Sofía se miró al espejo y soltó un suspiro tembloroso. El vestido rojo era una pieza de seda líquida que se aferraba a sus curvas como una segunda piel. No tenía espalda; solo unas tiras finas de hilo dorado que se cruzaban sobre su piel desnuda, desapareciendo justo donde empezaba la curva de sus caderas.
Tenía una abertura lateral tan pronunciada que cada paso revelaba casi la totalidad de su pierna derecha. Se sentía expuesta, pero sobre todo, se sentía poderosa.
Lo que ella no sabía, era que Daniel amaba ese vestido porque la había visto usarlo una vez en una fiesta de verano, hace un año. Aquella noche, él no pudo apartar los ojos de ella, maldiciendo internamente la rivalidad que los mantenía a metros de distancia. Ese vestido era su kriptonita, el diseño que lo hacía perder el control de su máscara profesional.
Exactamente a las siete, el timbre sonó. Sofía recogió su bolso y abrió la puerta.
Daniel estaba allí, apoyado contra el marco, vestido con un esmoquin negro hecho a medida que resaltaba la anchura de sus hombros. Al verla, su mandíbula se tensó visiblemente. El aire pareció abandonar sus pulmones. Sus ojos oscuros recorrieron el cuerpo de Sofía con una lentitud deliberada, deteniéndose en el escote y luego en la larga línea de su pierna expuesta. Por un segundo, el "macho alfa" seguro de sí mismo flaqueó; Daniel se quedó completamente embobado, tragando saliva mientras el deseo puro nublaba su mirada.
—Estás... —su voz sonó más rota de lo habitual— peligrosa, Sofía.
—Tú dijiste que diéramos un show —respondió ella, intentando que no se notara que sus rodillas flaqueaban.
Daniel bajó las escaleras por delante de ella y, al llegar al coche, le abrió la puerta con una galantería imponente. Al rozar su mano para ayudarla a subir, Sofía sintió una corriente eléctrica que le recorrió la espina dorsal. El perfume de él, esa mezcla de madera y éxito, ya estaba empezando a despertar instintos en ella que llevaba años enterrando bajo capas de orgullo y competencia laboral.
El trayecto al salón de eventos transcurrió en un silencio asfixiante. No era un silencio incómodo, sino uno cargado de verdades no dichas. Ambos miraban hacia la carretera, pero eran conscientes de cada respiración del otro. Sofía se preguntaba si él podía oír su corazón martilleando; Daniel se preguntaba cuánto tiempo más podría mantener sus manos lejos de ella.
Al llegar, la luz de los flashes y el murmullo de la élite empresarial los recibió. Sofía enredó su brazo en el de Daniel, sintiendo el calor de su bíceps bajo la tela del esmoquin. La noticia del "compromiso" se había esparcido como pólvora. Las miradas de sus colegas eran una mezcla de asombro y envidia.
—Daniel —susurró ella, pegándose a su oído mientras caminaban por la alfombra roja—, esto se está saliendo de control. El pacto era para mi familia, no para convertirnos en el chisme de toda la empresa.
Él la atrajo más hacia su cuerpo, su mano bajando posesivamente hasta la piel desnuda de su espalda, justo donde terminaba el vestido. El contacto de sus dedos fríos contra su piel ardiente hizo que Sofía jadeara levemente.
—Demasiado tarde para arrepentirse, nena —le susurró él, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos cargados de deseo—. Disfruta de estar en mis brazos. Te aseguro que la mitad de las mujeres aquí darían su fortuna por estar en tu lugar ahora mismo.
Sofía, indignada por su arrogancia, le dio un pequeño golpe en el costado con el codo.
—No seas idiota. Solo eres mi prometido falso.
Daniel se detuvo en seco en medio de la pista de baile, ignorando a la gente a su alrededor. Se giró hacia ella y la tomó de la cintura con ambas manos, obligándola a quedar pecho contra pecho. La diferencia de altura la obligaba a mirar hacia arriba, quedando atrapada en la intensidad de sus ojos.
—¿Prometido falso? —Daniel bajó la vista hacia los labios rojos de Sofía, que estaban entreabiertos por la sorpresa. Sus dedos se hundieron en la seda del vestido—. Tus ojos dicen otra cosa cada vez que me contradices en la oficina. Siempre hemos jugado a este juego, Sofía. El odio solo es el nombre que le pusiste a las ganas que me tienes.
Él se fue acercando lentamente. El mundo exterior desapareció. Sofía podía sentir el calor que emanaba de él, la promesa de una entrega total. Ella cerró los ojos, esperando el impacto de sus labios, deseando que esa farsa se volviera real aunque fuera por un segundo. Estaba a milímetros de poseerla cuando...
—¡Daniel! ¡Sofía! ¡Qué pareja tan inesperada! —la voz estridente del Director General los separó como un latigazo.
Daniel soltó un gruñido bajo, una maldición que solo Sofía escuchó. Se separaron a regañadientes, recomponiendo sus máscaras profesionales mientras el Director los felicitaba por la unión de "los dos mejores talentos de la firma".
El resto de la noche fue una tortura de cortesía. Daniel no soltó la mano de Sofía ni un segundo, acariciando sus nudillos con el pulgar de una manera que la mantenía en un estado de excitación constante.
Cuando finalmente el evento terminó, el viaje de regreso fue aún más silencioso. Daniel la dejó en la puerta de su apartamento. Él la miró una última vez, una mirada que prometía que lo que se había interrumpido en la pista de baile tendría un final muy distinto pronto.
—Buenas noches, Sofía —dijo con voz ronca antes de darse la vuelta.
Esa noche, ninguno de los dos pudo dormir. Sofía daba vueltas en su cama, sintiendo aún el fantasma de la mano de Daniel en su espalda desnuda, odiándose por lo mucho que quería que él volviera. A unas calles de allí, Daniel permanecía de pie en su balcón, con un whisky en la mano y la mirada perdida en la ciudad, torturado por la imagen de Sofía en ese vestido rojo y la certeza de que el "odio" ya no era suficiente para protegerlo de lo que sentía por ella.
Faltaban 22 días para Navidad, y la farsa ya se sentía como la verdad más peligrosa de sus vidas.