La casa se sentía más grande cuando él no estaba.
No vacía. No triste. Más grande. Como si las paredes se hubieran corrido apenas unos centímetros y yo no supiera todavía cómo volver a ocupar el espacio.
Abrí las ventanas temprano, aunque no hacía calor. Necesitaba aire. Necesitaba movimiento. Algo que contradijera esa sensación suspendida que me acompañaba desde la noche anterior.
Tomás no había escrito.
Y yo tampoco.
No fue una decisión consciente. Fue una tregua muda, de esas que se instalan solas cuando nadie sabe muy bien qué decir sin empeorar las cosas.
Me preparé un café que no terminé. Me senté frente a la computadora y abrí un documento nuevo. Escribir siempre había sido mi forma de ordenar el caos, pero esa mañana las palabras no obedecían. Se quedaban cortas. O demasiado largas. O iban directo a lugares que todavía no quería mirar.
Cerré todo.
Salí a caminar.
La ciudad estaba viva, indiferente a mis dilemas. Gente apurada, parejas discutiendo en voz baja, risas sueltas que no tenían nada que ver conmigo. Y, sin embargo, algo de esa normalidad me sostuvo.
En una esquina, vi una escena mínima que me detuvo: una mujer mayor enseñándole a un nene a andar en bicicleta. Él se caía, se levantaba, insistía. Ella no lo soltaba del todo, pero tampoco lo sostenía siempre.
Eso, pensé.
Eso es acompañar.
El celular vibró.
No era Tomás.
Era Lucía.
El nombre apareció en la pantalla como una intrusión educada. Dudé. Mucho. Pero atendí.
—Hola —dije.
—Gracias por atender —respondió—. No sabía si hacerlo era correcto.
—Yo tampoco —admití.
Hubo un silencio breve, incómodo, honesto.
—No te llamo para generar conflicto —dijo—. Te llamo porque creo que te merecés saber algo.
Mi cuerpo se tensó.
—Tomás y yo no estamos intentando volver —continuó—. Eso terminó hace tiempo. Pero estamos cerrando cosas que quedaron mal. Yo me voy del país.
Esa información me descolocó.
—No lo sabía.
—Él tampoco lo dijo porque no es su historia para contar —respondió—. Pero sí es tu derecho saber que no sos una pausa. Sos una elección. Y eso… a veces asusta.
No supe qué decir.
—Solo quería que no dudes de vos —agregó—. Porque yo dudé demasiado tiempo.
Colgó antes de que pudiera responder.
Me quedé parada en la vereda, con el ruido del tránsito alrededor, sintiendo algo nuevo mezclarse con la incertidumbre: perspectiva.
Esa noche, Tomás escribió.
“No quise desaparecer. Quise ordenar.”
Respiré hondo antes de responder.
“Yo también.”
Nos encontramos dos días después. No en casa. No en un bar conocido. En un parque. Terreno neutral.
Tomás estaba distinto. No distante. Más consciente.
—Gracias por no empujarme —dijo—. Y por no irte.
—No me quedé por inercia —respondí—. Me quedé porque quería ver si éramos capaces de atravesar algo incómodo sin lastimarnos.
Asintió.
—Lucía te llamó —dijo, sin rodeos.
—Sí.
—No me molesta —agregó—. Me alegra que se haya animado a decir lo que yo no supe cómo.
Nos sentamos en el pasto, como dos personas que no necesitaban esconderse detrás de gestos grandilocuentes.
—No estoy pidiendo garantías —dije—. Solo coherencia.
—Y yo no quiero que te quedes esperando —respondió—. Quiero que te quedes caminando conmigo.
Lo miré. De verdad lo miré. Ya no con ilusión ciega. Con atención.
—Entonces caminemos —dije—. Pero si alguna vez sentís que no podés… decímelo. No me dejes adivinar.
Tomás tomó mi mano. Firme. Presente.
—Eso también es quedarse —dijo.
Esa noche volví a casa distinta. No segura. Pero alineada.
Y entendí algo fundamental:
A veces, el amor no se demuestra acercándose más.
Sino aprendiendo a no desaparecer cuando aparece la distancia.