No pasó nada extraordinario al día siguiente.
No hubo llamadas urgentes, ni confesiones dramáticas, ni promesas dichas a la madrugada. El mundo siguió funcionando con su indiferencia habitual, como si mi decisión no mereciera un temblor especial.
Y sin embargo, algo había cambiado para siempre.
Me desperté temprano. Demasiado. El sol entraba por la ventana con una claridad nueva, casi incómoda. Me quedé unos minutos mirando el techo, escuchando mi respiración, esperando esa ansiedad conocida que solía aparecer después de cualquier elección importante.
No llegó.
En su lugar, apareció otra cosa.
Calma.
Me levanté, preparé café y abrí la ventana. El ruido de la ciudad era el mismo de siempre, pero yo no. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en lo que podía perder, sino en lo que estaba dispuesta a cuidar.
Tomás llegó más tarde, sin avisar. Tocó el timbre como quien no quiere interrumpir, pero tampoco desaparecer.
—Hola —dijo.
—Hola.
Entró, dejó la campera sobre la silla y se quedó de pie, mirándome como si todavía estuviera aprendiendo a leerme.
—No sabía si venir —confesó—. No quería asumir nada.
—Hiciste bien —respondí—. Yo tampoco quiero asumir. Prefiero construir.
Sonrió. No como antes. No con alivio. Con respeto.
Nos sentamos en la mesa de la cocina. No había velas ni música de fondo. Solo migas de pan, tazas desparejas y una verdad flotando entre los dos.
—No quiero volver a ser la versión de mí que se va cuando tiene miedo —dijo—. Pero tampoco quiero prometer algo que no sé si siempre voy a saber sostener.
—Yo tampoco —dije—. Y por primera vez, eso no me asusta.
El silencio que siguió no fue vacío. Fue fértil.
Más tarde salimos a caminar. Sin rumbo. Como si el cuerpo necesitara moverse para entender que ya no estaba huyendo. Pasamos por lugares conocidos que ahora parecían distintos, no porque hubieran cambiado, sino porque yo ya no necesitaba escapar de ellos.
En una plaza, nos sentamos en un banco.
—¿Sabés qué es lo más raro? —dije—. Que durante años creí que quedarme era resignarme.
Tomás me miró.
—¿Y ahora?
—Ahora entiendo que quedarme sin elegirme era lo que me estaba matando.
No me abrazó enseguida. Me tomó la mano primero. Despacio. Como quien no quiere imponer presencia, sino ofrecerla.
Esa noche, sola en casa, abrí la libreta por última vez.
No para releer el pasado.
Para despedirme de él.
Arranqué la página donde estaba escrita la frase que había guiado toda mi historia:
“Prometí quedarme, aunque no debía.”
La doblé con cuidado y la guardé en un sobre.
En la última hoja, escribí algo nuevo:
“Hoy me quedo porque quiero. Y si algún día me voy, será sin mentirme.”
Cerré la libreta.
No la necesitaba más.
Antes de dormir, pensé en Sofía, en mi padre, en Tomás, en todas las versiones mías que habían intentado amar sin saber cómo. No las juzgué. Las abracé desde donde estaba ahora.
Porque al final, no se trataba de elegir bien o mal.
Se trataba de elegir despierta.
Apagué la luz.
Y por primera vez, no tuve miedo de quedarme a solas conmigo.
EPÍLOGO INTERNO (NO DECLARADO)
No sé qué va a pasar mañana.
No sé si el amor alcanza siempre.
No sé si Tomás y yo vamos a durar.
Pero sé algo con absoluta certeza:
Nunca más voy a quedarme donde no debo…
ni irme de donde me elijo.
Y esa promesa,
por primera vez,
no pesa.
Prometí quedarme, aunque no debía
no es una historia sobre amor perfecto.
Es una historia sobre aprender a no abandonarse.
Y cuando eso pasa,
el amor —si llega—
ya no es una jaula.
Es un lugar al que se entra
con los ojos abiertos.
FIN