Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 44 La distancia no avisa cuándo empieza a doler

El aeropuerto olía a despedidas mal dichas.

No era un aroma real, lo sé, pero así lo sentí: una mezcla de café frío, perfumes apurados y palabras que se quedaron atrapadas en la garganta de alguien. Arrastré la valija como si pesara más de lo que debía. No por lo que llevaba dentro, sino por todo lo que estaba dejando atrás sin saber si volvería a encontrarlo igual.

Tomás caminaba a mi lado. No hablábamos.

No porque no tuviéramos nada que decir, sino porque cualquier frase podía convertirse en una grieta imposible de cerrar.

Nos detuvimos frente a la puerta de embarque. El cartel marcaba mi destino con una puntualidad casi ofensiva.

—Todavía puedo irme —dije, sin mirarlo.

—Y todavía podés quedarte —respondió.

Por primera vez, no supe cuál de las dos opciones me daba más miedo.

Nos abrazamos distinto a otras veces. Sin urgencia. Sin promesas escondidas. Fue un abrazo largo, honesto, de esos que no piden nada a cambio.

—No desaparezcas —susurré.

—No te apagues —contestó.

Cuando me di vuelta para entrar, no miré atrás. No por frialdad. Por supervivencia.

La ciudad nueva me recibió con un cielo exageradamente azul, como si quisiera convencerme de algo. El departamento era pequeño, luminoso, impersonal. Demasiado silencioso para alguien acostumbrada a compartir espacios incluso cuando no hablaba.

Los primeros días fueron vertiginosos. Reuniones. Presentaciones. Nombres que se mezclaban. Expectativas altas, sonrisas profesionales, elogios que llegaban rápido pero no sabían nada de mí.

Por las noches, Tomás y yo hablábamos.

Al principio, todos los días.

Mensajes largos. Audios donde nos contábamos detalles mínimos: qué habíamos comido, qué canción sonaba de fondo, qué frase nos había hecho pensar en el otro.

La distancia parecía manejable. Casi romántica.

Hasta que dejó de serlo.

No pasó de golpe. Fue sutil. Un “después te llamo” que no llegaba. Un mensaje leído sin respuesta inmediata. Un “estoy cansado” que sonaba a cierre.

Yo también cambiaba, aunque me costaba admitirlo. Empezaba a sentirme bien sola. A disfrutar de mis rutinas nuevas. A no contarle todo.

Una noche, después de una presentación exitosa, salimos a celebrar. Éramos cinco. Risas, vino, euforia compartida. Alguien apoyó una mano en mi espalda al felicitarme. No fue invasivo. Tampoco indiferente.

Y ahí estuvo el primer sacudón.

No fue deseo. Fue conciencia.

La vida seguía ocurriendo. También para mí.

Cuando llegué al departamento, Tomás había llamado dos veces. Lo devolví.

—Perdón —dije—. Se me hizo tarde.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí. Mucho trabajo.

Hubo un silencio breve. Pero distinto.

—Te noto lejos —dijo finalmente.

—Estoy lejos —respondí—. No es lo mismo.

—No me refería a la geografía.

Eso dolió más de lo que esperaba.

—No sé cómo hacer esto perfecto —admití—. No quiero lastimarte, pero tampoco quiero mentirte.

—No te pido perfección —dijo—. Te pido presencia.

Colgué con un nudo en el pecho.

Esa noche soñé con nuestra casa llena de cajas. Ninguna tenía etiqueta.

Los días siguientes fueron más densos. Empezaron los reproches suaves, esos que no gritan pero desgastan. “Antes me contabas más”. “Ahora siempre estás ocupada”. “Siento que ya no me necesitás”.

Y lo peor era que, en parte, era verdad.

Una tarde, recibí un mail inesperado. Una propuesta concreta. Más tiempo. Más compromiso. Una posible continuidad después de los seis meses.

Lo leí dos veces.

No se lo conté a Tomás ese día.

No por traición. Por confusión.

Esa noche, cuando hablamos, me preguntó algo simple:

—¿Sos feliz ahí?

Tardé en responder.

—Estoy creciendo —dije.

—No es lo mismo.

—A veces sí.

Colgamos sin despedirnos.

Dos días después, recibí un mensaje suyo, a una hora rara.

“Creo que tenemos que hablar de algo que ninguno quiere decir.”

El corazón me golpeó el pecho.

Llamé de inmediato.

—Decilo —pedí.

Tomás respiró hondo del otro lado.

—No quiero ser el que te frena —dijo—. Pero tampoco quiero ser el que espera mientras vos aprendés a vivir sin mí.

Cerré los ojos.

—Yo no estoy viviendo sin vos —respondí—. Estoy aprendiendo a no desaparecerme en el otro.

—Y yo estoy aprendiendo —dijo— que amar también es aceptar cuando ya no ocupamos el mismo lugar.

No lloré. Todavía no.

—¿Esto es una despedida? —pregunté.

—No —respondió—. Es una verdad incómoda. Y tenemos que decidir qué hacemos con ella.

Esa noche no dormí.

Por primera vez desde que me fui, la distancia dejó de ser kilómetros.

Se volvió una grieta interna.

Y entendí algo que me asustó más que cualquier ruptura posible:

A veces no nos alejamos porque dejamos de amar.

Nos alejamos porque ya no sabemos cómo crecer sin romper lo que fuimos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.