Prometidos por navidad

Capitulo 6

El lugar de trabajo de Sofía, siempre había sido el santuario de Sofía, el lugar donde su palabra era ley y su control, absoluto. Sin embargo, esa mañana, el aire acondicionado parecía insuficiente. Daniel Vaughn caminaba por los pasillos de la agencia con una propiedad que rozaba el insulto, saludando a los empleados con una cordialidad peligrosa que ya había empezado a generar susurros. Y como no, si ambos llegaban como dos prometidos enamorados.

Minutos después. La reunión con el equipo creativo de Aries estaba siendo un éxito, pero Sofía apenas podía concentrarse en las gráficas proyectadas. Sentía la presencia de Daniel a su lado como una corriente eléctrica. Él no se limitaba a estar allí; ocupaba el espacio, lo reclamaba.

—Entonces, si lanzamos la campaña en redes el lunes... —estaba diciendo Sofía, el director creativo, cuando Daniel decidió que era el momento de iniciar el "ensayo".

Sin previo aviso, Daniel extendió el brazo y rodeó la cintura de Sofía. Sus dedos se hundieron con firmeza en la curva de su costado, atrayéndola hacia él hasta que sus hombros se tocaron. Sofía se quedó lívida por un segundo, su discurso se cortó en seco y sus ojos se clavaron en la pantalla sin ver nada. El calor de la palma de su mano atravesaba la seda de su blusa como si no existiera barrera alguna.

—Lo que Sofía intenta decir —intervino Daniel con una voz suave, casi melosa—, es que la exclusividad es la clave. ¿Verdad, cariño?

Ella lo miró de reojo, intentando no fulminarlo con la mirada frente a diez personas. Pero Daniel no había terminado. Deslizó su mano desde su cintura hasta encontrar la de ella sobre la mesa. No fue un simple apretón; entrelazó sus dedos con una lentitud tortuosa, piel contra piel, obligándola a encajar sus manos a la perfección.

El roce de sus palmas fue como un chispazo. Sofía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Los dedos de Daniel eran cálidos, fuertes, y la forma en que buscaba los suyos tenía una urgencia que no parecía en absoluto fingida. Ella intentó soltarse discretamente, pero él apretó el agarre, recordándole en silencio las reglas del juego.

—Sí... exacto —logró articular Sofía, aunque su voz sonó una octava más alta de lo normal.

Cuando la reunión terminó y los empleados abandonaron la sala entre miradas de asombro y envidia, Sofía retiró su mano como si se hubiera quemado.

—¿Qué demonios ha sido eso? —siseó, girándose hacia él—. No habíamos acordado que empezarías aquí, frente a mi equipo.

Daniel se levantó con elegancia, apoyando las manos en la mesa y rodeándola. Su sonrisa era la de un hombre que sabía exactamente qué botones estaba pulsando.

—Estamos a veinticuatro horas de viajar al pueblo de tu hermana, Sofía. Si no puedes manejar un roce de manos en una sala de juntas, vas a colapsar cuando tengamos que compartir mesa con tu familia —se acercó a su oído, y su aliento cálido le erizó el vello de la nuca—. Pero falta lo más importante.

—¿El qué? —preguntó ella, retrocediendo un paso.

—El beso.

Sofía abrió los ojos de par en par, sintiendo cómo el rubor le subía por el cuello hasta teñirle las mejillas.

—¿Estás loco? No, eso no es necesario y menos aquí.

—No aquí —concedió él, con una mirada que la desnudaba—. En tu despacho. Ahora. Tenemos que calibrar esto, De la Vega. No quiero que me beses como si estuvieras saludando a un tío lejano. Tiene que haber hambre. Tiene que parecer que no podemos quitarnos las manos de encima.

Sin esperar respuesta, la tomó del brazo y la guio hacia su oficina privada, cerrando la puerta con el pestillo. El clic metálico sonó como una sentencia en el silencio del despacho.

Sofía se quedó de pie junto a su escritorio, con las manos entrelazadas con fuerza. El pánico y una anticipación que se negaba a admitir luchaban en su pecho. Daniel se acercó a ella, eliminando cualquier distancia de seguridad.

—Es solo práctica, Sofía —murmuró él, aunque sus ojos oscuros decían algo muy distinto—. Cierra los ojos.

Ella obedeció, no porque él se lo ordenara, sino porque no podía seguir sosteniendo aquella mirada que parecía ver a través de todas sus defensas. Sintió las manos de Daniel acunando su rostro. Sus dedos se enredaron en su pelo, tirando suavemente hacia atrás para obligarla a exponer el cuello.

El primer contacto fue frío, casi técnico. Daniel rozó sus labios con los suyos en un beso casto, una simple presión de prueba. Sofía exhaló un suspiro de alivio, pensando que aquello sería fácil, una formalidad más.

Pero entonces, Daniel cambió el ángulo.

Lo que empezó como un ensayo se transformó en algo mucho más oscuro y urgente en cuestión de segundos. Él soltó un gruñido bajo y profundizó el beso, reclamando su boca con una autoridad que la dejó sin aliento. Sus lenguas se encontraron en una danza que Sofía no había previsto; no había nada de "farsa" en la forma en que él la sujetaba, ni en la manera en que ella, traicionada por su propio deseo, enredó sus dedos en la nuca de él para atraerlo más.

El despacho desapareció. Solo existía el sabor a café y menta de Daniel, el roce de su barba incipiente contra su barbilla y la presión de su cuerpo contra el de ella. Sofía se encontró gimiendo contra sus labios, perdiendo el sentido de la realidad, olvidando que aquel hombre era el rival que había jurado detestar.

Daniel la empujó suavemente contra el borde del escritorio, sus manos descendiendo por su espalda hasta sus caderas, pegándola a él. La urgencia era palpable, una necesidad física que los consumía a ambos. El beso se volvió hambriento, desesperado, rompiendo todas las reglas que habían escrito apenas un día antes.

Fue Daniel quien se apartó primero, aunque solo unos centímetros. Sus respiraciones eran pesadas, erráticas, llenas de la tensión que habían estado acumulando durante meses de rivalidad disfrazada.

—Eso... —susurró Daniel, con los ojos inyectados en una mezcla de triunfo y deseo contenido—... creo que será lo suficientemente creíble.




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