Hay recuerdos que no golpean la puerta.
Simplemente se sientan en la cama cuando apagás la luz y te miran en silencio.
Esa mañana me desperté con la sensación de haber olvidado algo importante. No un objeto. Algo más hondo. Como si una parte de mí hubiera quedado sin cerrar y, de pronto, hubiera decidido reclamar atención.
El celular vibró.
Un nombre que no veía desde hacía años iluminó la pantalla.
Sofía.
Tardé varios segundos en abrir el mensaje. No porque no quisiera leerlo, sino porque sabía que hacerlo iba a desordenar cosas que apenas estaba logrando acomodar.
“No sé si debería escribirte. Pero estoy en la ciudad por unos días. Y necesitaba verte.”
El café se me enfrió entre las manos.
Sofía no era una amiga más.
Era la persona que había estado ahí antes de Tomás.
La que conoció mi versión rota.
La que se fue cuando yo todavía no sabía cómo quedarme.
Durante años fue un recuerdo suspendido, sin final claro. Un capítulo inconcluso que yo había decidido no volver a leer.
Hasta ahora.
Respondí sin pensarlo demasiado.
“Estoy cerca. Decime dónde.”
Mientras me vestía, sentí esa mezcla incómoda de anticipación y culpa. No estaba haciendo nada mal. Y sin embargo, algo se sentía desleal. No a Tomás. A mí misma.
El café donde nos encontramos tenía una música suave, casi nostálgica. Sofía ya estaba sentada. Levantó la vista cuando entré y sonrió con esa sonrisa que siempre me había desarmado sin esfuerzo.
—Estás distinta —dijo.
—Vos también —respondí.
Nos abrazamos. No fue incómodo. Fue familiar. Y eso fue lo peligroso.
Hablamos de cosas simples al principio. Trabajo. Mudanzas. Ciudades que nos habían cambiado. Evitamos, con una precisión casi perfecta, todo lo que importaba.
Hasta que ella lo dijo.
—Nunca supe por qué te fuiste.
El aire se volvió más espeso.
—Yo tampoco —admití—. Creo que huí de una versión mía que no sabía sostener.
Sofía bajó la mirada.
—Yo pensé que había hecho algo mal.
—No —dije rápido—. Hiciste todo bien. Ese fue el problema.
Nos quedamos en silencio. No incómodo. Revelador.
—¿Estás con alguien? —preguntó finalmente.
Respiré hondo.
—Sí… pero estamos lejos. En muchos sentidos.
Ella asintió, como si entendiera más de lo que decía.
—Siempre te costó elegir cuando el corazón te pedía dos cosas opuestas.
Esa frase me atravesó.
—¿Por qué me escribiste ahora? —pregunté.
Sofía dudó.
—Porque estoy cerrando cosas. Y no quería seguir avanzando con tu recuerdo abierto.
No me tocó. No hizo falta.
Cuando nos despedimos, no hubo promesas ni reproches. Solo una verdad flotando entre las dos: lo que no se cierra, vuelve. Siempre vuelve.
Esa noche hablé con Tomás.
O al menos lo intenté.
—Necesito contarte algo —dije.
—Yo también —respondió.
Hubo una pausa.
—Decí vos primero.
—Me escribió alguien de mi pasado. Nos vimos. No pasó nada… pero removió cosas.
Silencio.
—Gracias por decírmelo —dijo finalmente—. De verdad.
—¿Y vos? —pregunté—. ¿Qué necesitabas decirme?
Respiró hondo.
—Acepté un proyecto. Me voy unos meses fuera del país.
Sentí que el piso se movía.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Hoy. Justamente hoy.
Nos reímos, pero fue una risa triste.
—Parece que estamos sincronizados para alejarnos —dije.
—O para dejar de mentirnos —respondió.
No discutimos. No lloramos. No hicimos escenas.
Y eso fue lo más doloroso.
Antes de colgar, dijo algo que me dejó sin defensa:
—Te amo… pero no sé si todavía sé cómo estar con vos.
Apoyé el teléfono sobre la mesa y, por primera vez desde que me fui, lloré sin contenerme.
No por Tomás.
No por Sofía.
Por mí.
Por todas las versiones mías que había sido y por la que todavía no sabía si estaba lista para ser.