El silencio que siguió al cierre de la llamada de Lucía fue tan denso que Sofía creyó que podía cortarlo con los folios de su escritorio. La mano de Daniel seguía cerrándose sobre su cadera, un agarre posesivo que reclamaba el espacio que ella misma le había entregado. Antes de que ella pudiera articular una sola palabra para renegociar las cláusulas de ese pacto suicida, la puerta de su oficina se abrió de golpe.
—¡Sofía, dime que no es verdad lo que dice el chat de...! —la voz de Marcos, el jefe de creativos, se cortó en seco.
Detrás de él, tres o cuatro cabezas más se asomaron por el marco de la puerta. La escena era, para cualquier espectador, el clímax de una película romántica que nadie vio venir: Sofía, con la mano aún enredada en la corbata de Daniel, y él, inclinado sobre ella con una proximidad pecaminosa, susurrándole al oído con esa intensidad que solo tienen los amantes o los rivales a punto de matarse.
El revuelo fue instantáneo. Los susurros estallaron como pólvora seca.
—¡Lo sabía! —exclamó de pronto Sandra, del equipo de cuentas, sacando un billete de cincuenta dólares del bolsillo de su blazer—. ¡Paga, Marcos! ¡Te dije que antes de Navidad estos dos terminaban enredados!
Sofía sintió un calor abrasador subirle por el cuello. Intentó dar un paso atrás, pero la mano de Daniel en su cadera se tensó, impidiéndole la huida. La estaba anclando a su cuerpo, obligándola a sostener la mentira frente a la audiencia más despiadada del mundo: sus propios compañeros.
—¿Qué demonios es esto? —preguntó Sofía, recuperando su tono gélido mientras miraba a Marcos, quien ya estaba entregando el dinero a Sandra con una mueca de derrota.
—Una apuesta, jefa —respondió Sandra con una sonrisa de suficiencia—. Llevamos dieciocho meses apostando sobre cuándo dejarían de gritarse en las reuniones para empezar a besarse en los pasillos.
Daniel soltó una risa ronca. Se enderezó lentamente, pero no soltó a Sofía. Al contrario, deslizó su brazo alrededor de sus hombros, atrayéndola contra su costado en un gesto de "macho alfa" que la dejó muda. Su cuerpo era como una pared de granito cálido.
—¿Dieciocho meses? —Daniel fijó su mirada oscura en Marcos, quien dio un paso atrás por puro instinto—. Eso es mucho tiempo especulando sobre mi vida privada. ¿Qué más decía esa apuesta, exactamente?
El tono de Daniel no era amable. Era el de un hombre que marcaba su territorio mientras interrogaba a un intruso. Marcos tragó saliva, mirando la mano de Daniel que descansaba con excesiva confianza sobre el hombro de Sofía.
—Bueno... algunos decían que se odiaban de verdad —balbuceó Marcos—. Otros, como Sandra, decían que la tensión en las presentaciones de clientes era puramente sexual. Que la forma en que se contradecían el uno al otro era solo un juego previo.
—Sabíamos que se gustaban y que eran demasiado orgullosos para admitirlo —intervino Sandra, cruzándose de brazos—. Se nota en cómo se miran cuando el otro no se da cuenta. Es agotador verlos trabajar.
Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. ¿Tan evidente era? ¿Acaso su "odio" profesional no era más que una máscara transparente para un deseo que todos veían menos ella? El pánico empezó a ganar terreno. No podía hacerlo. No podía fingir algo que, según ellos, ya era una realidad latente. Era demasiado peligroso.
—Escuchen, esto es un malentendido... —empezó Sofía, abriendo la boca para desmentirlo todo, para salvar su reputación antes de que el rumor llegara a oídos de la presidencia.
Pero Daniel no la dejó terminar.
Con un movimiento fluido y dominante, la pegó completamente a él, obligándola a mirarlo. Sus dedos se enterraron ligeramente en su cintura, una advertencia física que ella sintió hasta en los huesos. Él se inclinó, fingiendo un gesto de cariño para la galería, pero sus palabras fueron un susurro afilado directo a su oído, cargado de una autoridad que la hizo estremecer.
—Ni se te ocurra, De la Vega —le siseó Daniel, su aliento rozando su mejilla—. Si te echas atrás ahora, no solo quedarás como una mentirosa ante tu hermana, sino que serás el hazmerreír de toda la oficina. Mi reputación está en juego tanto como la tuya. Ahora sonríe y finge que te mueres por mí, porque ya no hay marcha atrás.
Sofía lo miró a los ojos y vio una chispa de triunfo mezclada con algo más real. El desafío en la mirada de Daniel era una invitación al abismo.
Ella, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, se soltó de su agarre con un movimiento brusco, pero estudiado, como si fuera una pequeña disputa de amantes. Le "mató" los ojos con una mirada cargada de dagas plateadas, una advertencia silenciosa de que, si bien aceptaba el juego, él también iba a sangrar en el proceso.
—Daniel tiene razón en algo —dijo Sofía, dirigiéndose al grupo con su voz más firme de directora—. Se acabó el espectáculo. Tienen informes que entregar y clientes que atender. Si vuelvo a escuchar una sola palabra sobre apuestas en este piso, Sandra será la primera en ser transferida al departamento de archivos en el sótano. ¿Queda claro?
Los empleados se dispersaron como hormigas, pero las sonrisas y los guiños no desaparecieron. La noticia ya estaba en el aire, volando por Slack y WhatsApp.
Cuando la oficina quedó finalmente vacía y la puerta se cerró, Sofía se giró hacia Daniel. Estaba temblando, aunque no sabía si era de rabia o de una excitación que se negaba a reconocer. Daniel estaba allí, de pie, con las manos en los bolsillos de su pantalón de tres mil dólares, observándola con una calma depredadora, como si estuviera saboreando su victoria.
—Eres un animal, Vaughn —espetó ella, señalándolo con el dedo.
—De la Vega —respondió él, dando un paso hacia ella, reduciendo el espacio de nuevo—. Más te vale acostumbrarte a este "animal". Esta noche, cuando vayamos a ese evento benéfico de la empresa, vas a tener que estar colgada de mi brazo y mirándome como si fuera el único hombre en la tierra que puede hacerte gritar de placer.
Se acercó tanto que Sofía tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Daniel bajó la voz a un registro casi gutural.
—Prepárate. Paso por ti a las siete. Si vamos a darles un show, vamos a darles uno que nunca olviden.