Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 46 Nadie me enseñó a quedarme sin perderme

Encontré la libreta por accidente.

Estaba buscando otra cosa —siempre es así— cuando apareció en el fondo del cajón, doblada, con la tapa gastada y una mancha de café que reconocí de inmediato. La había llevado conmigo durante años, de mudanza en mudanza, sin abrirla nunca más.

La dejé sobre la mesa y la miré como si fuera un animal dormido.

No mordía.

Pero todavía podía doler.

La abrí.

Las primeras páginas eran listas absurdas: libros por leer, lugares donde quería vivir, nombres posibles para un futuro que nunca había llegado. Sonreí. Era evidente que la mujer que escribió eso creía que la vida se podía planear con prolijidad.

Más adelante, la letra cambiaba. Se volvía más apurada. Más oscura.

“Prometí quedarme, aunque no debía.”

La frase estaba subrayada tres veces.

No recordaba haberla escrito, pero ahí estaba. Como si una versión mía hubiera entendido algo que yo recién ahora empezaba a comprender.

Seguí leyendo.

Había entradas sobre Sofía. Sobre el miedo a elegirla. Sobre la comodidad de irme antes de que doliera demasiado. Había páginas enteras dedicadas a la culpa. A esa sensación constante de estar siempre a medio camino entre lo que sentía y lo que me animaba a sostener.

Y entonces apareció Tomás.

No desde el inicio. No como un amor inmediato.

Como una pausa.

“Con él no corro. Eso me asusta.”

Cerré la libreta de golpe.

El teléfono vibró en ese exacto momento.

Tomás.

Atendí.

—Estoy en el aeropuerto —dijo—. Mi vuelo se adelantó.

—¿Cuándo te vas? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—En dos horas.

Dos horas.

Todo lo que habíamos sido reducido a un margen tan pequeño.

—¿Podemos vernos? —preguntó—. Aunque sea un rato.

Dudé. No por falta de amor, sino por exceso de verdad.

—Sí —respondí—. Vení.

Llegó con una mochila y ojeras de decisiones mal dormidas. Nos miramos como si estuviéramos frente a alguien que ya empezaba a convertirse en recuerdo.

—No quiero irme así —dijo.

—Yo tampoco —respondí—. Pero no sé cómo quedarme sin perderme.

Tomás bajó la mirada.

—Yo aprendí a irme antes de que me pidan que cambie —confesó—. Supongo que eso también es una forma de miedo.

Nos sentamos en el piso del living, como dos adolescentes que no sabían resolver nada mejor. Nos reímos de eso. Un poco.

—¿La amás? —me preguntó de pronto—. A ella.

Pensé en Sofía. Pensé en la libreta. Pensé en todas las veces que había confundido intensidad con destino.

—La quise —dije—. Pero no me quedé.

Asintió.

—¿Y a mí?

La pregunta no exigía una respuesta bonita. Exigía una honesta.

—A vos te amo —dije—. Pero todavía estoy aprendiendo qué hacer con eso.

Tomás respiró hondo.

—Yo también.

No hubo reproches. No hubo promesas imposibles. Solo una verdad compartida: el amor no siempre alcanza cuando el miedo todavía dirige.

Antes de irse, hizo algo que no esperaba. Sacó un sobre del bolsillo.

—Esto es para cuando decidas —dijo—. No importa qué decidas.

—¿Qué es? —pregunté.

—Una parte mía que no quiero llevarme sin que la conozcas.

No lo abrí.

Lo vi irse desde la ventana. No lloré. Todavía no.

Esa noche soñé con una versión mía distinta. Una que no huía. Una que no se quedaba por culpa. Una que entendía que amar no es prometer eternidad, sino elegir presencia.

A la mañana siguiente, abrí el sobre.

Era una carta corta.

“No te prometo quedarme si no puedo ser quien soy. Pero si alguna vez decidís quedarte siendo quien sos, voy a saber volver.”

Apoyé la carta sobre la libreta.

Y por primera vez, entendí algo con claridad dolorosa:

No me habían roto el corazón.

Me lo había fragmentado yo misma, cada vez que me quedé donde no debía…

y cada vez que me fui de donde sí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.