Nos encontramos en una estación de tren.
No porque fuera romántico.
Porque era práctico.
El andén estaba lleno de gente que iba y venía, arrastrando valijas, historias, decisiones tomadas a medias. Yo llegué antes. Me senté en un banco frío, con el abrigo cerrado hasta el cuello, observando rostros ajenos para no pensar en el único que me importaba ver.
Cuando Tomás apareció, no lo reconocí de inmediato.
No porque hubiera cambiado físicamente, sino porque caminaba distinto. Más lento. Más consciente. Como alguien que ya no estaba huyendo, pero tampoco del todo seguro de quedarse.
Nos miramos desde lejos.
No corrimos.
No sonreímos enseguida.
Eso también era nuevo.
—Hola —dijo cuando estuvo frente a mí.
—Hola.
Nos abrazamos con cuidado, como si el cuerpo todavía necesitara confirmar que ese encuentro era real. Fue un abrazo breve, contenido. No había urgencia. Había algo más delicado: respeto por lo que había cambiado.
—Gracias por venir —dijo.
—Gracias por pedírmelo.
Caminamos hacia una cafetería cercana. El silencio entre nosotros no era incómodo, pero sí cargado. Como si ambos supiéramos que algo importante estaba por decirse y ninguno quisiera romperlo mal.
—Escuché tu mensaje muchas veces —confesó Tomás, apenas nos sentamos—. No porque no supiera qué responder, sino porque necesitaba entender qué me despertaba.
—¿Y? —pregunté.
—Que siempre pensé que el amor era elegir al otro… y recién ahora estoy entendiendo que también es elegirse a uno mismo sin desaparecer del vínculo.
Asentí.
—A mí me pasó algo parecido —dije—. Me di cuenta de que quedarme no es aguantar. Es estar.
Tomás bajó la mirada. Jugó con la taza de café.
—Hay algo que tengo que decirte —agregó—. Y no sé cómo.
El estómago se me tensó.
—Decilo igual.
Respiró hondo.
—Cuando acepté el proyecto afuera… no fue solo por trabajo.
Lo miré sin interrumpirlo.
—También fue porque pensé que estabas a punto de irte —continuó—. Emocionalmente. Sentí que estabas conmigo, pero no del todo. Y en vez de quedarme a pelearla, hice lo que mejor sé hacer: moverme primero.
La confesión no dolió como esperaba. Dolió distinto. Más limpio.
—Yo también estaba a medias —admití—. Pero no por falta de amor. Por miedo a repetir errores.
—Lo sé ahora —dijo—. No lo sabía entonces.
El mozo dejó la cuenta sobre la mesa sin decir nada, como si intuyera que interrumpirnos sería una falta de respeto.
—Hay otra cosa —dijo Tomás.
Lo miré.
—Conocí a alguien allá.
El mundo no se cayó. Pero se inclinó.
—¿Ahora? —pregunté.
—No como pensás —aclaró rápido—. No pasó nada físico. Fue una compañía. Una conversación. Una versión mía que necesitaba entender si todavía podía sentir sin huir.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
—¿Y qué entendiste? —pregunté finalmente.
—Que no quiero empezar algo nuevo cuando todavía no cerré lo nuestro.
Esa frase me conmovió más que cualquier declaración romántica.
—Yo me reencontré con alguien de mi pasado —dije—. Y entendí que no todo lo que vuelve merece quedarse.
Tomás sonrió, apenas.
—Parece que aprendimos lo mismo desde lugares distintos.
Salimos de la cafetería sin decidir nada. Caminamos por la ciudad como dos personas que se conocen de memoria, pero están reaprendiendo a leerse.
En una esquina, nos detuvimos.
—No quiero prometerte nada que no pueda cumplir —dijo—. Pero sí quiero intentarlo sin irme cuando se ponga difícil.
—Yo tampoco quiero promesas —respondí—. Quiero presencia.
Nos besamos. No fue un beso cinematográfico. Fue honesto. Un beso que no prometía eternidad, pero sí verdad.
Cuando nos separamos, Tomás apoyó su frente en la mía.
—Hay algo más que tenés que saber —dijo.
—¿Qué?
—El proyecto afuera se canceló. Me vuelvo en dos semanas.
El giro me dejó sin palabras.
—¿Y eso… qué significa? —pregunté.
—Que esta vez no me estoy yendo —respondió—. Pero tampoco quiero quedarme si vos no estás lista.
Lo miré. Sentí miedo. Y, por primera vez, no huí.
—No estoy lista —dije—. Pero estoy acá.
Sonrió.
—Eso alcanza para empezar.
Nos despedimos sin dramatismo. Sin urgencia. Sin finales grandilocuentes.
Mientras lo veía alejarse, entendí algo fundamental:
El amor ya no era una promesa que me encadenaba.
Era una posibilidad que me invitaba…
y yo, por primera vez, estaba eligiendo entrar sin perderme.