Daniel Vaughn estaba de pie frente al ventanal de su salón, observando las luces de la ciudad con un vaso de whisky en la mano. Para el mundo, él era el rival implacable, el hombre de hielo que solo vivía para ganar. Pero mientras esperaba a Sofía, su mente lo traicionó, arrastrándolo a un recuerdo de más de un años atrás.
Fue durante la convención de marketing en Chicago. Sofía acababa de dar una presentación brillante; estaba bajo los focos, con esa seguridad que la hacía parecer una reina guerrera. Daniel la observaba desde las sombras del fondo de la sala, ocultando su fascinación tras una máscara de aburrimiento. En un momento, ella bajó del escenario, sudorosa por el calor de las luces pero con los ojos chispeantes de triunfo, y sus miradas se cruzaron. En ese instante, Daniel sintió un tirón en el pecho tan violento que tuvo que apartar la vista.
Ambos eran iguales: ambiciosos, tercos, hambrientos de gloria y desesperados por ser el centro de atención. Él sabía que acercarse a ella de forma convencional era imposible; Sofía lo habría devorado vivo o lo habría rechazado por ser "la competencia". Por eso, durante más de un año, él había alimentado esa rivalidad, provocándola en cada reunión, desafiándola en cada contrato, solo para mantener su atención fija en él. Prefería su odio a su indiferencia.
Por eso, cuando ella le propuso "el pacto", Daniel tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no sonreír como un maníaco. Por dentro, su sangre hervía de júbilo.
"Por fin", había pensado. "Por fin me has dado la llave para entrar en tu vida".
No era solo un trato de negocios. Para Daniel, era una invitación al territorio enemigo que planeaba conquistar centímetro a centímetro. No le importaba la cuenta de Aries; lo que quería era ver a Sofía de la Vega rindiéndose a lo que ambos sentían.
El timbre sonó. Daniel apuró el whisky, dejó el vaso y se compuso la máscara de arrogancia. Se acercó a la puerta con paso firme. La cacería, disfrazada de mentira, acababa de empezar.
Daniel abrió la puerta de un tirón, apoyando una mano en el marco con una naturalidad ensayada. Sofía estaba allí, bajo la luz mortecina del pasillo, pareciendo más pequeña de lo habitual.
—Llegas tarde, querida —dijo él, ladeando la cabeza con una sonrisa pícara que no llegaba a sus ojos—. Empezaba a pensar que te habías arrepentido de nuestro... trato.
Sofía tragó saliva, obligándose a sostenerle la mirada.
—Solo me perdí buscando el número del piso. No te acostumbres a que te espere, Daniel.
—Me gusta esa actitud. Entra —concedió él, haciéndose a un lado con un gesto caballeroso pero cargado de ironía—. Tenemos mucho que ensayar si queremos que tus padres crean que estamos locamente enamorados para el domingo.
El apartamento de Daniel era exactamente como él: minimalista, imponente y peligrosamente elegante. Paredes de concreto pulido, ventanales que dominaban la ciudad y un aroma a whisky que se mezclaba con su perfume personal.
Sofía entró sintiéndose fuera de lugar, apretando su bolso contra el pecho. Tras el revuelo en la oficina y la electricidad de la gala, necesitaban una "historia oficial". Si iban a engañar a su familia, cada detalle debía ser perfecto.
—Siéntate, De la Vega. No voy a morderte… a menos que lo pidas —dijo Daniel con una sonrisa de suficiencia mientras dejaba una tablet sobre la mesa de centro.
Sofía se sentó en el extremo del enorme sofá de cuero negro. Daniel, fiel a su estilo dominante, no se sentó en otro mueble; se dejó caer justo a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus muslos se rozaran.
—Bien, repasemos los puntos clave —empezó ella, abriendo su libreta para evitar mirar sus labios—. ¿Dónde nos conocimos? No podemos decir que fue en la sala de juntas mientras intentabas robarme el protagonismo.
—Fue en el bar de la calle 42 —intervino Daniel, ignorando la libreta y fijando sus ojos en el perfil de ella—. Llovía. Tú estabas frustrada por un cliente y yo… yo simplemente no podía dejar de mirarte. Te invité a un Old Fashioned y tardaste exactamente tres tragos en admitir que mi arrogancia te resultaba atractiva.
Sofía giró la cabeza para rebatirle, pero se detuvo al ver lo cerca que estaba. Daniel se había inclinado hacia ella, apoyando un brazo en el respaldo del sofá, rodeándola sin tocarla. El aire en el salón parecía haberse evaporado.
—Eso es mentira. Yo nunca admitiría eso —susurró ella, aunque su voz sonó traicioneramente débil.
—Estamos inventando una historia, ¿recuerdas? —Daniel acortó la distancia unos centímetros más. Su mirada bajó al cuello de Sofía, donde el pulso de ella latía con fuerza—. Y en nuestra historia, yo no soy el rival que odias. Soy el hombre que te vuelve loca.
Daniel extendió la mano y, con una lentitud tortuosa, apartó un mechón de pelo de la cara de Sofía. Sus dedos rozaron la piel de su mejilla, un contacto tan ligero que era casi una tortura. Sofía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. El nerviosismo empezó a burbujear en su estómago, una mezcla de miedo y una anticipación que la asustaba.
—Daniel… —advirtió ella, intentando recuperar el control—. No te pases. No te confundas. Esto es un trato profesional. No hay necesidad de… de esto.
Él soltó una carcajada baja, un sonido vibrante que ella sintió en el pecho. Lejos de alejarse, se acercó más, invadiendo su espacio personal hasta que sus rodillas se presionaron con firmeza. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—¿De esto? ¿De qué, Sofía? ¿De que te pongas nerviosa cada vez que respiro cerca de ti? —la retó él, disfrutando de su poder sobre ella—. Si vamos a convencer a tu madre de que nos amamos, tengo que saber cómo reaccionas cuando te toco. Tengo que saber qué parte de tu cuello es la más sensible o cómo suspiras cuando te beso la oreja.
Él se inclinó deliberadamente hacia su oído, rozando el lóbulo con la punta de la nariz. El corazón de Sofía estaba a punto de estallar.