Prometí quedarme, aunque no debía.

CAPÍTULO 49 Lo que se termina cuando por fin elijo

El departamento estaba casi vacío.

No porque ya me estuviera mudando, sino porque había empezado a soltar cosas sin darme cuenta. Libros que ya no me decían nada, ropa que había usado para ser alguien que no era, papeles guardados “por si acaso”.

El “por si acaso” había gobernado mi vida demasiado tiempo.

Sofía apareció a media mañana, con una bolsa en la mano y una expresión serena que me descolocó.

—No vengo a quedarme —dijo apenas entró—. Solo a despedirme bien.

Eso me conmovió más que cualquier intento de reencuentro.

Nos sentamos en el piso, como tantas veces antes. El sol entraba oblicuo, marcando líneas en la pared que parecían fronteras invisibles.

—Me voy mañana —continuó—. Definitivo.

—¿Cómo te sentís? —pregunté.

—En paz —respondió—. Y eso es nuevo para mí.

Me miró con una honestidad que no pedía nada.

—Necesitaba decirte algo antes de irme —agregó—. Nunca fuiste mi error. Fuiste mi espejo. Y yo no estaba lista para lo que veía.

Sentí un nudo en la garganta.

—Yo tampoco —dije.

Nos abrazamos. Sin nostalgia. Sin deuda. Sin promesas.

Cuando se fue, cerré la puerta despacio. No con tristeza. Con alivio.

Esa misma tarde fui al hospital. Mi padre estaba mejor. Más lúcido. Más presente.

—Te veo distinta —dijo apenas me senté.

—Estoy aprendiendo a no escapar —respondí.

Sonrió.

—Eso también es una forma de valentía.

Antes de irme, me tomó la mano.

—No te quedes donde no te eligen… pero tampoco te vayas de donde te aman —dijo—. A veces el desafío es distinguir una cosa de la otra.

Esa frase me acompañó todo el camino de regreso.

Al llegar a casa, encontré un mensaje de Tomás:

“Estoy en la ciudad. Si querés, hablamos.”

No respondí de inmediato.

Me senté en la cama, respiré hondo y abrí la libreta una última vez. Leí frases viejas, decisiones tomadas desde el miedo, promesas hechas para no enfrentar el silencio.

Y entonces escribí algo nuevo.

No una promesa.

Una certeza.

Cuando finalmente me encontré con Tomás, no hubo preámbulos largos.

—No quiero volver a intentarlo como antes —le dije—. No desde el miedo, no desde la carencia, no desde la huida.

Me escuchó sin interrumpirme.

—Si estamos juntos —continué—, quiero que sea porque elegimos quedarnos incluso cuando no es cómodo. Y si no… quiero saberlo ahora.

Tomás respiró hondo.

—Yo también quiero eso —dijo—. Pero necesito decirte algo que tal vez cambie todo.

Lo miré. Firme.

—Decilo.

—Me ofrecieron otro proyecto —confesó—. Acá. No es lo que soñé… pero es real. Y por primera vez, no estoy pensando en irme.

El silencio entre nosotros fue distinto a todos los anteriores. No era espera. Era definición.

—No te quedes por mí —dije.

—No —respondió—. Me quedo por mí. Y quiero saber si vos querés quedarte conmigo.

Lo miré como nunca antes había mirado a nadie.

—Sí —dije—. Pero esta vez no prometo quedarme aunque no deba.

Sonrió, entendiendo todo.

—Esta vez nos quedamos porque queremos.

Nos abrazamos. No como un final feliz, sino como un inicio consciente.

Esa noche, al volver a casa, entendí algo con una claridad absoluta:

El amor no me había salvado.

Yo había aprendido a no abandonarme.

Y eso, por primera vez, hacía que quedarme…

no fuera un sacrificio,

sino una elección.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.