista. Sus ojos no defendían. Escuchaban.

—No quiero que lo seas —dijo—. Pero tampoco quiero mentirte.

Ese fue el momento exacto en que entendí algo: el amor sano no siempre llega ordenado. A veces llega cuando todavía hay cosas que acomodar.

—Necesito tiempo —agregó—. No para irme. Para ser justo.

Sentí el viejo impulso de huir. De cerrar todo antes de que doliera más. Pero no lo hice.

—Yo también necesito algo —respondí—. Claridad. Aunque incomode.

Nos quedamos en silencio. Largo. Inestable. Real.

Esa noche, cuando se fue, no lloré. Tampoco me sentí fuerte. Me sentí despierta.

Y entendí que quedarse, ahora, implicaba una decisión más difícil que irse.

Porque ya no se trataba del pasado.

Se trataba de qué tipo de amor estaba dispuesta a elegir.




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