El golpe fue seco.
No un choque violento, pero sí lo suficientemente fuerte como para sacarme del piloto automático en el que venía funcionando desde que Tomás se había ido. El auto frenó de golpe, el café se volcó sobre el asiento y mi corazón tardó varios segundos en entender que seguía latiendo.
—¡Perdón! —gritó el hombre del otro vehículo, bajándose apurado.
Yo también bajé. Las piernas me temblaban más por dentro que por el impacto.
—Estoy bien —dije, casi para convencerme—. ¿Usted?
Asintió. Nada grave. Solo chapa. Solo susto. Solo ese recordatorio absurdo de que todo puede detenerse en un segundo.
Mientras esperábamos a la grúa, me senté en el cordón de la vereda. El celular vibró otra vez.
Un número desconocido.
—¿Hola? —respondí.
—¿Sos vos? —dijo una voz que reconocí al instante, aunque hacía años que no la escuchaba.
Mi madre.
No hablábamos seguido. No por falta de amor, sino por exceso de cosas no dichas.
—¿Pasó algo? —pregunté, ya de pie.
—Tu papá está en el hospital.
El mundo volvió a detenerse, pero de una forma distinta. Más silenciosa. Más definitiva.
—¿Está bien?
—No lo sabemos todavía. Vení si podés.
No pregunté más. No hice drama. Solo colgué y respiré como pude.
Esa tarde, mientras manejaba rumbo al hospital, entendí algo con una claridad brutal: la vida no espera a que ordenes tus emociones. Te exige presencia incluso cuando estás hecha un desastre.
El hospital olía a desinfectante y a tiempo suspendido. Mi madre estaba sentada, las manos entrelazadas, mirando un punto fijo en la pared.
—Llegaste —dijo, y me abrazó con una fuerza que no le conocía.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—El corazón —respondió—. Siempre fue testarudo.
Esperamos. Mucho. El tiempo en los hospitales no avanza, se arrastra.
Mientras tanto, recordé a mi padre enseñándome a andar en bicicleta, soltándome antes de que yo estuviera lista. Recordé cómo siempre me decía que no me quedara donde no me hacía bien, pero tampoco me fuera por miedo.
Nunca lo había escuchado del todo.
Cuando el médico salió, nos dio un diagnóstico prudente. Nada inmediato. Nada seguro. Todo pendiente.
Esa noche me quedé en la casa de mis padres. En mi habitación de adolescente, donde todavía colgaban fotos de una versión mía que creía que el amor era elegir una sola vez y para siempre.
No dormí.
A las tres de la mañana, tomé el celular y abrí la carta de Tomás otra vez. La leí como si fuera nueva.
Y entonces entendí el verdadero giro de todo esto:
No tenía que elegir entre irme o quedarme por alguien.
Tenía que elegir desde dónde me quedaba.
A la mañana siguiente, hice algo que nunca hacía.
Llamé a Tomás.
No contestó.
Le dejé un mensaje de voz. Mi voz, firme por primera vez.
—No te llamo para pedirte que vuelvas ni para prometerte nada —dije—. Te llamo porque entendí que no quiero seguir huyendo de lo que siento. Si volvés, quiero que sea para construir, no para salvarnos. Y si no volvés… igual voy a quedarme. Pero conmigo.
Colgué sin llorar.
Más tarde, fui al hospital. Mi padre estaba despierto. Débil. Pero consciente.
—Viniste —dijo.
—Me quedé —respondí.
Sonrió.
—Siempre supe que ese iba a ser tu mayor desafío.
Me senté a su lado. Le tomé la mano.
—Papá… —empecé—. Creo que toda mi vida confundí irme con ser valiente.
—No —dijo—. Confundiste no sentir con no sufrir.
Cerré los ojos.
En ese instante, el celular vibró otra vez.
Un mensaje.
Tomás: “Escuché tu mensaje. Necesito verte.”
El corazón me dio un salto, pero no de ansiedad. De certeza.
Miré a mi padre. Miré a mi madre dormida en la silla. Miré esa vida real que me estaba pidiendo presencia.
Y por primera vez, no sentí que elegir significara perder.