Prometidos por navidad

Capitulo 7

El coche de Daniel y el de Sofía se detuvieron frente a la casa de campo de los De la Vega justo cuando el sol comenzaba a esconderse tras las colinas. Era una construcción de piedra y madera, cálida y acogedora, rodeada de un jardín que exhalaba aroma a pino y tierra mojada.

Sofía salió y se acercó a Daniel. El salió tranquilo, mientras Sofía suspiró lista para enfrentarse al pelotón de ejecución que era su familia, cuando Daniel la detuvo.

—Espera —dijo él con voz calmada.
Sacó del bolsillo de su chaqueta una pequeña caja de terciopelo azul. Al abrirla, un solitario de diamante captó el último rayo de luz de la tarde, brillando con una intensidad que casi cegaba. Sofía sintió que el corazón se le detenía.

—Daniel... eso es demasiado. No habíamos hablado de un anillo así.

—Mi "prometida" no lleva bisutería, Sofía. Lleva lo mejor —respondió él, tomándole la mano izquierda.
Deslizó el aro de platino por su dedo anular. El metal estaba frío, pero el contacto de la piel de Daniel quemaba. Sofía observó la joya en su mano y, por un segundo aterrador, el cosquilleo en su estómago no fue por los nervios de la mentira, sino por una chispa de anhelo.

Se imaginó, solo por un instante, que aquello no era un contrato, que Daniel la miraba así porque de verdad le pertenecía. Sacudió la cabeza para espantar el pensamiento; el "hombre de hielo" solo estaba cumpliendo su parte del trato.

—Vamos —sentenció él, entrelazando sus dedos con los de ella—. No me sueltes.

En cuanto pusieron un pie en el porche, la puerta se abrió de par en par. La familia de Sofía apareció como una marea.

—¡Por fin! —exclamó Elena, la madre de Sofía, cruzándose de brazos pero con una sonrisa que delataba su curiosidad—. Pensé que te habías perdido en la carretera para evitar nuestras preguntas.

Daniel dio un paso al frente, tirando suavemente de Sofía hacia su costado, protegiéndola con su cuerpo de una forma tan natural que parecía ensayada durante años.

—Siento el retraso, señora De la Vega. Pero ya sabe cómo es su hija con el trabajo; me costó convencerla de que el mundo no se detendría por un fin de semana —dijo Daniel, ofreciendo su mejor sonrisa de yerno ideal.

—¡Y ese anillo! —el grito vino de la tía abuela Matilde, conocida en tres provincias por ser la mujer más chismosa del país—. ¡Sofía, por Dios! ¿Cómo es que no nos habías dicho que estabas comprometida? ¿Desde cuándo sales con este hombre tan guapo? ¿Es verdad que es tu rival en los negocios? Dicen que los que se pelean se desean, pero esto es extremo.

Sofía sintió que el aire se le agotaba mientras su madre la miraba con una mezcla de reproche y alegría.

—Mamá, tía... por favor —intervino Sofía, apretando la mano de Daniel—. Ha sido todo muy rápido. Queríamos decírselo en persona, no por teléfono. Pero ahora mismo estamos agotados por el viaje. ¿Podemos dejar el interrogatorio para el desayuno?

—Está bien, está bien —bufó Elena, aunque sus ojos no dejaban de analizar a Daniel de arriba abajo—. Suban las maletas. Por cierto, Sofía... hubo un error de cálculo. Con todos los primos aquí para la boda de tu hermana, la casa está llena. Pensé en poner una cama supletoria en tu cuarto, pero se me olvidó por completo pedirla y el trastero está cerrado bajo llave porque tu padre perdió el llavero.

Sofía palideció.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que les tocará compartir tu cama de siempre. Es algo estrecha, pero supongo que para una pareja tan... "apasionada" que se compromete en secreto, no será un problema —dijo su madre con una chispa de malicia en los ojos.

El trayecto hacia la habitación de la infancia de Sofía fue el más largo de su vida. Al entrar, el contraste fue ridículo. Daniel, con su metro noventa y sus hombros anchos, parecía un gigante en aquel cuarto decorado con estanterías llenas de libros antiguos y una cama individual que crujía solo con mirarla.

Sofía cerró la puerta y se apoyó contra ella, tapándose la cara con las manos.

—Esto es un desastre.

—A mí me parece acogedor —comentó Daniel, dejando la maleta en el suelo y observando un viejo póster de una banda de rock en la pared—. Así que esta era la pequeña De la Vega.

—No empieces, Daniel. Escúchame: tú dormirás en el suelo. Te daré todas las mantas que encuentre. Yo me quedo con la cama.

Daniel se dio la vuelta lentamente, desabrochándose los primeros botones de su camisa. La luz de la lámpara de noche creaba sombras sobre sus facciones marcadas, dándole un aspecto peligrosamente decidido.

—Ni hablar —dijo con voz grave—. Tengo la espalda destrozada por el viaje y no pienso dormir sobre madera. Además, si tu madre entra mañana temprano con café —y sabes que lo hará— y me ve en el suelo, se acabó el juego.

—¡Es una cama individual! —susurró ella con desesperación—. No cabemos los dos a menos que estemos...

—¿Pegados? —Daniel terminó la frase por ella, acortando la distancia—. Exacto. O dormimos juntos o me voy ahora mismo al hotel más cercano y tú le explicas a tu familia por qué tu prometido te ha abandonado la primera noche.

Sofía lo miró con furia, pero sabía que tenía las de perder. Su madre era capaz de entrar a las seis de la mañana solo para comprobar si Daniel roncaba. Si quería salvar su orgullo y el pacto, no tenía otra opción.

—Te odio —masulló ella, dándose la vuelta para abrir su maleta con una violencia innecesaria, sacando su pijama con gestos bruscos.

Daniel soltó una risita triunfante, una vibración baja que hizo que a Sofía se le erizara la piel.

—No, no me odias, Sofía. Te aterra lo mucho que estás disfrutando de esto.

Ella no respondió. Se encerró en el pequeño baño de la habitación, tratando de calmar los latidos de su corazón. Al salir, minutos después, se encontró a Daniel ya metido en la cama, de espaldas, ocupando más de la mitad del estrecho colchón.

Sofía apagó la luz y, con el corazón en la garganta, se deslizó bajo las sábanas. El espacio era tan reducido que no había forma de evitar el contacto.




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