El mail llegó un martes a las 7:13 de la mañana, cuando todavía no estaba preparada para pensar en el futuro.
Lo vi en la pantalla del celular mientras apagaba la alarma, con los ojos hinchados y la cabeza en otro ritmo. Al principio no entendí. Leí el asunto una vez. Después otra. Recién a la tercera lectura las palabras tomaron forma.
“Confirmación de selección – Programa Editorial Internacional”
Me incorporé en la cama como si alguien me hubiera llamado por mi nombre.
El corazón empezó a latirme en la garganta.
Abrí el mensaje con manos torpes.
Me habían elegido.
Entre cientos de postulaciones. Entre años de intentos, borradores rechazados, silencios editoriales. Me ofrecían una residencia de seis meses en otra ciudad. Lejos. Demasiado lejos para fingir que no cambiaría nada.
Cerré los ojos.
No pensé en Tomás de inmediato. Pensé en la mujer que había sido antes de conocerlo. La que soñaba sin calcular daños colaterales. La que decía “sí” antes de preguntarse a quién podía perder.
Me levanté y caminé descalza por la casa. Todo estaba en su lugar. Su taza en la mesada. Su campera colgada detrás de la puerta. Su presencia todavía tibia, como un eco amable.
Preparé café esta vez sí lo tomé.
Releí el mail completo. Fechas. Condiciones. Expectativas. Todo parecía demasiado real para ser casual.
Tomás llegó más tarde ese día. Yo no había dicho nada. No por manipulación. Por miedo.
—¿Estás bien? —preguntó apenas me vio.
—Sí —respondí—. Bueno… no. Pero no mal.
Sonrió, confundido.
—Eso suena a noticia.
Asentí.
Le tendí el celular.
Tomás leyó en silencio. No levantó la vista enseguida. Cuando lo hizo, había algo nuevo en su expresión: orgullo mezclado con una sombra que no intentó disimular.
—Es enorme —dijo—. Es… lo que querías.
—Es lo que quería antes —respondí—. No sé qué quiero ahora.
Se sentó frente a mí. Apoyó los codos en la mesa.
—No voy a pedirte que no vayas —dijo—. Y no quiero que te quedes por mí.
Eso me desarmó más que cualquier reclamo.
—No quiero perderte —confesé—. Pero tampoco quiero perderme.
Tomás respiró hondo.
—El problema —dijo— es que esta vez no hay forma de que nadie salga ileso.
Los días siguientes fueron una coreografía incómoda. Conversaciones a medias. Risas que duraban menos. Besos con un dejo de despedida aunque nadie usara esa palabra.
Lucía volvió a aparecer, esta vez sin llamadas. Un mensaje corto.
“A veces el amor no se prueba quedándose. Se prueba no siendo un ancla.”
No respondí. Pero lo pensé.
La noche antes de confirmar la decisión, salí sola. Caminé sin rumbo. Me senté en un banco y dejé que el ruido del mundo me atravesara.
Pensé en Tomás mirándome desde la puerta cuando yo salía apurada. Pensé en mí dentro de seis meses, preguntándome qué hubiera pasado si no me animaba.
Volví tarde.
Tomás estaba despierto.
—Ya decidiste —dijo, sin preguntar.
—Sí.
—Decime algo —pidió—. Aunque duela.
Lo miré. Lo quise. Y no lo edulcoré.
—Si me quedo, siempre voy a preguntarme qué habría sido de mí.
—Y si te vas —respondió—, siempre voy a preguntarme si fui suficiente.
Nos abrazamos largo. No para retener. Para agradecer.
—No es un final —dije—. Pero tampoco es una promesa.
—Es lo más honesto que tenemos —contestó.
Confirmé el mail esa madrugada.
Cuando envié la respuesta, no lloré. No sonreí. Me quedé quieta.
Porque crecer, entendí entonces, no siempre se siente como una victoria.
A veces se siente como soltar algo que todavía amás…
sin saber si el amor va a sobrevivir al espacio que se abre entre dos decisiones valientes.